Diego R. de Olmedo


(Carta a Pier Pà)

 

«…y la respiración se acompasa por esta luz que viene como destinada al que abre para ella los ojos. El que así alienta el encuentro de la luz es alumbrado por ella sin sufrir deslumbramiento. Y de seguir así, sin interrupción, vendría él a ser como una aurora».

María Zambrano

 

Si algo he aprehendido es lo intrascendente que resulta la esfera desde la que se accede a ti. Del poliedro que a tus seguidores nos gusta usar como trasunto de tu complejidad solo queda su belleza metafórica, levemente elocuente. No ha surgido una genealogía de luchadores, heréticos y corsarios, merecedores de sentirse discípulos tuyos. No ha nacido árbol de ti.

El mundo, en su estructura, se mantiene similar a como te obligaron a dejarlo. Los pueblos seguimos rehusando tirar de los hilos, por miedo a romper el títere del que formamos parte. Aquella mutación antropológica que preveías en tus Cartas Luteranas se ha hecho ya ontológica.  Cambia rápido,  no deja ver. Las cadenas de Salò forman parte de nuestra piel, tan contenidas en cada matiz de lo cotidiano que han perdido no sólo su incomodidad, sino que también han dejado de tener el cariz indigno y nauseabundo que tanto te preocupaba. Argollas negruzcas sustituidas por sedosas redes indicando el camino a seguir. Siempre hacia una consumible y facticia felicidad, que no provee plenitud ni cobijo. Las redes y lo social. La mentira.

Obviando esta insoportable visión nihilista, lo cual considero momentánea obligación, puedo asegurarte, querido Pier Paolo, que la realidad sigue mostrando constantes matices de belleza. Aquella que otorgaste a esa suerte de buen salvaje que fueron tus amados ragazzi di vita, y que no es otra cosa que la vibrante vida desbordándolo todo. Eso sigue siendo imparable.

Tu vitalismo reside indemne en las voces de otros, que ni si quiera saben quién fuiste, quién eres. No conocen a Nietzsche ni a Deleuze, pero lo devoran todo. Lo he notado en los ojos de una mujer, que no puede contener una angustia moderada en su dorada tez y en su melena enmarañada, mientras barrunta sobre aquello nada baladí del camino a elegir. Estoy casi seguro de que, si la hubieras conocido, hubiera formado parte de uno de tus filmes. Siempre tú tan ávido de miradas transparentes y desconocidas que pudieran representar, por ser, aquella mujer que amabas. Mujer «no florero», mujer hacedora. Capaz de levantar, desde su núcleo familiar y social, esa Italia en pedazos que cual nueva realidad se definía en algún lugar de algún arrabal de Roma. Y reflexionando sobre todo ello, no he podido evitar encontrar conexiones entre tu visión de la feminidad y el concepto que Deleuze y Guattari desarrollaron en sus Mil Mesetas. Aquello tan complejo y bello del devenir-mujer, como inicio, medio y clave de todo movimiento.

Siempre he intuido que, las grandes curvas de aprendizaje, las que arquitectan un nuevo piso en la morada del ser, nunca van de la mano de cándidas jornadas de lectura, sino que pertenecen a las oscuras etapas del crecer por seguir y por cojones. Del vértigo y de la náusea. Del caer rendido. Rendido ante esos inferi que solías merodear para que cuando, al volver –si volvías–, llegases entendiendo todo aquello que los demás no estaban dispuestos a aceptar. Tú volvías sabiendo más. Excepto esa última vez, que no te dejaron volver, por saber.

Sintiéndome en deuda contigo, por haber contribuido estos últimos meses al derrumbe de mis propios muros y sus respectivos clavos, he decidido escribirte esta serie de cartas, de estructura rizomática, cual deambular itinerante a través de algunos de los puntos clave de tu vida y obra. Siendo mi objetivo principal aquello que, tu querido Giorgio Agamben, considera crucial en nuestros días: que como europeos llevemos a cabo una confrontación con nuestro pasado, haciendo cuentas con nuestra historia. Y de tu historia, Pier Pà, hay mucho que reivindicar, interpretar y trasladar al presente. No nos viene mal cuidar la memoria en este mundo de desmemoriados. Un mundo saturado de opinadores, pero falto de hermeneutas.

Vivimos en el perpetuo error: evitar la memoria por lo ignominioso que resulta aceptar los fallos de nuestros padres, de nuestros abuelos. Que son los mismos que los nuestros. Desdibujado nuestro presente, vendido a la bestia deleznable que resulta la actualidad, optamos por enterrar un pasado sin exequias ni reflexión. Lo que nos lleva a la obsesión con lo futurible, que nunca llega, no por imposibilidad, sino por desencanto. Mal diagnóstico el de misantropía, cuando lo que tenemos delante es un filántropo exhausto. No existe el nihilismo, sino humanos deshilvanados.

He de reconocer que no es mi intención la de convertirme en un redentor de la posmodernidad, pues intuyo que, automáticamente me convertiría en su más fiel siervo. Me conformo con la congoja del que se siente perpetuo diletante, pero al que a la vez, le quema dentro la callada por respuesta o por opción vital. De uno que tiene plena conciencia de que sus ideas no son suyas y que, como mucho, puede de vez en cuando recolectarlas de una forma más o menos inspirada y ofrecérselas a su alteridad. En un gesto dubitativo, pero lleno de intención y esperanza, como ese que define a aquel que lanza una botella al mar. Y es ese mar el que sentía Jaspers como reflejo de lo infinito en la vida. Hastiados por barruntar sobre lo limitado de nuestra existencia, de la propia, obviamos la posibilidad de lo infinito en la vida de los otros, de lo que llegará. Y es ahí donde optamos por borrar la memoria, por prostituir la neutralidad de las ideas, que, como decía Cioran, son siempre víctimas de la realidad del hombre débil. Qué repugnante resulta ver a los fariseos transformar en soflamas a las nobles y maleables ideas cuando, por lo cambiante de los tiempos, se apoderan impunemente de las fraguas, y las ponen al servicio de la jindama.

Contra eso luchaste tú mejor que nadie, y así acabaste. Porque me gustaría recordar que esto no es la utópica carta de un médico proletario a un muerto, sino a un asesinado. Un buen puñado de hijos de puta fue suficiente para masacrar tu vida, pero tus ideas son inmortales. Y ya que, como tu querido Deleuze decía, no es fácil tener una idea, pienso que es clave recordar una y mil veces las tuyas, por tener esa impronta inefable que define todo aquello que posee verdad. Nada de medias verdades, que son las peores mentiras, nada de revoluciones a medias.

Por todo ello, y por capricho, he decidido iniciar este viaje en zambullida a tu memoria, que también va ligada a la mía y la de muchos otros. El viaje, como diría Cèline, es ficticio y por poder, lo podría abarcar todo. Sin embargo se limitará a tu amada Roma, por todo lo que con ella se llega a ti y por resultar el único testigo válido de tu abyecto partir.

Querido Pier Pà, da igual la puerta o ventana desde la que se acceda a ti. Tras el oscuro encontronazo, he percibido que, si matas al destino, de cada abismo nace un fulgor. Y abismarse junto a ti, resulta dolor y devenir.


     


 

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