Buscando el origen del mal

Yago Paris


Las películas de Paul Greengrass destacan por el impacto que generan sus escenas de acción. Con el grueso de la saga Bourne (2002-2016) o United 93 (2006) como ejemplos paradigmáticos de su modelo de puesta en escena, el británico se caracteriza por un montaje hiperfragmentado, la cámara al hombro y los encuadres en primerísimo primer plano, lo que le otorga a la narración una poderosa sensación de tensión. Teniendo esto en cuenta, parece lógico que su último proyecto, 22 de julio (2018), producido por Netflix, aborde un suceso que se adapta con tanta claridad a su estilo visual. El título hace referencia al día de 2011 en el que se produjeron los atentados de Oslo, primero la explosión que tuvo lugar en el entorno de la oficina del primer ministro y posteriormente la matanza en la isla de Utøya. Sin embargo, lo que podría sorprender cuando se ve la cinta es descubrir que todo lo relacionado con la acción se narra en los primeros treinta minutos, quedando por delante casi dos horas en las que se aborda, desde la perspectiva del drama, las repercusiones psicológicas que dicho suceso produjo sobre los familiares de las víctimas y los supervivientes, así como el juicio al terrorista, Anders Breivik.

Greengrass, quien también escribe el guion, concentra la atención del relato en el caso real de una familia cuyos hijos sobrevivieron al ataque. Uno de ellos, el protagonista, llamado Viljar (Jonas Strand Gravli), sufrió graves secuelas debido a que una de las balas entró y estalló dentro de su cabeza. Cuando fue intervenido quirúrgicamente de la lesión, los cirujanos no pudieron retirar algunos de los fragmentos del proyectil, por lo que estos, aún a día de hoy, si se desplazan y alcanzan ciertas partes de su sistema nervioso central, pueden acabar con su vida en cualquier momento. A través de la vivencia del adolescente, el realizador penetra en los territorios de la teoría del trauma al realizar un sólido retrato de las secuelas de un suceso de tal calibre. Haciendo uso de la insólita situación del joven, Greengrass elabora una acertada metáfora del trauma como ese ente que se incrusta en la mente, sobre el que uno no tiene control y que, en cualquier momento, puede hacer acto de presencia para causar estragos, con todo el desasosiego que ello produce sobre la persona que lo sufre.

Uno de los defectos que con mayor probabilidad se pondrá sobre la mesa a la hora de hablar de 22 de julio es el tono melodramático que inunda el metraje, que por momentos convierte la obra en lo que coloquialmente y de manera incorrecta se conoce como telefilme —cuando el término hace referencia a, literalmente, una película hecha para ser emitida en televisión. Sin embargo, habría que plantearse si el supuesto problema se debe a la intensidad de la emoción o a la superficialidad con que se trata el asunto. Y aunque por momentos la cinta transita los lugares comunes del trauma y la reconciliación, también sería justo destacar la sobriedad y el distanciamiento con que se retratan cada una de las partes implicadas. Cuando lo sencillo sería condenar los atentados y convertir al asesino en un monstruo, el autor se preocupa por mostrar los claroscuros de cada situación —lo sencillo que es cuestionar el Estado de derecho cuando uno se deja llevar por las emociones; la posibilidad de que Breivik fuera puesto en libertad en caso de que se pudiera demostrar que padecía serios problemas psiquiátricos; o de qué manera se relaciona la víctima con el perpetrador—, buscando antes comprender las motivaciones que juzgar los actos.

Es evidente que la película se posiciona del lado de las víctimas, y una mayor profundización en la psique del asesino —al que interpreta Anders Danielsen Lie— hubiera beneficiado al conjunto de la obra, pero, al ver 22 de julio, a este crítico le vienen irremediablemente a la mente dos títulos que abordan sendos aspectos fundamentales de la narración. Uno es Caché (2005), de Michael Haneke, quien exponía la necesidad de que la población analizase el pasado de su nación y asumiera la responsabilidad ante los actos cometidos en el pasado y cómo estos siguen condicionando el presente —en este caso, Francia y su relación con Argelia. El segundo es La naranja mecánica (1971), de Stanley Kubrick, quien reflexionaba acerca de cómo, en según qué casos, la violencia es vista como algo repudiable o como algo totalmente justificado. Aplicando ambas lecturas a la nueva obra de Paul Greengrass, resulta digno de mención la actitud crítica que el realizador mantiene sobre las víctimas del atentado, pero especialmente sobre el resto de la sociedad, que asiste atónita, pero llena de ira y con sed de venganza, a las secuelas del ataque. Y en este punto, al igual Haneke con respecto a Francia y que Kubrick con respecto al personaje de Alex DeLarge, el acierto de Greengrass consiste en atreverse a preguntarle a la sociedad noruega qué ha sucedido en el pasado reciente de la nación y cuál es el grado de responsabilidad que le corresponde en la existencia de una persona como Anders Breivik.


Se ha entrenado 22 DE JULIO en NETFLIX.


22 de julio crítica


22 de julio poster cartel

 

22 DE JULIO

Dirección: Paul Greengrass.

Reparto: Jonas Strand Gravli, Anders Danielsen Lie, Caroline Glomnes Johansen, Jon Øigarden, Lars Arentz-Hansen.

Género: drama, thriller. Estados Unidos, 2018.

Duración: 143 minutos.

 


 


Imágenes: IMDb.


 

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