Aquello que precede al ruido

Cristina Aparicio Miranda


A veces el desencanto y la ira contenida pueden manifestarse de maneras muy similares, lo que dificulta esclarecer si determinados acontecimientos son en realidad fruto de una protesta política o un tipo de oportunismo. No parecer ser la intención de Jamie Jones clarificar las motivaciones que propiciaron los disturbios de Londres de 2011, sino describir un contexto concreto que, nutrido por la creciente violencia, contaminó todo de vulnerabilidad y desesperanza.

Desde el principio, Jones apuesta por mantener una cierta distancia cuando filma a un grupo de jóvenes que avanzan despreocupados por medio de una calle. Mientras caminan, se van aproximando a la cámara, algo lejana y casi estática. La naturalidad de la escena da cuenta del tono del filme, y todo ello a partir de una escena que termina en un acto delictivo más casual que intencionado. De este primer momento se puede extraer otro de los rasgos fundamentales que se aprecian durante todo el metraje, y con el que el cineasta deja patente el distanciamiento con que pretende abordar el relato. Así, sin previo aviso, un gesto impactante sirve para centrar la mirada en Leon, el protagonista de la historia: es en ese preciso instante cuando cobra entidad propia su presencia, hasta entonces desapercibida entre conversaciones algo subidas de tono y las bromas del resto de grupo.

A partir de ese momento, con la mirada puesta en Leon, las revueltas quedan en un segundo plano y la atención se centra en los verdaderos conflictos que rigen su vida. Mientras la televisión va filtrando el caos en el que empieza a sumirse la ciudad, León se convierte, al observar los noticiarios, en espectador de su propio destino, de un futuro que parece estar prefijado y donde todo es ruido y desconcierto. Destaca la interpretación de Marcus Rutherford, quien mantiene un temple apocado a la par que rudo para transmitir una indefensión aprendida que exterioriza físicamente con nerviosismo y semblante afligido: un trabajo que permite hacer visible la compleja carga emocional de este joven atrapado en sus circunstancias.

En su empeño por mostrar con objetividad los acontecimientos sin despegarse de su protagonista, Jones encuentra las mayores dificultades de una cinta: al evitar enjuiciar lo que muestra en pantalla, algunos de los actos delictivos llegan a parecer caprichosos (como los saqueos fortuitos o la casa okupada en la que se celebran fiestas), hasta el punto de legitimar una actitud vital que parece más un divertimento que una falta de oportunidades. La diferencia de clases, muy patente en todo el metraje, termina por perder fuerza en el contexto de una situación que, en parte, estuvo propiciada por la gentrificación de ciertos barrios.

Obediencia funciona como valioso relato social cuanto más se aleja del hecho histórico que tiene de fondo. Porque si algo describe el filme con minuciosidad (y sin condescendencia) es el miedo y la ira que rodean a quienes están en cualquier tipo de desventaja y no pueden recurrir al afecto como forma de acallar el ruido.



 

OBEDIENCIA

Dirección: Jamie Jones.

Intérpretes: Marcus Rutherford,  Sophie Kennedy Clark,  Michael Quartey,  Sam Gittins, T’Nia Miller,  James Atwell,  Taurean Steele.

Género: drama social. Reino Unido, 2018.

Duración: 98 minutos.

 


 

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