Retrato de héroe con Angola al fondo

Jesús Cuéllar


Los artífices de Un día más con vida, traslación cinematográfica del libro homónimo que el periodista polaco Ryszard Kapuściński dedicó a los convulsos inicios de la Angola independiente, han asumido grandes riesgos estéticos y narrativos. Al yuxtaponer los testimonios reales sobre ese conflicto poscolonial —iniciado en 1975— con escenas de animación realizadas mediante la técnica de captación de movimiento, los directores Raúl de la Fuente y Damian Nenow (veterano documentalista el primero y experto en animación el segundo), junto a la guionista y productora Amaia Remírez, han tratado de conjugar dos enfoques que, cuando se ven uno detrás de otro, pueden revelarse prácticamente antagónicos.

Las escenas de animación, de arrebatadora potencia visual, nos muestran a un héroe sin apenas fisuras, el reportero Kapuściński, que al poco tiempo de llegar a una Angola sumida en el caos (esa confusão a la que dedica preciosas páginas en su libro), es capaz de vencer cualquier obstáculo para informar y, sobre todo, para favorecer el triunfo de los independentistas izquierdistas del MPLA que, con ayuda de Cuba, luchan contra el FNLA y UNITA, apoyados por la CIA y Sudáfrica. Sin embargo, la extrema estilización visual de los personajes (la guapísima guerrillera Carlota, por ejemplo, podría haber sido la protagonista de algún filme de blaxploitation setentero) y la estética que se utiliza para narrar las acciones que protagonizan, más propia de un videojuego de acción como Grand Theft Auto que de un documental de animación como Vals con Bashir, de Ari Folman (2008), con la que se mide Un día más con vida, distancian al espectador de sus referentes reales y de la crudeza del conflicto narrado por Kapuściński. La capital angoleña Luanda se ofrece al recién llegado periodista como un huracán de exotismo y frenesí, y algunas de las proezas que acomete casi en solitario, en realidad las llevó a cabo con más gente y en condiciones poco heroicas.

Para atisbar, solo atisbar, la realidad de esa guerra y de sus complejidades, Un día más con vida ofrece impactantes imágenes de archivo y testimonios de excompañeros del periodista polaco como el periodista Artur Queiroz y el conradiano militar Farrusco, protagonista de uno de los episodios más inverosímiles del filme, y que sorprendentemente sobrevivió a una contienda que duró veintisiete años. En ellos se aprecia cierto desencanto con el resultado de la guerra y se entrevé que, a pesar de la riqueza ingente de Angola y del tiempo transcurrido desde la independencia (1975) y el fin definitivo de los combates (2002), sigue habiendo mucha pobreza e injusticia en el país.

Esas heridas abiertas, aunque los directores no hayan querido ahondar en ellas (la generosa colaboración del gobierno angoleño en la realización de la película quizá tenga que ver con esto), en cierto modo chocan con la innegable brillantez formal de los fragmentos animados y pueden llegar a impugnar la candidez del discurso de una innovadora propuesta cinematográfica. La mitificación del héroe Kapuściński no sólo no encaja del todo con algunas de las cosas que el propio periodista escribió sobre Angola, sino con la compleja realidad de un país que aquí se bosqueja como mero escenario de película de aventuras. En su novela El mundo a media voz, ambientada en los años de la guerra civil angoleña, José María Ridao decía: «África estaba también allí: ni la amable colonia que pintaba la familia, ni la tierra mestiza de los sobrevivientes, ni el ancestral, refractario paraíso de la primigenia ingenuidad».



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