Yago Paris


La descripción más acertada que he encontrado sobre The Good Place pertenece al crítico Jaime Lorite, quien define la serie como «jugar a cargarse el universo creado en cada capítulo». La producción de Michael Schur es, en esencia, un atentado constante contra sus propios planteamientos. La historia expone una posible explicación a lo que ocurre cuando morimos: o bien se nos manda a «The Good Place» (el lugar bueno) o a «The Bad Place» (el lugar malo), sendos trasuntos del cielo y el infierno creados por el arquitecto al que da vida Ted Danson. La narración sigue a Eleanor (Kristen Bell), quien ha entrado por error en la parte agradable del más allá, cuando, habida cuenta de sus actos, no merecía otra cosa que sufrir por toda la eternidad. Se trata de un fallo en el sistema, que provoca que el mundo que aloja a las buenas almas empiece a colapsar. A partir de entonces, como define Lorite, cada nuevo episodio consistirá en tratar de resolver el problema que amenaza con destruir el universo, solo para descubrir que un nuevo error volverá a ponerlo en riesgo en el siguiente capítulo.

Michael Schur crea una estructura enrevesada, llena de reglas, matices y nuevos descubrimientos que cada capítulo complica más y más el desarrollo del guion. La autonconsciencia es un elemento básico de esta sitcom. Aparte de las continuas referencias a la inverosimilitud de las situaciones que se dan, la propia narración es un ejercicio metacinematográfico que reflexiona constantemente sobre la coherencia interna del relato, anticipándose al tipo de espectador que, lejos de entregarse al disfrute, disecciona la trama buscando el más mínimo error que denunciar. En un titánico esfuerzo, el equipo de guionistas consigue en cada nuevo episodio poner el universo patas arriba de manera imaginativa y sin traicionar la esencia de la serie. Mientras tanto, en cada entrega se profundiza con altas dosis de humor en el mundo de la filosofía, a través del personaje de Chidi (William Jackson Harper), un profesor que comparte sus amplios conocimientos sobre la materia con el resto de protagonistas, una excusa que sirve para reflexionar sobre las diferentes aproximaciones al concepto del bien y del mal que se han elaborado a lo largo de la historia de la humanidad. El resultado durante las dos primeras temporadas sorprende por su capacidad para repetir el mismo esquema en cada capítulo sin que la fórmula se agote.

En esta tercera temporada, que se ha estrenado a finales de 2018, se le ha dado un cambio radical a la propuesta. Probablemente ante el riesgo de que una tercera remesa de episodios sí que agotase la fórmula, la serie de la NBC, que en España distribuye Netflix, traslada a sus protagonistas a un lugar distinto. A su vez, la estructura episódica deja de basarse en la repetición de esquemas, lo que permite profundizar en la personalidad de cada personaje, a la vez que observar la propuesta fantástica desde diferentes perspectivas. Lejos de estropear su creación, el showrunner entrega la temporada más atrevida y ambiciosa de las tres que se han emitido hasta la fecha, pues el espíritu del relato sigue siendo el cuestionamiento de las normas que definen esta ficción, así como la ampliación de sus fronteras. Con un espectacular último episodio, en el que la acumulación de carcajadas no impide apreciar que el nivel de inventiva alcanza cotas de genialidad, The Good Place se confirma como una de las propuestas imprescindibles del presente televisivo.


The Good Place crítica


Imágenes: IMDb.


 

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