Anaís Berdié


Cuenta Susanne Bier que, cuando se sienta para iniciar un proyecto con Anders Thomas Jensen, el guionista de gran parte de sus películas, casi siempre tienen la intención de escribir una comedia. La mayor parte de las veces, el resultado es un drama tan intenso que los espectadores apenas podrán sonreír en la media hora posterior a su visionado. Pero no se alarmen: lidiar con los imprevistos es parte importante de la filosofía de las películas de Bier.

Que nadie espere pues una propuesta ligera en la trilogía que proponemos hoy. Las películas de esta directora danesa, la tercera en la historia en conseguir un Óscar para su país, abrazan abiertamente el melodrama, es más, se revuelcan en él sin reparos, pero con una crudeza y un realismo que alcanzan cotas difíciles de ver en el cine.

Te quiero para siempre (2002): la vida al descubierto

Parte de la generación de directores daneses que (re)situaron el cine de su país en el mapa internacional con el movimiento Dogma (Trier, Vinterberg, Scherfig), Susanne Bier solo se acogió a las normas del colectivo en Te quiero para siempre, la película que la daría a conocer fuera de casa. La historia de una pareja de jóvenes enamorados (Nikolaj Lie Kaas y Sonja Richter) cuya relación se verá afectada por un accidente de coche que le deja a él tetrapléjico. Ni recurrir al «te quiero para siempre» ni las canciones pop que suenan en su reproductor de música facilitarán las cosas a la protagonista que, en su desesperación, se cruza, física y sentimentalmente, con el marido de la conductora que causó la desgracia (Mads Mikkelsen).

El descarnado realismo impuesto por el movimiento Dogma encaja a la perfección con esta historia, elevándola por encima de la película que podría haber sido de haberse rodado con un tono, si quieren, más cinematográfico. Una película tal vez imposible de digerir.

Vidas que se cruzan accidentalmente, imprevistos dramáticos y personajes dispuestos a tomar decisiones morales tan acertadas como equivocadas, tan poco cinematográficas en muchas ocasiones como extremadamente reales, forman parte de los ingredientes del cine de Bier. El uso de insertos de cámara doméstica utilizados para reproducir los anhelos de los protagonistas es aquí todo un hallazgo narrativo de la directora, que no suele contentarse con la sucesión de planos al modo canónico.

En Te quiero para siempre asistimos también a la construcción de uno de los primeros grandes papeles de Mads Mikkelsen, que repetirá con Bier en Después de la boda (la siguiente parada en nuestra trilogía nórdica). Un actor muy capaz de recorrer en dos horas la distancia entre el marido protector, el amante solícito y el hombre perdido entre las consecuencias de sus propios actos.

Fascina la capacidad de Bier de recrear con sus actores escenas de una intimidad arrolladora (una despedida romántica en el coche, un flirteo desvergonzado en una tienda de colchones, una ruptura). Y quizá por eso resulten hipnóticos sus melodramas, que se abren al abismo de los sentimientos de una forma cruda y veraz, sin exigir explicaciones ni limitarse a seguir la lógica del causa-efecto. Porque, como en la vida, en sus películas las cosas simplemente pasan. Y hay que estar preparado para decidir cómo afrontarlas.


Después de la boda (2006): disección familiar

Ajetreo en las calles de la India. Niños descalzos. La mirada, entre inalterable y cargada de peso de Mads Mikkelsen. El orfanato donde trabaja. Las secuencias iniciales de Después de la boda anuncian una película que no será nunca. No por más de diez minutos. El exotismo se va aplacando y un travelling nos deja, en medio de la noche, frente a frente con Mikkelsen y sus preocupaciones. Por ahí discurrirán las siguientes dos horas de metraje.

La primera película nominada al Óscar de la directora danesa Sussane Bier (que lo ganaría cuatro años después con En un mundo mejor), abandona pronto la India para trasladarse a la fría y aséptica Dinamarca. Allí viaja Jacob (Mikkelsen) para reunirse con un hombre de negocios, Jörgen (Rolf Lassgård), interesado en hacer una donación millonaria para su orfanato. De nuevo, y esto será una constante en la cinta y uno de sus mayores méritos, las cosas no transcurrirán por donde previsiblemente podrían hacerlo.

