La artificialidad del monstruo moderno

David G. Maciejewski


Quizás sea que la sombra de Frank Underwood o las soflamas incendiarias del gaznápiro que los estadounidenses toman por presidente hayan dejado el listón de la desfachatez demasiado alto. O quizás que la infausta herencia política que legó a Estados Unidos Dick Cheney, personaje en el que se centra este biopic, no me hace ni la más mínima gracia. O que la fanfarronería con la que Adam McKay copia el estilo de los maestros Tarantino, Scorsese y Stone —con quien comparte montador: Hank Corwin— me trae a la memoria aquel aldabonazo que le soltó Polanski a Laurent Tirard durante una entrevista en la que explicaba de qué madera estaban hechos los grandes directores: desde luego, John Ford, Stanley Kubrick, Andrei Tarkovski o Howard Hawks, por citar algunos, no reformulaban códigos narrativos pretéritos; creaban los suyos propios.

El director de La gran apuesta cae en el error de querer tratar un tema sobrio, propio de los dramas políticos, con el aderezo del sketch cómico. Ni cede ante un drama puro ni se atreve a rodar una comedia excéntrica. Se queda en un terreno de nadie, desorientado, e intenta ocultar su falta de ideas con un montaje caótico, casi frenético, relleno de tópicos del cine político que harían sonrojar a Otto Preminger y Costa-Gavras. Sus recursos narrativos, aparentemente transgresores, como la introducción de créditos a mitad de película (falsas esperanzas) o una escena construida a través de diálogos de Shakespeare no tienen una relación orgánica con la trama, por lo que se sienten impostados. Además, el director opta por el recurso más desaconsejado en cine para modular una historia que requiere dinamismo: el flashback.

McKay ha demostrado, además, una extraña virtud: conseguir que una película sobre un político poderoso e influyente del que poco se ha contado en la gran pantalla resulte tan tediosa como una biografía sobre Soraya Sáenz de Santamaría. Si a los grandes directores se les mide por la habilidad con la que dirigen a su reparto, a los peores se les descubre cuando consiguen que un gigante como Christian Bale parezca artificial y poco interesante. Si al menos se hubiese profundizado en las motivaciones que movieron a aquel hombre poderoso a actuar de la manera en que lo hizo (un personaje monstruoso puede resultar fascinante, Paul Thomas Anderson se encarga de recordárnoslo siempre), o se hubiesen arrojado hipótesis descabelladas, se le reconocería cierto mérito. Sin embargo, Vice, el vicio, el vice, se queda en un pésimo juego de palabras, en una caricatura superficial, en un chiste que los señores de la Academia de cine, esa misma que prefiere anuncios publicitarios en vez de entregas de premios, se ha empeñado en estirar.



EL VICIO DEL PODER

Dirección: Adam McKay.

Intérpretes: Christian Bale, Amy Adams, Steve Carell, Sam Rockwell.

Género: comedia. EE UU, 2018.

Duración: 132 minutos.

 


 

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