Nero di Marte

Diego R. de Olmedo


                «Los niños son pequeños soles porque no dudan un momento. Mi hijo se pone ante el papel ignorando que hay siglos de pintura detrás de él. No experimenta el peso inhibitorio de la cultura. Acaba de inventar ese ademán, ese gesto, esa manera de pintar. Acaba de inventar la pintura»

Francisco Umbral.

 

Abro los ojos y no veo nada, los cierro y te veo a ti. Descansas en un lugar oscuro, sin límite ni atisbo de la entropía que lo define todo aquí. El espacio al que ahora perteneces es ajeno para todo aquel que desprecie lo remoto. No hay escéptico ni confiado capaz de apreciar el camino que has horadado. Un camino deleuzeano que te lleva, a través de desiertos y praderas, al rizoma que habita en ti. Y es en ti, PaSolo, donde veo una mirada que resume otras mil.

Resultaste ser un río de verdad ante los ojos del mundo. Pero al mundo no le interesan ni la verdad ni los ríos. Tu manantial lustral y tu inmanencia, abocan a ser embebidos en refriegas de conciencia y veracidad, un delirio. No hay verdades, hay mentiras. No existe una evidencia por cada corteza cerebral; se cree poseerla, pero no se posee nada. Los que venden las vendas han cambiado su apariencia, pero siguen siendo los mismos. Así revienten. 

Frente al marasmo que supone nuestra cotidianidad, define cierta objetividad el aceptar la certeza de nuestra duda, pues es absoluta. Resultaría un desperdicio total ponerse a cartografiar la característica fundamental de esta deriva, del hacia dónde y del porqué. Con ello habríamos optado por tomar la benzodiacepina moral que dispensan los sojuzgadores. Estamos tan perdidos que buscamos las respuestas en quienes no se preguntan nada. Les pagan por marear y distorsionar, hacen bien su trabajo. De continuar este obtuso caminar, moriría abotargado y cano, con la media sonrisa de la autosuficiencia intelectual que confiere un trabajo considerado terminado, aunque sea falso, falaz. Antes de morirme yo, que se muera eso.

Aún siendo mi mensaje sincero y contumaz, he de reconocer que puede llegar a pecar de ditirambo marginal. También de péndulo lejano, de una idea aquí y otra allá. De pedantería con aspiración a nacer sofisticada. De falta de la sencillez que la belleza suscita en la vida.

Es por ello y por mucho más, que he decidido retratar la visión de la que aquí me hago cargo como si de un retablo viviente se tratara. Una luneta al fresco en la bóveda oscura e ilimitada que para mi simboliza tu memoria muerta, siempre a punto de ser resucitada, por el lobo nieztscheano que merodea frente al eterno retorno. Retorno al error.

Nuestro cuadro destella un exilio, un escapar. Para encargarse del lienzo le cedo a Pontormo mi lugar. Te obsesionaste con el pintor florentino porque suponía quizá un arte de paso, un genio marginal y olvidado en un renacimiento ya crepuscular. O quizá fue su abrazo al trazo de Durero, su manierismo neurótico y brutal. Los ojos dando paso a las cuencas como definiendo un final, los músculos atenazados por un brío y una suntuosidad que evocan a la juventud del que no piensa en el futuro y acaba mal. Como no te ibas a obsesionar, no habría otro que mejor te pudiera pintar. Fruto de esa fijación nace tu segmento de Ro.Go.Pa.G. Pero eso sería objeto de un estudio más normal, no cabe aquí.

Escudriñar la vaga estela que deja Pontormo en el arte me recuerda a ti. Tú como él, naciste de la promesa de seguir el camino que habían iniciado otros. Concentrarse en dominar la armonía que tus maestros han cultivado resulta prometedor e incluso eficaz, pero a la vez se apoltrona uno en las cálidas horas de la perfecta mediocridad. Y la vida pasa, la carne se arruga y no queda nada. Nada de ti. Y qué es el arte sino una exaltación de la vida, una sublimación de los dolores en forma de tragaluz perpetuo, de solución irreal, ante el escapar continuado de las horas.

Aplaudo a todo aquel que, como nosotros, opta por no aceptar y lucha con denuedo por las maleables y nobles ideas, que no son de uno, sino de toda una colectividad. Aunque mientras luche sea plenamente consciente de que todo lo que le importa acabará mal. No hay nada más significativo en una lucha sincera que su incondicionalidad. No luchar por uno, luchar por los demás, olvidando con ello todo matiz. Eso es para mí el retrato Pasolini, una oportunidad de despertar. Aceptar no aceptando.