Seduce de este trabajo de Bier su aproximación al drama familiar a través de sucesivas capas, refugiándose en lo cotidiano, preparando un acercamiento pausado a los conflictos, que se acaban revelando de manera inesperada (y reiterada). Un drama, que lo es (y mucho), que podría resultar indigesto, por su exceso, si no fuera de nuevo por el implacable realismo que impregna la cinta, por la veracidad interpretativa de sus protagonistas. Bier en estado puro.

Alejada ya del movimiento Dogma en el que encuadró sus primeros trabajos, la directora danesa disemina por la cinta sus personales recursos expresivos. El uso recurrente de elementos de la naturaleza (viva o muerta) con marcado carácter metafórico, amplifica el desasosiego. Los primerísimos primeros planos de los ojos y las bocas de sus actores, enfatizan los momentos de mayor dramatismo. Bier crea así un mundo propio, con alguna confluencia con la fundacional y más oscura Celebración, del también danés Thomas Vinterberg (esa implacable disección del lado oculto de las relaciones familiares). Tan solo la música resulta a veces excesiva, remarcando de forma innecesaria un drama que fluye con mayor profundidad en las secuencias más naturalistas.

Una conversación matrimonial en el dormitorio se erigirá, en el clímax final de la película, como uno de los acercamientos más sobrecogedores y angustiosos a la desesperación vistos en la gran pantalla. Bier constata con este trabajo su capacidad natural para acercarse al alma humana.


En un mundo mejor (2010): venganza o perdón

Cerramos esta particular trilogía de Susanne Bier con una película quizá más accesible que las anteriores y, sin duda, la más laureada de su carrera hasta el momento en el ámbito internacional (como se ha dicho antes, se llevó el Óscar a Mejor Película Extranjera, convirtiéndose en la tercera cinta danesa en conseguirlo en la historia de los premios). Es una película que marca la evolución del cine de la directora hacia una narrativa más clásica, que incorpora una mayor atención a los aspectos estéticos, pero que mantiene la misma destreza para profundizar con una naturalidad pasmosa en lo humano. Un puente hacia el nuevo camino que se abriría en su carrera, desembocando en dos piezas claves para su posicionamiento internacional: la serie El Infiltrado y la recién estrenada A ciegas, que ha batido el record de reproducciones en Netflix a la semana de su estreno.

En un mundo mejor cuenta la historia de amistad de dos chavales (William Jøhnk Nielsen y Ulrich Thomsen) que pasan por sendos momentos complicados en sus vidas. Con los conflictos acarreados por sus padres y las distintas estrategias educativas como telón de fondo, la relación de los muchachos con el mundo desembocará en un debate moral sobre el perdón y la venganza.

Con gran sentido del tempo a la hora de presentar las escenas de acción y buen gusto para el uso de la cámara en mano, Bier se muestra casi tan descarnada en la violencia como en cualquier otro aspecto de las emociones. Vuelve a situar la directora una parte de la historia, la del padre médico de uno de los muchachos (Mikael Persbrandt), en un país lejano. Lo que en Después de la boda fue la India, aquí es Sudán; lo cual permite a la directora seguir indagando en esa dicotomía del ciudadano ejemplar que se ve golpeado en casa por aquello que fuera parece tener moralmente controlado.

Amplía, pues, Susanne Bier con esta película su registro, separando un poco la lente, pasando del conflicto familiar al social y afirmando cada vez más su voz narrativa, firmemente autorizada para indagar en los más diversos aspectos psicológicos de nuestras sociedades modernas. Un camino parecido al recorrido por Vinterberg, desde Celebración hasta La caza, o por Lars Von Trier, de Los idiotas a Melancolía. Fue una década, la primera del nuevo siglo, en la que el cine danés se ha empeñado en sumergirnos con maestría en los demonios de sociedades aparentemente perfectas.


Puedes ver A ciegas, la última película de Susanne Bier, en Netflix. Crítica de Anaís Berdié.


 

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