Quiero denunciar a mis padres

Santiago Alonso 


Aunque es posible que muchos lo sepan ya por haber leído las crónicas periodísticas del último festival de Cannes, conviene recordar que al estreno en salas de Cafarnaúm, la película libanesa que se llevó el Premio del Jurado, le precede una ruidosa polémica que divide a dos grupos de espectadores. Ya se había dado antes un debate similar a propósito de cómo algunas películas exponen la pobreza en pantalla, pero esta es la primera vez que quizás se ha planteado de manera tan intensa. El tercer largometraje de Nadine Labaki (Caramel, ¿Y ahora dónde vamos?) conmocionó hasta el extremo a muchos de los asistentes durante la proyección en el festival, tanto que, según se cuenta, la actriz Cate Blanchett, presente en calidad de presidenta del jurado, se marchó a lágrima viva. Por el lado contrario, algunas voces de la crítica manifestaron que este durísimo filme se dedica a manipular al espectador y, en general, a presentar «pornomiseria», lo que vendría a ser una exposición sensacionalista del drama de los pobres.

¿Pero qué cuenta exactamente Cafarnaúm? Pues la tremenda historia de Zain, un niño refugiado de doce años —pero que aparenta bastantes menos a causa de una deficiente nutrición— que es llevado ante los tribunales bajo la acusación de haber apuñalado a un vecino tendero. Zain no solo no lo niega («Era un hijo de puta», dice), sino que aprovecha para denunciar a sus progenitores, allí presentes, por la negligencia con la que lo han criado a él y sus muchos hermanos. A partir de entonces, la película reconstruye los meses anteriores del chaval malviviendo en los barrios menos favorecidos de Beirut. Una tras otra, casi sin fin, se van encadenando situaciones durísimas, si bien también se revela la capacidad de Zain para luchar por la supervivencia, así como su humanidad cuando intenta ayudar a su hermana y cuando empieza a relacionarse con otra «ilegal» para la sociedad del Líbano, una joven etíope que tiene un bebé.

No cabe duda de que a Labaki le mueve la firme intención de denunciar la situación de los tantos y tantos menores que se encuentran en la situación de Zain, haciendo hincapié, además, en que estas pequeñas víctimas a quienes se les hurta la infancia serán los adultos del futuro. La clave para entender las adhesiones y los rechazos provocados por Carnafaúm estriba, por tanto, en el modo en que ha planteado la directora dicha denuncia, y en el que intenta despertar tanto la conmiseración como la rabia entre las personas de la platea. Es sobre todo una cuestión de la mirada y su construcción, una mirada en la que al final se perciben varias virtudes y algún aspecto muy discutible.

Entre lo que se le puede objetar a Labaki, hay sin duda inconsistencias de guion que están, en realidad, al servicio del concepto de drama sin freno —¿por qué no va Zain a ver, durante el momento más peliagudo del relato, a los dueños del parque de atracciones, dos personajes positivos que desaparecen sin justificación? O momentos muy reveladores cuando se apuntan soluciones poco operantes (¿e interesadas?) a las injusticias, como la bochornosa secuencia de la ONG occidental cantando en la cárcel. En general, aunque se haya puesto la lupa sobre el problema de la infancia en la pobreza y se quiera hacer ver que las instituciones y la opinión pública del Líbano tienen una fuerte responsabilidad, estas aparecen solo de fondo, prácticamente desdibujadas, sin entidad alguna. Quizás es una frontera que no puede traspasar una producción libanesa, quién sabe.

Ahora bien, tampoco se le puede acusar a Labaki de exponer planteamientos planos. Un buen ejemplo es la escena en la que la abogada defensora del chaval, a quien encarna, no por casualidad, la misma cineasta, mira con atención a los padres negligentes y entiende una parte de sus quejas como víctimas que son igualmente. Y, por supuesto, destaca sobre todo una acción cinematográfica verista que alcanza gran intensidad gracias al milagro expresivo que establece la realizadora con los actores no profesionales, destacando, cómo no, el pequeño Zain Al Rafeea, también él un refugiado sirio cuya vida tiene tristes concomitancias con las de su personaje. En cada mirada suya de ira vibra la odisea vital de este ser humano arrojado al caos y a las ruinas de la sociedad. Sucede lo mismo en sus miradas de lealtad.



 

CAFARNAÚM

Dirección: Nadine Labaki.

Intérpretes: Zain Al Rafeea, Yordanos Shiferaw.

Género: drama. Líbano, Francia, Estados Unidos, 2018.

Duración: 126 minutos.

 


 

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