Pontormo, frente a mi sueño, decide iniciar el cuadro con los trazos de un arrabal. Una caterva de críos parecen cantar en torno a un río y su arroyar. Beben de las limpias aguas sin siquiera atinar a que su endeble memoria fue apuntalada por el bajo caudal de un hombre capaz de retratar a los marginados, a los a punto de ser olvidados, para que aquello no llegase a pasar, para que los demás pudiésemos al menos intentar derrocar a los abyectos frente a sus decisiones de mal. Qué no mueran más niños a manos de los hombres. Qué utópico y evidente llego a veces a pensar.

Me acerco a ellos sin dudar, a sabiendas de que lo más bello que me puedan espetar sea un vaffanculo, dedicar un orinar, tener la exigencia de un cigarrillo o regalarme una ristra de pedradas. Tórpidos son los cambios maquínicos que puede llegar a ocasionar, en la mente de un zagal, una vida sin rumbo o una casa sin habitar. Una Roma milagrosa y dorada rodeada de mierda y falta de pan.

Podríamos enfocar todos nuestros esfuerzos en esbozar la historia de un único chaval del arroyo. Insinuar sus trastabillantes y desdichados pasos pondría en bandeja el suspiro diario tan anhelado por todo lector de buena fe. Cómo irse a descansar sin suspirar, sin paladear esa dulce melancolía que afloja la conciencia y deja dormir. Vivimos tiempos en los que la moral esta muerta y enterrada, y cabe destacar, que la tumba ha sido escavada por la siesa y escuálida moralina, la cual carcajea sin ofrecerle presigno ni mortaja. Es evidente que nuestro cuadro debe de ser duro, al igual que los tiempos. Oscuro y cierto, como todo inicio y todo final. No por empeñarse en crear algo bello llega uno a generarlo.

Los chavales solo nos han pedido un puñado de curruscos de pan a cambio de ponerse a posar. Después se han descojonado y yo tampoco lo he podido evitar. Nos miran, pero nos ven lejanos, saben que venimos de otro lugar. Durante unos segundos les he intentado explicar que los tiempos realmente no han cambiado. Pero por suerte, esta vez, opto por callar.

Sus miradas, legañosas y pesadas, sugieren que hoy tampoco han visto a su mamá. La notan ya lejana, pero son incapaces de olvidar. No entienden nada. Frente a esto, ni tú ni yo les podemos ayudar. Uno de ellos, el del pelo cerúleo y alborotado, se tira en el suelo a descansar medio embobado de la fe maniquea que desprende Pontormo al pintar. Podría ser él quien, dentro de este pequeño gran grupo, elija el sendero del arte para caminar. Sin saberlo, gracias a ti, ha tomado uno de los caminos que has horadado. Estoy seguro de que solo por habérsete acercado, alguno consiguió escapar del infierno humano, del infierno real.

Al mirar de reojo llego a ver al de la piel liral, se ha puesto a mi lado solo para observar. Inquieto, tímido y aislado se sienta a pensar sobre un pedrusco que intuyo que algún día, este pequeño, conseguirá transformar en pedernal. Me resulta inevitable sonreír ante aquel que busca luz hasta debajo de las piedras. Él será nuestro Sísifo en el cuadro. Nunca cederá a la hora de cargar el peso de la vida sobre sus hombros. Y la carga es terriblemente pesada, casi insoportable. Eso jamás debemos de olvidarlo.

Del tercero en discordia habría muchos rasgos a destacar. Comparte contigo la avidez en la mirada que el maestro Fellini observó en ti el día que os encontrásteis por primera vez en piazza del Popolo. Su sed de liderazgo podría considerarse la transformación naif de la ausencia paternal.

En cada cuadrante del lienzo se respira el olor eminentemente pasoliniano que desprende una situación que fue descrita mejor que nadie por el maestro Umbral en su obra Mortal y Rosa: ser padre de uno mismo. Según Umbral, esa situación parte de la necesidad intelectual de reforzar el propio camino. A esa conclusión llegó mientras escribía un libro sobre la infancia, sobre reencontrarse uno en la mirada del hijo; también, a su vez, entender la maternidad y el cordón umbilical que nos une a ella in saecula saeculorum.  En medio de su elogio a la infancia, llegó la muerte, la de su propio hijo, como hace siempre: muda, aletargada e imprevisible. Porque tremendamente, la muerte no avisa. Ni si quiera en el contexto de una enfermedad terminal. Los médicos, con nuestro matiz cientificista y rayano en la reducción más evidente y preocupante, nos acercamos a ella perpetuamente de puntillas. Pero la ves y te abruma, no entiendes, por lo que prefieres llevar a cabo la huida emocional del que se hace creer que lo sabe todo. Ojalá hubieras podido leer su libro, pero se editó en 1975, tu año aciago.

