Irene Bullock


Hay películas que aunque se vean repetidamente a lo largo de los años no solo nunca decepcionan, sino que la mirada sobre ellas se va enriqueciendo.  Tienen tantos matices y detalles que se descubren puntos de vista distintos en cada visionado. Cinema Paradiso (Nuovo Cinema Paradiso, Italia, 1988), de Giuseppe Tornatore, es una de ellas. Ahora, cuando cada nuevo cierre de un cine es una triste noticia, la secuencia que quizá llame más nuestra atención sea cuando el protagonista, Salvatore (Jacques Perrin), nostálgico perdido, entra  al abandonado Nouvo Cinema Paradiso. Hay en la estancia una energía bonita y triste. De algo que ya no volverá. Como si quedaran un montón de recuerdos entre las ruinas. El protagonista se queda mirando en el suelo el polvoriento rostro de mármol del león por cuya boca las imágenes salían de la sala de proyección hacia la pantalla blanca. La emoción va en aumento cuando, ya fuera, un grupo de personas, entre ellas Salvatore, espera el derribo del edificio. Y este se produce a través de una explosión. En varias caras de  la gente del pueblo, presentes en la demolición, hay un dolor difícil de explicar. Se derrumba mucho más que un edificio. Salvatore se queda mirando esa plaza donde el cine era el lugar de ocio y encuentro de la localidad. Y cruza la explanada  una figura que siempre ha estado ahí, pero que Salvatore ya percibe como una sombra, al igual que sus recuerdos. El loco del pueblo, ese hombre que no deja de murmurar: «La plaza es mía, la plaza es mía». Esa plaza que ya no tiene su sala de cine, y que ahora ha quedado reducida a escombros. Ese edificio cuyo paradero final solo importa a unos pocos.

Y es que Cinema Paradiso es un canto al cine analógico, a las bobinas de las películas, a los proyectores, a los fotogramas y a cuando las salas de cine eran templos y refugios donde un niño podía huir de una vida gris (de una posguerra dura) e ilusionarse e imaginar un mundo distinto. El cine como pasión y como tabla de salvación.

Así, en otro momento crucial se vive una sesión de tarde entera en el Cinema Paradiso, donde los espectadores también cuentan historias con su forma de mirar la pantalla, de interactuar entre ellos y de sentir las películas. La sala es un lugar vivo, con alboroto y risas. E incluso hay llamadas de atención a Alfredo (Philippe Noiret), el proyeccionista, cuando la imagen tiembla o no se centra en la pantalla. Primero, los tráileres, y los niños, sentados en primera fila, escenifican con sus golpes con los pies en el suelo la emoción de la próxima película del Oeste de John Ford que podrán ver en breve, La diligencia  (1939). Después, el Noticiario, que permite que «entre» en la sala lo que ocurre en Italia en esos momentos de posguerra, y el público responde a lo que ve, o clama o abuchea. Más tarde, un silencio sepulcral: empieza la película principal, La terra trema (1948) de Luchino Visconti. Y la concentración es máxima. El neorrealismo italiano que presenta un mundo que conocen bien. Pero llega el momento del beso y, de pronto, el corte de censura. Un corte que dictamina el cura del pueblo, quien, a su vez, no para nunca de ver cine. La sala se llena de gritos de protesta, incluso un espectador dice que lleva décadas sin ver un beso en la pantalla. Y Salvatore, a quién llaman Totò (Salvatore Cascio), se muere de la risa. Y, por último, un corto de Charlot. Las risas invaden la sala mientras se proyectan las imágenes de Charlot árbitro de boxeo (1914). Charlot es el árbitro, y el boxeador es Roscoe Fatty Arbuckle; las carcajadas están servidas. Después de una tarde de proyección, a la salida del Cinema Paradiso, vemos a una madre desesperada, esperando a su niño, Totò, que no solo no ha llevado el pan a casa, sino que se ha gastado el dinero para entrar al cine.

Cine italiano en cada fotograma

Giuseppe Tornatore cuenta la película empapándose del cine italiano que vivió como espectador. Sí, Cinema Paradiso es un ejercicio de nostalgia de ese cine. No solo por las películas proyectadas, sino por la forma que tiene de contar la historia. El sufrimiento de la madre de Totò durante la posguerra o la relación que se establece entre Alfredo y el niño tiene toques neorrealistas. Al acomodador bien podría haberlo interpretado un Alberto Sordi. No falta el cura presente en tantas películas italianas, cascarrabias y bondadoso. Un Don Camilo en potencia. Hay personajes que podrían estar en una película de Fellini, como el loco de la plaza. Un pueblo siciliano como muchos presentados en distintas películas italianas, con mafia o sin mafia. Y el tono de cada tramo con su ritmo particular y su cadencia, pues  Cinema Paradiso tiene tres partes claras. La primera, donde se desarrolla la infancia de Totò, es pura tragicomedia, algo que el cine italiano tiene en las venas. La segunda, la adolescencia, es la representación del romanticismo exacerbado, del paso a la madurez y del despertar a la sexualidad: este último otro de los temas siempre tratados con una sensibilidad especial en la cinematografía de Italia. Y la última parte, la madurez, contada desde la tristeza, el recuerdo, el desencanto y la nostalgia; ingredientes donde el cine italiano también es buen maestro a la hora de presentarlos. Y en cada una de las secuencias no falta la música de otro maestro con bandas sonoras míticas, Ennio Morricone. Sí, las notas musicales evocan la nostalgia, la emoción y la pasión que emana la historia.

