Yago Paris


Como ha ocurrido con los actores que interpretaron a los protagonistas de la saga Harry Potter —Emma Watson, Daniel Radcliffe y Rupert Grint—, es probable que el nombre de Lena Dunham quede asociado de por vida al de la serie Girls. Dunham era la creadora y protagonista de la producción, y su buen hacer conquistó a público y crítica, hasta el punto de convertirse, para el espectro de la sociedad que se representaba en pantalla —la juventud milenial de clase media—, en una obra generacional. Pero el caso es todavía más similar al de Ridley Scott. A pesar de haber debutado en la dirección hace más de cincuenta años, y de llevar a sus espaldas nada menos que veinticinco largometrajes en solitario, el realizador siempre ha sido y será «el director de Alien y Blade Runner». Esta coletilla que acompaña a Scott se podría ver como una honra, por haber sido el responsable de provocar un punto de inflexión en los géneros del terror y de la ciencia ficción, pero también podría entenderse como una losa difícil de soportar. Por parte del autor, vivir a la sombra de sus grandes éxitos puede convertirse en una presión que limite las posibilidades de nuevas creaciones. Por parte de quien recibe cada nuevo filme, se puede caer con facilidad en la injusta apreciación de juzgar la cinta, no por lo que es, sino por no estar a la altura de dos títulos totémicos de la cultura pop como los citados. Puede que dentro de cincuenta años, cuando hablemos de Lena Dunham, sigamos utilizando la coletilla de «la creadora de Girls», y puede que las implicaciones de esta manera de entender su trabajo ya estén afectando al resto de su creación artística, a tenor de la recepción que ha obtenido su nuevo proyecto televisivo, Camping.

La nueva serie, que Dunham ha creado a cuatro manos junto a Jenni Konner, productora ejecutiva de Girls, narra el fin de semana que un grupo de amigos pasa en un campin para festejar el cumpleaños de uno de ellos. Se trata de la adaptación de la serie británica homónima que se emitió en 2016, y, al igual que en Girls, la productora ha vuelto a ser HBO. El dúo Dunham-Konner sigue atendiendo a las vicisitudes de la clase media, pero en esta ocasión el foco se coloca en la generación que está a punto de pasar a la cuarentena, o que lo ha hecho hace poco. Los conflictos de pareja, los engorrosos compromisos sociales que se cumplen por obligación, las falsedades dentro de la amistad, todo lo que se calla en las relaciones sociales o el choque generacional entre padres e hijos son los motores que mueven la trama de una serie que aborda subtextos tales como la monotonía sexual y afectiva, el miedo a quedarse sola o solo, la necesidad de sentirse libre cuando tantas ataduras sociales limitan capacidad de movimiento o cuestionarse el sentido de la existencia cuando la mitad de la vida ya ha pasado. Es decir, una serie de temas que son auténticos lugares comunes de la ficción cinematográfica y televisiva, y que, por tanto, requieren de una aproximación que sea capaz de esquivar el cliché. Algo que es difícil de encontrar en Camping.

Si por algo se caracterizaba Girls era por su capacidad para crear personajes auténticos. Al ver la serie, más allá de que esta se encuadrase en la versión para la pequeña pantalla de las comedias indie, con toda la estilización, la carencia de realismo y el aura melancólica cool que ello implica, se asistía a una buena dosis de realidad, en el sentido de que en la pantalla aparecían toda una serie de inquietudes, razonamientos y comportamientos humanos que expresaban la verdadera esencia de una generación. A este crítico le costaría entender que alguien defendiera que esto mismo ocurre en Camping. Situaciones histriónicas, construidas a base de brochazos, y personajes bidimensionales provocan la sensación de asistir a una mirada totalmente estereotipada de un espectro social que se desconoce, o cuya complejidad se ha sido incapaz de captar. Mientras que en Girls el retrato de los personajes, aunque siempre crítico y por momentos despiadado, era capaz de mostrar seres con humanidad, en Camping parece que se ha organizado una orgía del despellejamiento. Es posible que la citada coletilla haya podido ejercer algún tipo de presión sobre el nuevo proyecto de Lena Dunham, pero resulta difícil de justificar la acogida de crítica y público utilizando tal argumento.



 

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