Don Pío (XIII) en la pasarela

Jesús Cuéllar


(Esta crítica puede desvelar detalles de la trama)

En el principio fue un recién nacido que caminaba por encima de otros muchos pequeños amontonados, idénticos a él, y luego un papa que emergía de ese amasijo de cuerpecitos, cruzaba gloriosamente los expectantes salones vaticanos y se dirigía al mundo desde la plaza de San Pedro para ofrecer un mensaje de esperanza, apertura y deseo de felicidad universal. En el principio fue un joven papa que despertaba súbitamente de su sueño, para descubrir que él era justamente lo contrario de lo que había soñado: un pontífice tan contradictorio como la propia doctrina católica, hecha de insondables paradojas.

Con esta escena onírica, juguetona e inquietante comienza The Young Pope, la serie concebida y en gran medida escrita por el napolitano Paolo Sorrentino, y estrenada por HBO en 2016. Lenny Belardo (Jude Law), un joven y atractivo obispo estadounidense ha accedido al trono de Pedro, con el nombre de Pío XIII. Todo apuntaba a que el elegido iba a ser otro norteamericano, el progresista Spencer (James Cromwell), pero las confabulaciones registradas durante la reunión de los cardenales electores acaban poniendo el sumo pontificado en manos de Belardo, un enigma para todos.

Con su arrogancia típicamente estadounidense, sus supuestos milagros, no siempre benignos, y el indudable encanto de su desparpajo, Belardo desata todos los demonios dentro de los sofocantes interiores vaticanos, porque es mucho más conservador y menos contemporizador de lo esperado. Como no está dispuesto a plegarse a los caprichos mediáticos de quienes manejan los hilos de la Santa Sede, ni a los dictados del todopoderoso secretario de Estado Voiello (Silvio Orlando), eterno papa en la sombra, el nuevo papa ordena prácticamente el repliegue de la Iglesia a sus épocas más oscuras y dogmáticas, desencadenando una reacción de miedo y estupor entre los fieles.

En los diez capítulos que componen este retrato del Vaticano comandado por un joven e inesperado pontífice, Sorrentino, para quien «las películas [son] como un juego, porque hacerlas me permite comportarme como cuando era niño, rodeado de juguetes», despliega aquí toda su malévola inteligencia y también su tendencia al exceso visual y conceptual. Para Sorrentino, que ya se había ocupado de los entresijos del poder en la película Il Divo (2008), dedicada al político democristiano Giulio Andreotti, y en el díptivo Silvio (y los otros) (2018), centrado en la figura de Silvio Berlusconi, el Vaticano es un pictórico y felliniano gran guiñol, poblado por personajes tan poderosos como grotescos, tan elevados intelectualmente como poseídos por burdas pasiones. El guión de The Young Pope, obra del propio Sorrentino, de Umberto Contarello (colaborador habitual del director napolitano), de Stefano Rulli (frecuente en películas de Marco Tullio Giordana) y del británico Tony Grisoni (autor de producciones de Terry Gilliam), prácticamente no distingue entre lo puramente ficcional y lo que podría ser verdadero, entre lo verosímil y lo inverosímil. Al contrario que en reflexiones sobre el hecho teatral como La función por hacer, de Pirandello, Del Arco y Tejada, aquí la realidad y la ilusión no se contraponen, porque ambas están integradas en el espectáculo, en un flujo de situaciones que casi siempre persiguen la sorpresa. En el Vaticano de Sorrentino el artificio y la pompa son esenciales, para una Iglesia en la que la forma parece con frecuencia importar más que el fondo. En esta irreverente parodia, no exenta de comprensión hacia el hecho religioso, la teatralidad lo impregna casi todo. Curiosamente, al principio el joven papa Pío XIII no desea siquiera dejarse ver, pero eso no quiere decir que, en el interior del Vaticano, que es lo que realmente le interesa a The Young Pope, no continúe el espectáculo de las intrigas humanas.

Los personajes principales, que van evolucionando de forma sorprendente episodio a episodio, tienen un indudable mordiente, sustentado en magníficas interpretaciones. El papa joven de Jude Law puede mostrarse como Macbeth (en su impresionante y aterradora primera alocución ante el colegio cardenalicio, que parece tomada de la versión shakespeariana de Polanski) o transformarse en una vulnerable criatura, traumatizada por el abandono de sus padres en un orfanato, hecho crucial de su vida que determina su personalidad y que incluso le lleva a renegar en ocasiones de su fe. El secretario de Estado Voiello, el eje sobre el que giran todos los papas, con una dosis justa de untuosidad e ingenio, es la encarnación misma del maquiavelismo renacentista, pero uno acaba cogiéndole cariño, por su capacidad de adaptación a cualquier circunstancia y, sobre todo, por las íntimas debilidades que lo humanizan. La hermana Mary (una insólita Diane Keaton), una especie de madre putativa de Belardo, de su paso por el orfanato, y asesora áulica del pontífice, aparece unas veces arrobada por la «santidad» de su protegido, y otras temerosa y deseosa de frenar sus impulsos más peligrosos. Y el medroso padre Gutiérrez (Javier Cámara), confidente inesperado del nuevo pontífice, que, a su pesar, se ve obligado a abandonar su deseado retiro en la basílica de San Pedro para tratar de resolver delicados asuntos de Estado en el extranjero.

En este retrato descarnado, tierno, banal, retorcido, descabellado, pero casi siempre magnético de un poder religioso atravesado por la más prosaica carnalidad, Sorrentino demuestra un profundo conocimiento, reconocido hasta por fuentes eclesiásticas, del funcionamiento de la trastienda vaticana y de sus elaborados rituales. Después de los vertiginosos primeros capítulos, la trama pierde cierto vigor en el tramo central de la serie, cuando unos trágicos acontecimientos obligan a Pío XIII a replantearse sus inflexibles postulados. Sin embargo, lo que nunca pierde The Young Pope es su capacidad para atrapar al espectador y para plantear temas delicados como el aborto y la evolución histórica de la postura eclesiástica al respecto (en el episodio siete, con guión de Sorrentino y de Tony Grisoni), o los dilemas de la Iglesia ante los abusos sexuales, que sobrevuelan gran parte de los episodios, llegando en el noveno a un clímax digno de un thriller.

En el abigarrado discurso visual de Paolo Sorrentino, profundamente pictórico y caracterizado por una laboriosa y esteticista puesta en escena de numerosas tomas colectivas, tiene un gran peso la producción de sonido y la utilización de la música. Con el espectador se quedará para siempre la presentación de gran parte de los capítulos de esta serie, en la que, al ritmo de una versión del tema dylaniano All Along the Watchtower, no sólo pasada por la batidora de Jimi Hendrix sino por la del rapero Devlin, Pío XIII desfila como un modelo de alta costura, altanero y también socarrón, por una galería jalonada de obras de arte, acompañado de una estrella fugaz que acaba siendo meteorito destructor. Así es este papa jovenzuelo, y toda su corte, no todo lo celestial que cabría esperar del glorioso decorado romano que la enmarca: una estrella fugaz que ilumina, con ese inmaculado blanco papal diseñado por Armani, pero también destruye, con una concepción brutal de la justica propia del Antiguo Testamento.  A pesar de todos los excesos, con frecuencia humorísticos, y de una apuesta deliberada por lo inverosímil, la serie también nos presenta un momento quizá posible en la historia de la Iglesia, una institución que, como Sorrentino ha declarado, suscita su admiración «por la capacidad de supervivencia que ha mostrado a lo largo de los siglos».


Puedes ver THE YOUNG POPE en HBO

En breve continuaremos con una crítica de The New Pope



 

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