La sociedad infame

Yago Paris


La última etapa del cine de Clint Eastwood se entiende mucho mejor si se liga íntimamente al contexto sociopolítico poscrisis. La pérdida de los valores morales tradicionales, basados en la bondad, el respeto, el orgullo nacional o el cuidado del prójimo, se ven sepultados por la alienante era digital. Una nueva realidad donde la posverdad, un déficit de atención ligado a la saturación de estímulos que proceden de las múltiples pantallas que nos rodean, un cinismo que aniquila la emocionalidad y, en general, un estado de alteración continua, de carencia de reflexión y pensamiento crítico, dan lugar a una sociedad desnortada. Con sus últimas obras, el veterano director estadounidense parece querer agarrarnos por los hombros y zarandearnos para que recuperemos el sentido común y volvamos a lo verdaderamente importante, a la humanidad que debería caracterizarnos, y que dejemos de perder el tiempo mientras nos pudrirnos por dentro.

El francotirador, Sully, 15:17 tren a París o la película que os ocupa, Richard Jewell, son ejemplos claros del especial énfasis que Eastwood ha puesto en criticar el estado actual de la cuestión. Todas las cintas están basadas en hechos reales y cuentan con protagonistas sin relevancia pública, héroes cotidianos que no buscaban serlo, que simplemente se rigieron por su escala de valores y decidieron hacer el bien, ayudar a los demás. En su último filme se narra el caso de Richard Jewell (Paul Walter Hauser), un vigilante de seguridad obsesionado con proteger a su país, quien, gracias a su insistencia e incansable voluntad, fue capaz de reducir enormemente las consecuencias de un atentado durante los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996, y que, poco tiempo después, fue señalado por el FBI como el principal sospechoso del ataque. Con su aproximación al caso, Eastwood se pregunta qué lleva a una sociedad a perderse en el sensacionalismo y la necesidad de encontrar un culpable a toda costa, en vez de celebrar la existencia de personas tan bondadosas y necesarias para el bien común como Jewell.

Del cine de Eastwood se tiende a poner en cuestión el poso ideológico de sus relatos, de marcado corte conservador, incluso reaccionario. Esto es especialmente problemático cuando se confunde la ideología con el valor cinematográfico: es cierto que, por ejemplo, se puede intuir una cierta indulgencia filofascista en El francotirador, pero esto no impide que la cinta sea un poderoso ejercicio de narrativa y un extraordinario retrato de un personaje complejo, problemático. En Richard Jewell se apuesta por el mismo conservadurismo, pero la diferencia entre ambas películas reside en lo fílmico, el lugar donde, al menos en el caso de la crítica de cine, debería situarse el análisis —o, como mínimo, en cómo la ideología se expresa a través de imágenes en movimiento.

Aunque, una vez más, la capacidad de Eastwood para dejarse de imposturas e ir al grano le permite ofrecer narrativas virtuosas en su claridad de exposición, la sencillez en ocasiones se convierte en simpleza, como ocurre especialmente en el tramo final de la cinta, que tontea peligrosamente con las dinámicas del telefilme en su emocionalidad facilona —atención al uso del personaje de la madre del protagonista. Del cine de Clint Eastwood no se puede decir que peque de la mojigatería habitual de la producción actual, donde una corrección política mal entendida provoca el pavor por hablar claro, pero quizás habría que preguntarse si, al igual que le ocurre a la sociedad que critica, el autor no está también perdiendo el norte, demasiado centrado en la denuncia como para preocuparse por ofrecer una obra de auténtico calado cinematográfico.


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RICHARD JEWELL

Dirección: Clint Eastwood.

Reparto: Paul Walter Hauser, Sam Rockwell, Kathy Bates, Jon Hamm, Olivia Wilde, Wayne Duvall, Dexter Tillis, Desmond Phillips, Nina Arianda.

Género: drama. Estados Unidos, 2019.

Duración: 131 minutos.

 


 

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