Las películas italianas programadas en el Cinema Paradiso también muestran la magia del cine. Actualmente, en las salas predomina el silencio durante todo el pase,  pero antes no era lo más natural, existían momentos en los que el público hablaba, comía bocadillos, fumaba o se levantaba. No obstante tanto en el pasado como en el presente sigue existiendo la fusión del espectador con la película y la identificación con lo que ven. Es algo difícil de explicar, pero que es evidente y explica la fascinación por el cine. Y esto no pasa desapercibido en esta obra cinematográfica. Hay  instantes en la película de Tornatore en que se vislumbran las sombras que se proyectan en la pantalla y las reacciones vivas del público de la sala. El público es un ente vivo donde la gente no retira los ojos de la pantalla, abre la boca, ríe, llora, abuchea, se excita, comenta… Y si la película no interesa, no importa. Entonces algunos centran la atención en los otros espectadores: gastan bromas, discuten, se enamoran, comen, crían a sus hijos. E, incluso, se va notando el desarrollo social y económico. Porque en la sala de cine también se percibe  el paso del tiempo: por las películas que se  ven, por el fin de la censura y por los adelantos técnicos en  la cabina  de Alfredo.

De esta manera, entre Alfredo y Totò van  mostrando  puro cine italiano en la sala. Y hay veces que una proyección concreta conlleva un momento crucial de sus existencias. No solo se encuentra La terra trema en el paseo de cine italiano que realiza Cinema Paradiso. También hace vibrar a los presentes en la sala En el nombre de la ley  (1949) de Pietro Germi.

La infancia de Totò termina con una proyección y una tragedia que determina su futuro. En una sesión de éxito total, con todas las butacas ocupadas y mucha gente fuera, sin poder ver la película, se produce un momento mágico, pero también una desgracia. La película que convoca al pueblo es I pompieri di Viggiù (1949), de Mario Mattoli. Y el protagonista es un icono del cine cómico italiano: Antonio de Curtis, conocido por todos también como Totò. Su popularidad llenaba las salas. A Alfredo se le ocurre contentar a la gente que se encuentra en la plaza y protesta porque se ha quedado sin  ver la película, ya que es la última sesión en la que la ponen. Y ante un Salvatore fascinado,  su héroe la proyecta también  en la plaza del pueblo, en la pared de una casa. El niño se va corriendo, con el permiso del proyeccionista, a disfrutar de la película al aire libre. Pero se provoca un incendio en la cabina, que supone no solo la quema del cine, sino también la ceguera de Alfredo, que es salvado por el niño de morir entre las llamas.

La apertura del Nuevo Cine Paradiso se celebra con un proyeccionista nuevo: el pequeño Salvatore. Y el estreno es con la primera película no censurada. La sala es todo un jolgorio cuando pueden ver, por fin, un beso. Se trata de una secuencia sensual de Anna (1951), de Alberto Lattuada, entre Silvana Mangano y Vittorio Gassman estando juntos en la cama. Pero también en estos cines del pasado eran habituales las reposiciones de películas de éxito; por ejemplo, de famosos melodramas como Catene (1949), de Raffaello Matarazzo. Un hombre del público, que normalmente va al cine para dormir, llora ante esta película y recita de memoria los diálogos. O tenemos el momento antes de la partida de un Salvatore adolescente (Marco Leonardi) del pueblo, el instante doloroso de la madurez, en el que el Cinema Paradiso organiza una proyección al aire libre, cerca de un puerto, donde la pantalla blanca muestra una superproducción italiana protagonizada por Kirk Douglas y se desata una tormenta de verano. Curiosamente es Ulises (1954), de Mario Camerini. Justo cuando  Salvatore  se va a reencontrar con una Penélope que será su amor imposible, su Elena (Agnese Nano). Poco después Salvatore emprenderá su particular Odisea.

Alfredo y Totò

Pero Giuseppe Tornatore sobre todo cuenta la relación especial que se establece entre el proyeccionista Alfredo y Totò desde su infancia. El habitáculo donde más tiempo pasan juntos será la cabina donde se proyectan las películas. Una habitación muy especial por la que Totò siente pasión. Las paredes están llenas de fotogramas de películas antiguas, de rollos, de tiras sueltas de celuloide que forman parte de los cortes de censura, de los albaranes… Y no es de extrañar que una imagen que preside la cabina sea Buster Keaton, un recuerdo al protagonista de El moderno Sherlock Holmes (1924), porque tanto el personaje interpretado por el cómico estadunidense como Totò tendrán en un principio como referencia y escuela de vida lo que ven en la pantalla.

