Irene Bullock


No hace mucho se estrenó el documental de Peter Bogdanovich, El gran Buster (The Great Buster, 2018), que analizaba la figura y el legado de Buster Keaton. Bogdanovich se centraba sobre todo en su largo proceso de caída a los infiernos hasta la recuperación de su imagen, antes de su muerte, para finalmente culminar la película con el periodo creativo más brillante del cómico durante el cine silente (1923-1928). El infierno de Keaton empezó no solo por problemas sentimentales y el alcoholismo, sino por una mala decisión laboral: firmó un contrato con la Metro Goldwyn Mayer. Y más que conseguir una mayor libertad creativa y económica, se sumergió de lleno en el sistema de estudios que, en su caso, acabó con su vena creativa y su libertad de acción. Por otro lado, llegó el cine sonoro y pareció que terminaba de golpe con la excelencia visual y la destreza del gag alcanzadas por el cine mudo y en especial por la comedia tan física de Buster Keaton.

Su dominio del cuerpo y agilidad portentosa fueron fruto de un entrenamiento continuo desde que, ya siendo un niño, subió a los escenarios, en el mundo del vodevil. Junto con sus padres formaba parte de un espectáculo que lo lanzaba por los aires, sufriendo todo tipo de caídas. Pero siempre lograba levantarse, reinventarse y seguir adelante. Como en la vida, tras la caída, viene la resurrección. A veces se olvida que Buster es un apodo y que hace alusión al porrazo, al mamporro, a darse de bruces en el suelo…

Dentro de su periodo de oro, realizó un mediometraje (45 minutos) que, además de ser una pieza cinematográfica llena de diversión y acción, presenta una hermosa reflexión sobre el cine dentro del cine, El moderno Sherlock Holmes (Sherlock Jr., EEUU, 1924). Es una auténtica gozada sumergirse en su visionado en tres actos. En la película además se vislumbra cómo Keaton alcanzó la excelencia en el gag visual y en el trucaje cinematográfico, demostrando un dominio de la técnica y los efectos especiales que aún hoy sorprende.

Primera parte. El mundo real y la sala de cine

Una frase se sobreimpresiona en la pantalla: «Si haces dos cosas al mismo tiempo, no esperes que ambas te salgan bien». Y este es el conflicto del protagonista. Él es proyeccionista y chico para todo en una sala de cine de una pequeña ciudad, pero su sueño es ser detective. Así nos lo encontramos en la sala vacía, sentado en uno de los asientos de madera, leyendo atento un manual para ser investigador privado. Lleva un bigote postizo y una lupa. Pero su jefe le llama la atención, ya que tiene que limpiar el local.

El proyeccionista quiere además conquistar a una chica (Kathryn McGuire), pero tiene un rival que le hará la vida imposible. Este último no solo le regalará la caja de dulces más lujosa a la joven, sino que además culpará a nuestro héroe de un robo. El rival le ha quitado el reloj al  padre de la muchacha para empeñarlo y poder comprar los dulces más caros. De nada le servirán a Buster Keaton sus instrucciones como detective, pues su contrincante, habiéndose dado cuenta  de que el protagonista va a poner en práctica sus conocimientos deductivos, esconde en el bolsillo del proyeccionista el papel de la casa de empeños. No solo logra inculparle, sino que Keaton fracasa estrepitosamente en la persecución del sospechoso. Así se queda sin chica y además falla como detective. No tiene más remedio que volver a su trabajo, a la sala de cine.

Esta parte refleja cómo era una sala durante aquellos años. El mejor gag transcurre en la entrada. El proyeccionista está barriendo y junta un montón de papeles en el suelo. Al mirar el montón, se da cuenta de que hay un bilete de un dólar, que le sirve  para comprar la mejor caja de dulces a su amada con los dos que tiene en el bolsillo. Pero aparece una joven buscando el billete, y este le pide como requisito que se lo describa. Al final, el bueno de Buster se  lo da. Luego aparece una señora mayor buscando desesperada otro dólar. Y este no puede resistirse a darle uno de su propio bolsillo. Entonces llega un hombre buscando otro y Keaton, resignado, le da el tercer y último billete, pero este se lo devuelve indignado y sigue buscando en el montón, encontrando una cartera llena de dinero…

