Vivir no es necesario, navegar sí

Santiago Alonso 


Durante el siglo XX muchos vieron en Gauguin al fugitivo quizás más simbólico de la modernidad, como se encargó de recordarnos Manuel Vázquez Montalbán. El viaje hacia el paraíso perdido de los Mares del Sur que emprendió el pintor francés en su famosísima etapa polinésica aunaba aventura de vida (alejarse de una existencia burguesa) y proyecto artístico (llegar a la esencia del primitivismo), dejando como resultado la constatación, según palabras del añorado escritor barcelonés, de la inutilidad del viaje como huida «cuando es evidente que viajamos con nosotros mismos, es decir, con el ser del que pretendemos huir». Esta última idea es seguramente la que más se esfuerza en reflejar Gauguin, viaje a Tahití, la película biográfica que protagoniza Vincent Cassel y que se centra en la primera estancia del artista en esa isla del Pacífico. Por ello veremos a Cassel haciendo un Gauguin constantemente enfebrecido y con pocos momentos de calma, que vive casi en la indigencia y está más preocupado por su arte que por su salud, mientras entabla una relación muy desigual con la tahitiana Tehura, la musa que inspiró los mejores cuadros de aquellos dos años.

Para evitar un retrato demasiado estereotipado del artista bohemio, Édouard Deluc y sus coguionistas disponían de la suficiente documentación, empezando por los textos y la correspondencia del propio biografiado. Sin embargo, la sensación que nos queda es que pocas veces las secuencias consiguen traspasar la superficie argumental y desentrañar la complejidad del personaje. El filme funciona cuando trata de establecer las líneas básicas del conflicto, sobre todo al haberse incluido la famosa despedida de Mallarmé a un pintor a quien admiraba y que estaba a punto de abandonar París. También deja apuntes inteligentes como las escenas de juegos con los niños —pues el regreso a la infancia es la huida más imposible de todas— y el hincapié en los sentimientos masculinos de celos y posesión precisamente por parte de alguien que pretende dejar atrás los anclajes sociales. El problema viene cuando constatamos lo epidérmico del resto, desde la insuficiente estampa colonial que se traza hasta la apenas expresiva representación en imágenes del tormento y el éxtasis del artista plástico que busca, busca y busca. En general, las hechuras de Gauguin, viaje a Tahití se le quedan cortas a la figura de alguien que sostenía que «vivir no es necesario, navegar sí».



 

GAUGUIN, VIAJE A TAHITÍ

Dirección: Éduard Deluc

Intérpretes: Vincent Cassel, Tuheï Adams, Malik Zidi

Género: drama, biográfico. Francia, 2017

Duración: 102 minutos

 


 

2 Comentarios »

  1. Cierto.
    Los viajes esenciales, por vitales, lo son en extensión e intensión. Son exteriores e interiores. Son pura necesidad para con uno mismo y para con el mundo.
    Como en todo viaje, está el rieso del naufragio -interior y exterior-. Pero qué más da: el viaje es el destino, y poco importa el destino cuando el viaje es el destino.

    (Berto, desde una Latinoamérica sin destino)

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