El impostor

Miguel Martorell Linares


Las guerras son campo abonado para los impostores, y el cine ha dado buena cuenta de ello. Figura entre mis preferidos Bardone Grimaldi, personaje que interpretó Vittorio de Sica en El general de la Rovere (Roberto Rossellini, 1959), un simpático pícaro que se hace pasar por general antifascista y, dispuesto a mantener el personaje hasta el último momento, muere como un héroe a manos de los nazis. O la soberbia compañía de actores que, disfrazados del mismísimo Hitler y sus jerarcas, ponen en jaque al Tercer Reich en Ser o no ser (Ernst Lubitsch, 1942). También Albert Dehousse, creación de Mathieu Kassovitz para Un héroe muy discreto (Jacques Audiard, 1996), un caradura que vive una plácida guerra en el sur de Francia, pero acaba construyéndose una fama de feroz resistente y se convierte en gloria nacional.

Willi Herold, el individuo al que interpreta Max Hubacher en El capitán, ha pasado por derecho propio a engrosar mi lista de farsantes favoritos. No desvelo nada si cuento su impostura, pues es la premisa de la historia y aparece explicada al principio del film. Herold es un desertor del ejército alemán en los últimos días de la guerra. La película empieza cuando huye por un campo desierto, perseguido por soldados y oficiales del ejército alemán que tratan de cazarle a tiros. En el jeep de los perseguidores, un corneta toca acordes cacofónicos que, junto a la fotografía en blanco y negro del paisaje invernal, contribuyen a darle a la escena un aire dantesco. El fugitivo llega a un bosque y se zafa de sus perseguidores. Deambula muerto de frío y, en un coche abandonado, encuentra una maleta en la que hay un impoluto uniforme de capitán. Cuando troca sus ropas desechas por las nuevas, aparece un soldado que se pone a sus órdenes. Desde este momento, Herold se convierte en un oficial del Reich en tiempo de guerra, con todo lo que eso implica.

A diferencia de otros farsantes, Herold no es un truhan amable, ni un gracioso sinvergüenza, ni tiene madera de héroe. Aunque, como todo buen impostor, sí es un seductor nato, un tipo atractivo y con encanto, capaz de embaucar al más pintado. En realidad, es escoria de la peor calaña. Aunque nunca sabremos si ya era un canalla antes de la guerra, o si la guerra le ha convertido en un miserable, pues si algo consigue demostrar el director Robert Schwentke es cómo la barbarie bélica puede degradar al más firme de los humanos. ¿Herold es un superviviente atrapado en su propia farsa, forzado a perpetrar salvajadas para salir adelante? ¿Es un miserable que disfruta con su nueva situación? ¿Hay algo de ambas cosas? Ahí dejo formuladas las preguntas para quienes vean la película.

El capitán es un biopic. Willi Herold existió. No está claro si realmente había desertado, o si simplemente se había perdido, separado de su unidad y quedado aislado -al igual que otros muchos soldados- en el anárquico repliegue del ejército alemán en desbandada. Pero sí sabemos que, en medio del caos, se hizo pasar por capitán y en pocas semanas cometió tal cúmulo de atrocidades que acabó siendo juzgado como criminal de guerra. A través de su historia, Schwentke cuenta con garra no solo la descomposición del Tercer Reich, sino algunos rasgos constitutivos de su esencia. La farsa de Herold sale adelante porque, en un arranque de genio, se hace pasar por enviado personal de Hitler. En una dictadura carismática tan jerarquizada, ni los jefes ni los oficiales del ejército alemán se atreven a cuestionar a quien se presenta como delegado del führer. Por otra parte, también retrata algo habitual en el nazismo: la lucha de poder entre las distintas facciones del ejército y la administración, que tratarán de rentabilizar en beneficio propio la misión del enviado especial.

A priori, resulta sorprendente que un director como Schwentke, cuya carrera ha consistido hasta la fecha en películas comerciales, haya realizado un film que, en más de un sentido, puede ser considerado una obra de autor. Bienvenido sea su pasado porque bregarse en el cine comercial probablemente le haya servido para aprender a contar historias, y esta historia está muy bien contada. El manejo de los efectos especiales revela en ocasiones su formación: en un momento de la película, una bomba pulveriza –literalmente- a un personaje, y lo primero que se le viene a uno a la cabeza es que ha sido desintegrado por un cañón láser, u otra tecnología avanzada. Por otra parte, quizás el salto de registro no sea tan extraño. La historia narrada en El Capitán es cierta, pero aquella realidad no anda tan lejos de las distopías apocalípticas que hoy abundan por doquier en el cine fantástico.



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