La espera en el desierto

Santiago Alonso 


En una tierra muy, muy lejana, existe un pueblo que vive una perpetua espera en una especie de suspensión temporal. Aun así, allí las personas continúan encarando un día a día que tiene mucho de reinvención dentro de la nada y dentro de los límites geográficos marcados por las naciones circundantes. Viven en un lugar desértico y estático donde todo es arena (solo las dunas se mueven imperceptiblemente) y todo lo quema el sol. Las gentes de este pueblo tienen sueños en los que aparece la promesa, solo la promesa, de un mar remoto y misterioso; visten ropajes fantasiosos y llevan gafas que los protegen de la acción solar; reparan unos vehículos que no llevaran a nadie a ninguna parte; cuentan historias de quienes se pudieron marchar allende las fronteras; y al menudo llenan el vacío conversando, discutiendo las cuestiones de la vida y bromeando mientras se exponen a un viento del desierto que no suele borrar sus sonrisas.

Esta descripción y estos hechos, que se corresponden con lo que vemos en Hamada, podrían servir como punto de partida para desarrollar relatos de varias clases, desde la fábula exótica hasta la narración fantástica (o fantaciencífica si nos pusiéramos galácticos). Pero los jóvenes protagonistas de la cinta se llaman Sidahmed, Zaara, y Taher; y la lejanía de su tierra está más en la conciencia de los demás, empezando por los españoles, pues dista poquísimo del territorio europeo. Los tres son personas reales y la película es un documental que nos acerca al drama de los saharauis, el pueblo olvidado, concretamente a los exiliados en Argelia.

Lo que aparece en pantalla es resultado de los ocho meses en total que ha pasado, durante distintos viajes, el cineasta gallego Eloy Domínguez Serén en los campos de refugiados de Tinduf. Se percibe, para bien, como el tipo de proyecto llevado a cabo por un extranjero, con la intención de acabar con el silencio en torno a un determinado conflicto, que durante el proceso de creación ha contado con la participación activa y decisiva de los implicados.

El objetivo consistía en plantear un filme diferente sobre un campamento de refugiados. Y se ha conseguido, porque hay honestidad en el tratamiento de sus dos premisas: una, evitar acogerse a la exposición sin más de los estragos provocados por la injusticia; otra, plantear retratos humanos de índole universal, de esos en los que a muchos espectadores no les costará sentir cierta identificación, aunque no estén padeciendo el mismo contexto vital. Al fin y al cabo, la chica y los dos chicos saharauis que vamos a conocer son jóvenes como muchos de nuestro país y de cualquier época, personas que encaran la edad adulta con deseos y dudas (el aprendizaje, el trabajo, el amor, etc.). Lo que sucede que están atrapados por una tremenda y asfixiante losa que condiciona y acaba impidiendo casi todo.

Domínguez Serén se muestra bastante hábil conjugando el activismo con unos toques de humor que contribuye a la viveza del conjunto. Hay mucha afabilidad en Hamada, pero eso no quiere decir que el cineasta no explique lo que nos está contando. A veces le sirve simplemente un solo plano para activar la denuncia, la incomodidad y la tristeza. Es tremendo y muy elocuente el plano de dos chavales con la atención perdida en su teléfonos móviles, mientras que una voz en la radio recuerda la vergüenza que deberíamos sentir por haber abandonado a su suerte, hace ya más de cuarenta años, a los saharauis.



HAMADA

Dirección: Eloy Domínguez Serén. 

Género: documental. Suecia, Alemania, Noruega, 2018.

Duración: 89 minutos.

 


 

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