Algo que me llevo para siempre de ti, en este camino pasoliniano, es tener aún más presente que nunca que la pregunta atenaza siempre. De cada intención de respuesta, si uno es suficientemente humilde y claro consigo mismo, surgen otro millar de cuestiones. Quizá esto sea aquello que pueda definir en mayor profundidad la vida. En tu mundo en cambio, que es el de la memoria, estoy seguro de que se pueden alcanzar miles de respuestas. Pero para ello hay que recordar que antes que nosotros vivieron otros, y eso últimamente se prefiere olvidar. Nos hacen creer que nuestro mundo es nuevo y que en la historia no se puede vislumbrar hacia donde van a tornar las cosas. Pero el mundo es viejo y sin capacidad para pensar. Esa capacidad la tenemos nosotros aunque cada vez hagamos menos alarde de su uso de forma eficaz. El mundo no piensa, pero si gira, lo hace siempre en la misma dirección, dispuesto a marearnos hasta la náusea si no nos olvidamos un poco de nosotros mismos y cogemos aliento y perspectiva.

El lienzo permanecerá siempre a medio acabar. Para finalizarlo habría que dar respuesta a todas las cuestiones que abriste y también deberíamos de bocetar a todos aquellos que participaron en tu indigno final. Los que mataron y los que mandaron matar. Por desgracia eso a día de hoy parece difícil de alcanzar. Aún con todo somos muchos los que no te olvidamos ni te vamos a olvidar. Quizá tu martirio sirva de algo, aunque querido amigo, eso lo llego a dudar.

Pese a que nuestro cuadro tiene un fondo negro similar al de un abismo total, he decidido usar el pigmento nero di marte por resultar aquel con más capacidad de crear profundidad, un negro nigérrimo. Capaz de cubrir y transformar todo color, capaz de soportar las inclemencias del exceso de luz, que es tan malo como el exceso de sombra, y que además carece de la toxicidad que podría presuponerse de una sustancia así. Considero que está tonalidad es la única capaz de superarse a sí misma. La sombra no generando más sombra sino anulando a todas las demás. Una oscuridad absoluta que por unos instantes nos deje respirar, y sería en ese lugar en el que podríamos alcanzar, de forma imprevista y con total incredulidad el claro del bosque.

A este lugar hizo referencia María Zambrano, con la que compartías poesía, exilio y sensibilidad. Y digo exilio aún a sabiendas de que tú nunca lo llegases a estar de forma real. Pero qué peor exilio que cuando uno se siente exiliado en su propio hogar. La malagueña me aportó reencuentro y sensación de paz. Siempre me pregunto si en su estancia en Roma os llegaríais a encontrar. Me gusta pensar que sí.

Pese a que tu río es infinito, se puede delimitar un final. Ese final es circular y te devuelve a la mirada infante, que como decía Umbral es la mirada universal. Si te alejas de lo torpe y obtuso del adulto sin por ello renunciar a la madurez cincelada a martillo por el caminar, alcanzas el lugar que tu más a horadado, un lugar de verdad. Tras ello se puede regresar. Volver con los martillos destruidos como pretendía Cioran.

Regresas –como tú– sabiendo más y con la perpetúa posibilidad de volver a empezar. De nada sirve el camino del asceta si a otro no le puede ayudar.

Acercándonos a ti y al final del cuadro, Pontormo comienza a generar con maestría la ausencia de oscuridad. Para ello hace uso de tu luminoso tintinear, matizando con su azul y su rojo florentino un hermoso velo tras el cual, como si de una sibila se tratara, descansa Susanna ya lejana de todo rastro del martirio que le tocó soportar. La Sibila de Cassarsa junto al río Pasolini.

En la memoria solo debería de perdurar aquello que resulte nuclear. Solo lo que con una única palabra se pueda reflejar.

La palabra que define esta situación es maternidad.

Con ella se podría definir el cuadro y su objetivo final. Generar una duda y un algo en todo aquel que lo quiera observar. Construir preguntas y búsquedas, hacia dentro y hacia fuera.

De aceptarlo se podría ver uno haciéndose cargo de su propio destino en la búsqueda del mar.

Como dije, el cuadro resultaría un dionisiaco ditirambo marginal y apartado. Un lienzo que describe a la vez comienzo y final.

Pontormo ya parece cansado y decide dejar el final de la obra en un suspenso total. Pero antes de abandonar le he pedido que en torno al claro y la luz introduzca un rosa liminal. Su famoso color rosado nos servirá para poner a germinar las sucesivas ideas en forma de crecimiento floral.

Un puñado de buganvillas como analogía estética final. Ellas, como tú, inundan Roma, lo soportan todo y provienen de otro lugar. Al verlas las huelo y siento que el cerebro me podría explotar.


Fotografía de portada: Paolo di Paolo, Pier Paolo Pasolini al Monte dei cocci, Roma


 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.