Espectros en medio de las tinieblas

Jesús Cuéllar


En los vídeos de la muestra «El barro de la revolución», de la artista madrileña Paloma Polo, que se pudieron ver hace poco en el Centro de Arte Dos de Mayo de Móstoles, se muestra con mirada comprensiva la vida cotidiana de la longeva guerrilla comunista filipina: el movimiento constante de sus células aisladas, los momentos de peligro, la dificultad que tienen los reclutas de adaptarse a modelos disciplinarios completamente ajenos, la añoranza que provoca la vida familiar abandonada y la práctica imposibilidad de organizar con escasos medios la lucha contra el enemigo.

En Colombia, a pesar de los trascendentales acuerdos de paz firmados en noviembre de 2016 entre las FARC y el Estado, el ciclo de violencia guerrillera y paramilitar no ha cesado del todo. Alejandro Landes, que se inició en el largometraje con el documental Cocalero (2007), centrado en la figura de Evo Morales y en su ascenso al poder, ha elegido para ésta su segunda película de ficción un contexto parecido al de Paloma Polo, los páramos y las selvas de su Colombia natal, pero con la intención de dotar a su historia de vuelo poético y simbólico. Desde ese plano inicial que parece surgir de las profundidades de la tierra y alzarse hasta el gélido altiplano, entramos en la vida de una unidad de combatientes adolescentes que debe custodiar a una secuestrada norteamericana. Son guerrilleros inexpertos e indisciplinados, cuya filiación ideológica no se explicita, a cargo de un mando al que incluso tienen que dar parte de con quién se «asocian» sentimentalmente.

Para plasmar este retrato del aislamiento en entornos naturales hostiles y del embrutecimiento inherente a cualquier lucha armada, acentuado en este caso por la imposición de la obediencia ciega de corte militar a jóvenes que, como el propio espectador, no parecen saber para qué luchan ni casi contra quien, Landes bebe con profusión de clásicos como Apocalypse Now (1979) de Coppola, El señor de las moscas (1963) de Brook, o Aguirre, la cólera de Dios (1972) de Herzog. Y lo hace con una innegable maestría visual netamente «inmersiva», gracias a la excelente fotografía de Jasper Wolf y a una poderosa producción de sonido.

Sin embargo, esa voluntad de sumergir al espectador en una apabullante experiencia visual y sonora (que también hemos visto hace poco en El faro de Robert Eggers, con similares resultados) no va de la mano de una propuesta argumental suficientemente sólida. En la primera mitad del film, el que transcurre en el altiplano, vamos conociendo a los personajes y la malograda pretensión de mantener su cohesión como grupo operativo. Pero en la segunda mitad, la que transcurre en la selva, Landes parece querer descomponer su relato, fragmentándolo en múltiples direcciones no siempre bien avenidas. Lo que en el primer tramo de la película auguraba un planteamiento prometedor, sustentado en las verosímiles interpretaciones de actores en su mayoría no profesionales, en el segundo va cayendo en un recurso abusivo a la cita cinéfila. Esa cabeza de cerdo pinchada en un poste, como en la versión que hizo Brook de la novela de William Golding; esa incomprensible danza de la doctora secuestrada en su cubículo, que tanto recuerda a las alucinadas evoluciones de Martin Sheen en Apocalypse Now; y esa serie de peripecias de la segunda parte del metraje, filmadas como si de una película de aventuras o, incluso, de un videojuego se tratara, van produciendo cierta sensación de desconcierto.

Landes no adopta la postura distante hacia la barbarie ambiental que se detecta en el Werner Herzog que escribió Conquista de lo inútil durante el turbulento e inacabable rodaje de Fitzcarraldo (1982). Y lo demuestran planos llenos de humanidad como el que dedica a la agotada y perpleja «Rambo» al final de la película. Sin embargo, quizá su apuesta general por lo impactante, por la conmoción visual y sonora, sea precisamente el mensaje de Monos que más se queda en la retina y en la cabeza: los antiguos ritos de iniciación, los simbolismos de antaño, los debates sobre dónde acaba la civilización y comienza la barbarie, sobre la idealización de la juventud y la necesidad de un verdadero aprendizaje, parecen cáscaras vacías, encuadres para una buena foto. «En mi choza, que cada vez está más vacía, lo sublime y lo espectral habitan como hermanos que ya no se hablan», escribía Herzog en medio de la selva peruana.*

*Werner Herzog, Conquista de lo inútil, trad. de Juan Carlos Silvi, Blackie Books, 2012, p. 291.



 

MONOS

Dirección: Alejandro Landes.

Intérpretes: Sofía Buenaventura, Sebastián Giraldo, Karen Quintero, Laura Castellón, Paul Cubides.

Género: aventura, thriller. Colombia, Argentina, Alemania, Suecia, 2019.

Duración: 102 minutos.

 


 

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