Toda la historia de Cinema Paradiso parte del recuerdo. Y todo se desata con una llamada de una madre. Una madre que no localiza a su hijo Salvatore, quien hace más de treinta años que vive en Roma como famoso director de cine, y que no ha pisado desde entonces su pueblo siciliano natal, Giancaldo (una localidad ficticia). Pero la madre sabe que debe insistir y deja el recado a la actual pareja de su hijo. Este llega de noche, y cuando va a acostarse, la mujer con la que ahora está (se da entender que su vida sentimental siempre ha sido inestable) le da el recado: «Alfredo ha muerto». Y Salvatore, cuando está en la cama, recuerda. Así empieza un viaje por su memoria: desde su infancia hasta su adolescencia (las dos primeras partes de la película), para desembocar después en el presente, cuando treinta años después, Salvatore acude a su pueblo natal para estar presente en el entierro de Alfredo y en la demolición del Cinema Paradiso.

Por eso Cinema Paradiso es una historia de aprendizaje, donde Alfredo, un hombre inteligente casi sin educación, es un maestro de la vida con un claro objetivo final: que Salvatore sea alguien y que abandone el pueblo. Que viva, que descubra que la vida no es como en el cine y que hay que vivirla. Que abra los ojos, que aprenda, que sea sabio… Y que, como le dice en la estación de tren, mientras se despiden, se dedique a lo que se dedique, lo haga con pasión, con el mismo amor que ha mostrado siempre por el cine: con ese amor con el que ha trabajado de proyeccionista. Que ame su trabajo como ama el Cinema Paradiso.

La desaparición de Alfredo le llega a Salvatore en un momento de desencanto y apatía. Y Alfredo como buen maestro que es, muere justo cuando su pupilo vuelve a necesitarlo, pues el recuerdo y el regreso a su pueblo natal le hace reencontrarse con el pasado y con la pasión que da sentido a su vida. Y esto culmina con el regalo que le deja su maestro de vida: una bobina de cine. Ahí se esconde un secreto que Salvatore recupera en esa última proyección, un momento que figura como una secuencia mítica de la historia del séptimo arte. Es una bobina donde Alfredo le lega todas las escenas de besos cortadas. Y entre imágenes románticas de Luna Nueva, Arroz amargo, La quimera de oro, Qué bello es vivir, Senso, Adiós a las armas, Las noches blancas… Salvatore recupera su pasión como espectador y esa fascinación tan difícil de explicar que provoca el cine.

 

Nota: existen tres versiones de la película y para este artículo se ha visionado la que se estrenó en los cines para su exhibición internacional. Las otras dos son la que se exhibió en los cines italianos y el montaje del director, catorce años después de su estreno, con varias escenas que quedaron fuera de la primera.



 

4 Comentarios »

  1. Querida Irene, esta sí la he visto y la amo mucho. De hecho me resulta muy oportuno tu texto para decidirme a revisitarla. Hace meses que quiero volver a verla y no me hago del tiempo.-
    Siempre que la veo inevitablemente termino llorando en la escena final, y siempre recuerdo al loco del pueblo diciendo “la plaza es mía”, la mágica proyección en la plaza y al pobre muchacho que lleva las latas de un pueblo a otro en bicicleta cuando ambos cines comparten los rollos. Tu reseña me hizo recordar otros tantos momentos que había olvidado, como el de Alfredo rindiendo su examen junto a los niños o todo el episodio del amor de adolescencia de Toto y las duras palabras con las que Alfredo lo despide del pueblo.-
    Y la música es bellísima también.-
    Uy, ya quiero cazar mi DVD y sumergirme en este universo.-
    Un beso enorme, Bet.-

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  2. Al habla Irene,
    Sí, Bet, es una película que no decepciona.
    Y, sí, es inevitable una lágrima. Como evocas tiene un montón de momentos que no olvidas. Además de esas notas de Morricone que acentúan la emoción, y en esta película no sobran.
    El personaje del loco del pueblo y su “la plaza es mía” se me hace maravilloso y sobre todo como cada vez, según pasa el tiempo, es más ignorado, más invisible…
    Sobre todo es una película que me gusta porque en cada nuevo visionado surge un nuevo foco de atención. Y esta vez a mí me ha llegado al alma la visita de Salvatore a la sala de cine abandonada.

    Brindis con una copa de champán
    Irene Bullock

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  3. Me encanta todo el amor por el buen cine que destilan sus entregas, querida Miss Bullock. En esta ocasión, como en las anteriores, estoy deseando encontrar un hueco para volver a disfrutar de la película de Tornatore, porque estoy convecido de que la veré con ojos un poco más nuevos gracias a sus comentarios.

    Gracias por regalarnos estas crónicas.

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  4. ¡Al habla Irene!
    Cuánto agradezco tus palabras (me permito escribirte de tú, permíteme dicho tratamiento).
    ¡Encantada de recibir comentarios del mismo primo de Mr. Belvedere!
    Y yo encantada de escribir sobre lo que me apasiona. Y es que son las propias películas las que hablan maravillas del cine. Es todo un placer atrapar esa esencia o tratar de descubrir cuál es el secreto de esa fascinación que nos provoca.

    Brindis
    Irene Bullock

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