Santa Claus: orígenes

Yago Paris


La escena inicial de El faro muestra la llegada en barco de los dos personajes protagonistas al islote que tienen que custodiar. El director, Robert Eggers, crea una atmósfera tenebrosa que bebe directamente del expresionismo alemán, algo que se observa desde los primeros planos: la quilla del barco rompiendo las olas, el faro en la distancia y envuelto en una espesa bruma, o los personajes en la proa del navío observando el trozo de tierra, están filmados en un blanco y negro terrorífico, a los que acompaña una banda de sonido pesadillesca. La casualidad ha querido que Klaus, una película en las antípodas desde el punto de vista de la producción y la intención —cine de animación orientado principalmente a un público infantil o familiar—, posea una escena casi calcada a la descrita. En el primer tramo del metraje, el protagonista, Jesper (con la voz de Jason Schwartzman), llega en un pequeño remolcador a una isla igual de inhóspita donde tendrá lugar el resto de la trama. El parecido visual roza la copia, con sendos planos de la quilla del barco y de la aproximación del vehículo a un destino envuelto en una inquietante niebla.

Pero esta comparación va más allá de la anécdota, puesto que ambas películas son en realidad muy similares. En ambos casos se trata de proyectos donde la estética es fundamental para los desarrollos artístico y narrativo. Al cartero Jesper, cuyo padre dirige una empresa de mensajería postal, lo destinan a Smeerensburg, un pueblo en una isla escandinava, es decir, un lugar remoto al que nadie querría ir y de donde no puede escapar, como les ocurre a los dos personajes de El faro. Especialmente durante la primera mitad de Klaus, su director, Sergio Pablos, basa la narrativa en la construcción de escenas donde se expresa en imágenes un paisaje tenebroso, plagado de individuos siniestros que harán de todo menos darle una cálida bienvenida al recién llegado. En lo que ambas cintas se diferencian, como cabe esperar, es en los fines de sendas propuestas estéticas. Mientras en El faro se reformula la iconografía expresionista en clave marina como método para profundizar en el terror psicológico, en Klaus se juega con el tenebrismo como fuente para la comedia, con especial mención a un humor visual de golpes y porrazos que funciona por la certeza expresividad de los personajes que lo protagonizan.

A la hora de valorar la estética de Klaus resulta imprescindible atender a las condiciones de producción. Con un presupuesto de 40 millones de dólares, resulta complicado obtener un resultado que desarrolle en condiciones el canon contemporáneo de la animación mainstream, la elaborada por Disney-Pixar, que consiste en la representación realista en 3 dimensiones. Si se quiere obtener un tipo de animación tan depurada que casi luzca como una imagen real, y que al mismo tiempo sea expresiva y transmita ideas o emociones valiosas, contar con una plantilla de grandes animadores no es suficiente en este terreno. La alternativa que toma Klaus es la de cintas como Ruben Brandt, coleccionista, consistente en alejarse del modelo estandarizado, no solo por necesidad, sino también para encontrar una voz propia. La cinta se construye a partir de una representación que simula las dos dimensiones, algo que podría recordar a la estética colorista y paródica de aventuras gráficas como Monkey Island, y se desinteresa por el realismo, tanto en el diseño de los escenarios —edificios de proporciones delirantes, que desafían las leyes de la física— como en el de los cuerpos —fisonomías caricaturescas cuyas formas transmiten buena parte de la personalidad de los personajes.

Algo bien distinto sucede con el guion, cuyo desarrollo narrativo es endeble y estereotipado —el arco dramático del protagonista es un auténtico lugar común. Esto, lejos de ser negativo, funciona a favor de la película: la trama, una mera excusa argumental, deja gran espacio al desarrollo formal. No obstante, vale la pena destacar la propuesta de fondo del relato, que consiste en ofrecer una historia de orígenes del personaje de Santa Claus, al más puro estilo del cine de superhéroes contemporáneo, desde una ingeniosa aproximación que convierte las claves mágicas del personaje —su capacidad para entrar en las casas a través de las chimeneas, renos que vuelan, etc.— en malinterpretaciones de los niños, fruto de su imaginación desbordante. El resultado es un fantástico trabajo de puesta en escena, donde el aparato formal trasciende cualquier flaqueza de guion, hasta el punto de que, como señala el crítico Jordi Costa, «fácilmente podríamos estar ante la mejor película española de animación de la historia (si de lo que hablamos es de animación: es decir, forma y movimiento)».


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KLAUS

Dirección: Sergio Pablos.

Reparto: Jason Schwartzman, J.K. Simmons, Rashida Jones, Will Sasso, Neda Margrethe Labba, Sergio Pablos, Norm MacDonald, Joan Cusack.

Género: comedia de animación. España, Estados Unidos, 2019.

Duración: 97 minutos.

 


 

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