La infección tecnológica

Yago Paris


En una serie de polémicas declaraciones efectuadas durante la promoción de El irlandés, Martin Scorsese reflexionaba acerca del modelo de producción del cine comercial de gran presupuesto. El director ponía como ejemplo las películas del estudio Marvel, que, a su juicio, eran películas-parque temático, lo que convertía las salas en cines-parque de atracciones. El autor italoamericano expresaba su respeto por un modelo cuya existencia no quiere erradicar, sino diferenciar: «No es cine, es otra cosa». Como cierre a esta idea, el responsable de Uno de los nuestros (1991) reivindicaba la necesidad de organizarse para defender un modelo de cine que —a diferencia del de las películas de superhéroes— sea narrativo. Más allá de algunos aspectos chirriantes —¿acaso lo narrativo es un elemento indispensable del cine?—, el discurso resulta coherente y honesto. Sin embargo, tras haber visto su nuevo filme, quizás uno debería preguntarse si Scorsese no ha hecho, precisamente, todo lo que ha estado criticando.

Al ver El irlandés, lo primero que llama la atención (y, además, de manera descomunal) es el monstruoso aparato tecnológico que envuelve la narración. La historia adapta el libro Jimmy Hoffa. Caso cerrado, donde Charles Brandt recogía los testimonios de Frank «el Irlandés» Sheeran (Robert De Niro), un matón de la familia Bufalino que estuvo implicado en el presunto asesinato del líder sindical Jimmy Hoffa (Al Pacino). En una decisión totalmente metacinematográfica, Scorsese escoge como protagonistas a los pesos pesados del cine de gánsteres, como los citados De Niro y Pacino, a quienes se suma Joe Pesci. La intención parece clara: dar una nueva visión, desencantada y crítica, con el paso del tiempo como eje central, de un conjunto de filmes que son tótems de la filmografía del director. Esta aproximación justificaría la complicada decisión que se ha tomado de que un único actor interprete las diferentes etapas vitales de su personaje, a pesar de que los tres  se encuentren en la setentena y en algunas fases del filme deban aparentar que tienen treinta o cuarenta años menos. La situación se ha resuelto con un aparatoso rejuvenecimiento digital que ha convertido una película pausada, basada en el diálogo, en una producción que ha superado los ciento cincuenta millones de dólares.

Más allá de las cifras de producción, lo más destacable de esta decisión se encuentra, en primera instancia, en el acabado final: a pesar del dineral invertido, el trucaje se nota una barbaridad y, por momentos, es simplemente ridículo. Nada de esto sería en absoluto un problema desde el punto de vista creativo, si no fuera porque esta situación también ha condicionado, de manera determinante, la propuesta formal del director. Conocido por su arrolladora narrativa visual, Scorsese ha sido siempre capaz de convertir hasta el más verborreico de los guiones en una película eminentemente scorsesiana, es decir, en una filmación fundamentada en la puesta en escena. En el caso de El irlandés, una técnica digital tan costosa como la utilizada ha determinado el lenguaje visual de la cinta, haciendo irreconocible la labor del cineasta. El filme se construye a base de conversaciones rodadas con la técnica del plano/contraplano, un abuso desvergonzado del plano medio y una sorprendente ausencia de la profundidad de campo. La imagen se vacía de contenido y da paso al guion, el verdadero protagonista de esta función. El objetivo parece haber sido crear un tipo de plano estático, que no genere problemas a la hora de llevar a cabo la transformación digital; en otras palabras, el espectáculo le gana la partida a la narrativa visual.

Las características formales anteriormente citadas corresponden al modelo canónico de la realización televisiva, donde, por otros motivos —normalmente, la falta de tiempo—, la labor de dirección también se subordina a las imposiciones de producción hasta quedar relegada a su mínima expresión. A esto se suma una desorbitada duración (210 minutos), lo que ha provocado que algunos usuarios de internet hayan propuesto el visionado de la película como una miniserie de cuatro capítulos, lo que ha acarreado unas predecibles polémicas en redes sociales. Sin embargo, el aparente sacrilegio que supone trocear la obra probablemente sea, aunque de manera involuntaria, la crítica más imaginativa e incisiva que se le pueda hacer a El irlandés; algo así como un «llamemos a las cosas por su nombre». Y es que Scorsese ha pedido que no se denomine cine a un modelo de producción que apuesta por la técnica antes que por la narrativa y ha insinuado que en las salas solo se debería proyectar este segundo modelo. El mítico cineasta parece no haberse dado cuenta de que, si sus peticiones se cumpliesen, una de las películas que no se proyectaría sería, precisamente, El irlandés.


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EL IRLANDÉS

Dirección: Martin Scorsese.

Reparto: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Stephen Graham, Harvey Keitel, Bobby Cannavale, Anna Paquin, Ray Romano.

Género: cine de gánsteres. Estados Unidos, 2019.

Duración: 210 minutos.

 


 

2 Comentarios »

  1. Genial crítica con la que estoy completamente de acuerdo. Yo sostengo la teoría de que sin el jubileta Pack no habría podido financiar el proyecto y que la solución parecía fácil pero no fue tal. Cuando apaliza (sic) De Niro renquea como el anciano que es y la escena resulta ridícula. En otras escenas más que miedo dan pena. Y luego la pregunta fundamental: la historia es una batallita del abuelo porque no hay ningún indicio que respalde sus afirmaciones. Vamos, que el Irlandés era un mero matoncillo o chico de los mandados y para mi desmonta toda la película. No fue el asesino de Hoffa y sus inventos sobre Bahía Cochinos o el asesinato de JFK son meras fantasías. ¿Qué opina usted?

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    • Haber utilizado esta técnica a voluntad para generar un efecto de extrañeza, donde la habitual festividad amoral del cine de gángsters se hubiera convertido en un espectáculo patético y grotesco, hubiera sido una idea visual formidable, que alguien adicto a la perturbadora expresividad geriátrica como David Lynch hubiera amado. Lástima que la cinta haya apostado por la uniformidad visual que habitualmente encontramos en los productos televisivos.

      Con respecto a la fiabilidad del testimonio, creo que no afecta de ninguna forma al resultado final que es la película, por lo que, honestamente, creo que como debate no da más de sí que el mero “creo que dice la verdad” / “creo que miente”.

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