Observar despacio la entrada de cine donde trabaja Buster es una gozada. Pertenece a un pequeño local, y el protagonista coloca un cartel de las sesiones del día: «Corazones y perlas o El amor perdido de Lounge Lizard en 5 partes», para que cualquiera que pase por la calle pueda detenerse a leerlo. Detrás hay otro cartel que anuncia lo que se podrá ver la siguiente semana. Colgados en una de las paredes están los fotogramas de las películas programadas. En otra pared hay  un montón de pósteres de distintas películas. Y alrededor también pueden verse  muchas fotografías enmarcadas de distintas estrellas, incluso se puede distinguir una firmada por Mary Pickford.  Esa entrada es como viajar en el tiempo, y disfrutar de cómo eran este tipo de locales en la época del cine silente.

Segunda parte. Ensoñación y la pantalla de cine

La gran protagonista de esta parte, en un principio, es la propia sala de cine y la cabina del proyeccionista. Buster Keaton llega a su rutinario trabajo: proyectar las películas en una sala llena de espectadores. Todo está listo: las cortinas dejan al descubierto una gran pantalla blanca. Y debajo hay tres músicos; no falta el pianista, el violinista, y parece que un tercero toca un instrumento de percusión. Y el protagonista en su cabina se dispone a preparar la primera bobina y colocarla en uno de los dos proyectores. Comienza entonces Corazones y perlas. Una vez que Keaton comprueba que el espectáculo visual ha empezado, se duerme. De pronto, se desdobla en dos: el real se queda dormido y el doble imaginado sale de su cuerpo. Cuando la imagen soñada mira a la pantalla, ve cómo los protagonistas de la película se han transformado en su rival y su amada.

De esta manera sencilla, Buster Keaton reflexiona sobre el séptimo arte. El cine y la capacidad que tiene para hacer soñar al espectador. Y no solo eso, sino el cine como reflejo para hacer posible lo imposible o para ver plasmada en la pantalla un mundo soñado e ideal. Los personajes con los rostros de los actores pueden hacer sentir otra vida posible al  que está viendo la película.

La imagen soñada con rostro de Keaton sale de la cabina y se va directo a la sala y se mete en la pantalla. Pero inmediatamente es expulsado.  Sin embargo, no se rinde, vuelve a insistir. Para su sorpresa, una vez dentro de la pantalla vive un continuo cambio de secuencias que le hace pasar por distintas situaciones y escenarios de un segundo a otro: la casa donde transcurre Corazones y perlas, un parque idílico y solitario, una calle transitada con mucho tráfico, en lo alto de una montaña, una selva con leones, un desierto donde pasa un tren a toda velocidad, un mar con oleaje, un paisaje nevado… hasta volver a la casa. Esa manera tan sencilla de meterse dentro de la pantalla y convertirse en personaje de ficción la emplearía muchos años después Woody Allen en La rosa púrpura de El Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985), pero el neoyorquino  además permitiría que un personaje de ficción pudiera salir de la pantalla y pisar el mundo real.

De pronto, desaparece el entorno de la sala de cine, pues Buster Keaton ya está totalmente dentro de la película proyectada y además como personaje protagonista.  Es el mejor detective del mundo para solucionar el robo de perlas que ha ocurrido en la mansión de Corazones y perlas. Se suceden una cadeneta de gags, a cada cuál más ingenioso y divertido.Con ayudante incluido, vive una y mil aventuras no solo para descubrir a los ladrones, sino para quedarse con la mujer amada. Ahí nuestro héroe con cara de palo (como se conocía a Buster Keaton en España) es un triunfador. No se le cuestiona como detective, persigue a los malos y, como no, se queda con la chica. Es un hombre elegante y el azar siempre está de su parte, por muchos peligros que corra (aunque se pase gran parte de una persecución en una motocicleta sin darse cuenta de que no hay conductor).

