Yago Paris


El director Cary Joji Fukunaga se consagró como director televisivo gracias al espectacular despliegue técnico que mostró en la primera temporada de True Detective (2014). En una época en la que la producción de series empezaba a plantearse la posibilidad de que, más allá del desarrollo de guiones, la puesta en escena también pudiera jugar un papel fundamental en el acabado final, el realizador estadounidense dio un golpe sobre la mesa que marcó un antes y un después en el mundo de la televisión. Sin embargo, a pesar de que siempre es de agradecer que se le preste atención a la forma de toda narración, sería conveniente puntualizar que no es lo mismo producción que discurso formal. Así, al mismo tiempo que Fukunaga embelesaba a la audiencia con el exquisito tratamiento de la fotografía y unos movimientos de cámara difíciles de ver hasta entonces en la pequeña pantalla, ponía de manifiesto hasta qué punto la técnica sin una idea detrás que la justifique no sirve de nada.

Algo parece haber cambiado en su manera de afrontar su último proyecto. Tras haber dirigido la película Beasts of No Nation (2015) para la plataforma Netflix, el realizador repite con la compañía encargándose de la serie Maniac (2018), remake homónimo de una producción noruega de 2014. La historia narra la relación que se establece entre Annie Landsberg (Emma Stone) y Owen Milgrim (Jonah Hill), dos inadaptados sociales con tremendas carencias emocionales que se conocen en un revolucionario estudio científico cuyos fármacos se prevé que sean la cura definitiva a todos los problemas psíquicos. Se trata, pues, de un relato ambientado en un futuro cercano, como el de los universos propuestos por Black Mirror (2011- ), lo que le permite al creador y coguionista de la obra, Patrick Somerville, jugar con las claves de la ciencia ficción a través de una apuesta por el retrofuturismo que combina conceptos tecnológicos muy adelantados a nuestro tiempo con unos dispositivos electrónicos que bien podían haberse visto en la década de los ochenta.

La puesta en escena de Fukunaga vuelve a ser la gran protagonista del relato. Como ya ocurría en True Detective, el autor no escatima en recursos formales con los que impactar al público. Sin embargo, donde antes había exceso, aquí aparece una gratificante concisión. En vez de aturullar con un abanico de posibilidades, el autor se centra en ideas concretas y las desarrolla, buscando los mejores recursos, y no los más espectaculares, para convertir en imágenes las páginas del guion. La relativa contención formal permite que la narración respire, lo que da lugar a dos de los aspectos más destacables del proyecto. Por un lado, hay un importante desarrollo de los dos personajes protagonistas, esquivando el cliché para dar lugar a un solvente estudio sobre los laberintos mentales de la culpa, la depresión y el vivir constantemente fuera de lugar. Por otro lado, encontramos lo que probablemente sea la clave de la serie: la sensación de que uno se sumerge en un universo de neurosis contenida, como si con cada capítulo una olla a presión estuviera cada vez más cerca de reventar.

Maniac Netflix crítica Insertos

Esta histeria controlada funciona de maravilla en dos planos del relato, el cómico y el dramático, otorgándole una dualidad que da alas a la posibilidad de experimentar con las aproximaciones al argumento. Como puro ejercicio metacinematográfico, la serie adopta diferentes géneros con el paso de los capítulos, algo que es posible gracias a que buena parte del metraje transcurre dentro de las mentes de los protagonistas, en los sueños y fantasías que los fármacos provocan. El primer género que aparece es el de la ciencia ficción, que es el que se corresponde con el plano de realidad en el que transcurre la historia y está presente en todos los capítulos de la temporada. En el cuarto episodio se asiste a una combinación de neo-noir con comedia que, con facilidad, recuerda a cierto cine de los hermanos Coen —por poner un ejemplo, Arizona baby (1987).

Por su parte, en el quinto la narración se transporta a lo que podría ser la Nueva York de los Locos Años Veinte para aproximarse al subgénero de robos y atracos a través de las andanzas de dos pícaros ladrones, con historia de amor y traición de por medio. En el séptimo y el octavo la narración se divide en dos géneros. Por un lado, la fantasía al estilo de la trilogía El Señor de los Anillos; por otro, el cine de gánsteres, en el que, por propuesta visual y por trama, se establece una referencia clara a uno de los directores más relevantes del género en su etapa moderna, Martin Scorsese y su Infiltrados (2006). Por último, el noveno mira al cine de espías, en el que, tono y forzadísimo plano secuencia mediantes, se puede encontrar una referencia a Kingsman: Servicio Secreto (2014).

A pesar de todos los datos que se podían apuntar para desconfiar de la nueva serie de Cary Joji Fukunaga, finalmente todo llega a buen puerto. Se podría temer un nuevo ejercicio formal del estilo de True Detective. Se podría pensar que trufar la narración de referencias y demás juegos metacinematográficos sería un recurso gratuito. Y el hecho de tener un tono tan arriesgado, que en todo momento deambula por el borde del precipicio, no parece la manera más sencilla de aproximarse a un proyecto complejo per se. Sin embargo, el realizador californiano demuestra estar a la altura de las circunstancias y convierte el guion en imágenes de calado cinematográfico, en una conjunción de fondo y forma que permite soñar con un modelo televisivo que, sin olvidar el importante componente comercial de la producción, sea capaz de integrar el riesgo artístico en la ecuación.


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Imágenes: IMDb.


 

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