Yago Paris


Jason Reitman se convirtió en una de las voces más sugerentes de su generación desde el inicio de su carrera. Si su debut, Gracias por fumar (2005), fue una declaración de intenciones por su tono y su mirada, que se recibió con generosos elogios, Juno (2007) aspiró a convertirse en una película generacional, al retratar con tanto estilo como verdad lo que supone ser un bicho raro en el instituto. Todo apuntaba a una larga y exitosa carrera, pero, antes de que nos pudiéramos dar cuenta, el realizador canadiense cayó en el ostracismo.

Tras una infravalorada Up in the air (2009) y una Young adult (2011), sin duda estimulante pero extraviada entre el drama y la comedia ácida, llegaron dos grandes batacazos, que pusieron en peligro su carrera: Una vida en tres días (2013) y Hombres, mujeres y niños (2014), dos cintas que marcaron un antes y un después en su filmografía. Haber cosechado grandes éxitos desde un tipo de comedia cínico, que por momentos traspasa la barrera de la sátira, no le ha impedido probar suerte en el terreno del melodrama intenso, pero el tiro no le podría haber salido peor. Dos fracasos de público y crítica pusieron de manifiesto que todo su buen hacer tras las cámaras no se había conservado al internarse en el drama. Ante el inminente estreno de su nueva obra, Tully, en la que recupera el tono cómico y a la guionista de sus mejores obras, Diablo Cody, surge la siguiente pregunta: ¿volverá la mejor versión del director? Y en tal caso, ¿por qué sus dramas no funcionan?

Los mejores momentos de la filmografía de Reitman comparten las siguientes claves: una mirada singular, que esquiva cualquier riesgo de caer en el estereotipo; un retrato de personajes basado en pequeños detalles, aparentemente triviales, que trascienden con inteligencia los estándares de representación; utilizar el tono del relato -en este caso, el cómico- para elevar la reflexión a un nivel superior; y, quizás el aspecto más importante, no tomarse demasiado en serio a sí mismo. En estos casos Reitman es tan consciente de lo bien que está haciendo su trabajo como de hasta dónde puede llegar con aquello que propone. Filmes como Juno o Up in the air funcionan porque el material es bueno, porque está bien trasladado del guion a la pantalla, pero sobre todo porque el autor es consciente de cuál es su techo.

Nada de esto ocurre con sus dos incursiones en el drama. En la primera se opta por un melodrama empalagoso en el que se verbalizan los subtextos y se utilizan las diferentes tramas de manera tramposa para jugar con el espectador, con la única intención de provocar un atraco emocional. En la segunda se bajan las revoluciones del melodrama, pero se intercambian por un intento algo ingenuo de retratar cómo la llegada de internet ha cambiado las interacciones sociales. Más allá de deslices de forma o de fondo, el problema principal es que se pierden las cuatro claves que definen su mejor cine. Unas claves que son perfectamente compatibles con el género o el tono que se quiera aplicar al relato, por lo que probar lejos de la comedia ácida no debería ser un problema. Sin embargo, mientras no podamos solventar la duda de por qué sus dramas no cuajan, aquellos que sentimos interés por su cine celebraremos sus nuevas comedias y temeremos lo peor con sus dramas.


Juno Jason Reitman


 

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