Esta parte tiene no solo un ritmo trepidante, sino que deja al descubierto el atrevimiento y las dosis de locura de Keaton en sus proezas físicas. Además de mostrar su ingenio y elegancia en los trucajes cinematográficos, dejando momentos cumbres (además del de los cambios de secuencia antes mencionado), como aquel en el que logra escapar de los malhechores saliendo por una ventana y disfrazándose de golpe de abuela. O el instante en que puede zafarse de los ladrones lanzándose a través de un maletín abierto que porta su ayudante, que está disfrazado de vendedora. Todos los trucos empleados en el mediometraje tienen su solución técnica, pero el efecto en la pantalla es todavía hoy sorprendente.

Tercera parte. La vida imitando al cine

 En ese momento, en el despertar del héroe, la chica sube a la cabina de proyección.  Ella ha investigado por su cuenta y ha descubierto que fue el rival el que perpetró el robo. Y viene a disculparse, de parte de su familia, con el bueno de Buster. Él no sabe muy bien cómo comportarse y entonces mira hacia el exterior de la cabina, por la ventana de proyección, hacia la pantalla de cine. Allí los glamurosos protagonistas de la película proyectada están en plena secuencia romántica.

Y Buster Keaton deja otra maravillosa reflexión: el cine no solo permite soñar y vivir situaciones imposibles, no solo deja volar nuestra imaginación y permite que escapemos por sus fotogramas, sino que es escuela y aprendizaje. ¿El cine imita a la realidad o la realidad imita al cine? Es una ventana abierta , una forma de mirar y entender el mundo que nos rodea.

El proyeccionista sigue con su chica uno a uno los pasos del galán de la pantalla para cortejar a la amada. Ellos, el humilde empleado y la muchacha, están encuadrados también por la ventana de proyección, que forma una pantalla. Así vemos cómo se besan, como un final de película. Pero Keaton se permite otro gag de lujo, entrañable. Después del beso, el proyeccionista mira la pantalla y ve cómo la secuencia siguiente muestra al  protagonista junto a su amada y con dos niños en sus rodillas. Keaton se rasca la cabeza… ¿y entre medias del beso y los dos niños, qué tendrá que hacer? La elipsis no le deja ver el futuro que le espera junto a la mujer amada. Tendrá que sorprenderse él solo.

El moderno Sherlock Holmes es una experiencia gozosa y divertida, pero además un canto de amor a lo que significa y aporta el cine a la vida de los espectadores. No solo una vida soñada, sino una escuela de aprendizaje. Una mirada para entender el mundo, una puerta para descubrir la vida.



 

5 Comentarios »

  1. Mencionas a Bogdanovich en el comienzo de tu artículo y ¡cómo me gustaría ser él por media hora y tener en mi recuerdo el conocimiento de tantas glorias del cine clásico!
    Keaton sigue siendo una gran incógnita para mí. Nuestros caminos siguen sin cruzarse y me temo que a este ritmo no lo harán nunca por pura casualidad. Tendré que ir a su encuentro y dejar de esperar al destino. Esta película parece un buen punto de partida. Me encantan las historias de cine dentro y en torno del cine y la referencia que citás (La rosa púrpura de El Cairo) es una de mis favoritas, así que más ganas me dan todavía de descubrir esta película.-
    Te mando un beso enorme, Bet.-

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  2. Irene Bullock, al habla.

    Y mil perdones mi querida Bet por no haberte respondido antes.
    Bogdanovich es un apasionado del cine y además ha dirigido películas que me gustan mucho.
    ¡Te recomiendo un encuentro con Buster Keaton! Y, sí, esta película es todo un aliciente para contactar con él. También “Siete ocasiones”, ¡es tan divertida!

    Brindis con una copa de champán
    Irene

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  3. Al habla, Irene
    Mil disculpas Ienotmikhail por pasarme tan tarde a contestarte.
    Sí, mirando a Buster Keaton se puede aprender muchísimo de cine. Es una gozada descubrirlo y redescubrirlo.
    Y además se acaba con una sonrisa, qué más se puede pedir.

    Brindis con una copa de champán
    Irene Bullock

    Me gusta

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