Yago Paris


El subgénero true crime —documentales en los que se investigan crímenes reales para tratar de aportar más luz al caso— está viviendo una auténtica edad de oro en la televisión. Para medir el impacto del fenómeno basta con analizar la existencia de American Vandal (2017), un falso documental en el que se parodian los lugares comunes de este tipo de producciones, y cuya creación sólo tiene sentido en un contexto de auge de dicho formato. Como buena parodia que es, en ella se señalan las claves que definen al subgénero, y precisamente por ello resulta especialmente estimulante lo que sucede en el último episodio.

Cuando el caso ya ha sido resuelto y todo parece volver a la normalidad, uno de los personajes implicados en la trama se encara con uno de los investigadores y le recrimina que haya hecho público todo tipo de información, sin pensar en cómo eso repercute sobre la reputación de las personas involucradas. Aunque suena a salvoconducto de los creadores de la serie para cubrirse las espaldas ante posibles acusaciones, en la escena se pone el foco sobre el principal problema del que adolecen este tipo de obras: la falta de ética en la construcción del relato y en el retrato de los personajes.

Siempre he tenido una relación complicada con los true crimes, puesto que cuesta horrores resistirse a los turbios relatos que prometen, pero durante su visionado siempre se manifiesta la sensación de que el mayor interés se ha colocado en generar morbo a toda costa, y no tanto en retratar a unos personajes que, por lo general, son fascinantes. El pasado 17 de mayo la crítico de cine Desirée de Fez publicó en su habitual columna semanal de opinión en El Periódico el artículo Docuseries y neosensacionalismo, en el que, precisamente, señalaba la carencia de ética —y por tanto la flaqueza dramática— de dicho tipo de producciones. Es el caso de The Jinx y Making a Murderer, o más recientemente The Keepers, Un golpe maestro o Wild Wild Country. El lúcido análisis de la periodista se sumó a la pobre impresión que me causó Wild Wild Country, que adolece de cada uno de los tics que se exponen en el artículo, lo que me ha animado a escribir sobre un tema candente en el mundo de la televisión.

En ellas se utilizan recursos narrativos y formales de la ficción, sobre todo del thriller y del cine de terror, para generar suspense, perturbar y disparar las revelaciones”, argumenta Desirée de Fez. Una afirmación con la que estoy totalmente de acuerdo, de igual manera que considero que sería un error colocar al mismo nivel todos los casos citados. ¿Son iguales The Jinx y Wild Wild Country? Parece evidente que están cortadas por el mismo patrón, pero tan injusto sería pasar por alto la amoralidad de este tipo de producciones como no pararse a valorar el caso extraordinario que supone la primera de ellas.

The Jinx es una serie que dirige Andrew Jarecki, el responsable de otro documental tan turbio como dramáticamente estimulante, Capturing the Friedmans (2003). En ambos casos hay un cierto pudor a la hora de manejar el asunto, lo que da a entender que el realizador es consciente de los pantanosos terrenos sobre los que pisa y del tacto que requieren. Como consecuencia, la atención del director en ambos documentales se centra más en comprender lo que debe de estar pasando por unas mentes perturbadas que en generar expectación a costa de explotar y maltratar la imagen de sus protagonistas. Una realidad que cristaliza en la parte final de The Jinx, en la que el propio Jarecki se coloca delante de la cámara para mostrar el inmenso conflicto de intereses al que se expone, como realizador del documental y como entrevistador de su protagonista, Robert Durst, tras haber descubierto una última pista que pone patas arriba tanto la investigación policial como el propio documental. 

En el lado opuesto se sitúa Wild Wild Country, un producto que se interesa única y exclusivamente por el morbo, los titulares sensacionalistas y los atronadores golpes de efecto. En vez de optar por una narración sólida, que explique paso a paso los aspectos más oscuros del caso y que permita conocer en profundidad a unos personajes tan apasionantes como terroríficos, la serie prefiere dar constantes saltos en la narrativa, trocear las declaraciones de las distintas personas implicadas para descontextualizarlas y que resulten más impactantes, y así construir a su medida un puzle macabro que explota sin pudor a cada uno de los participantes. Como si de una montaña rusa de emociones se tratara, todo se cuenta de manera confusa y enrevesada, y la sensación final es la de haber asistido a un espectáculo de luces y sonido espectacular pero situado en las antípodas de un modelo periodístico basado en la información contrastada y en la máxima objetividad posible. Es decir, en la honestidad.

Por tanto, aunque el subgénero siempre se preste a poner en cuestión todo lo que se está narrando, y a pesar de que el concepto “true crime honesto” podría considerarse un oxímoron, mientras el modelo se parezca más a The Jinx que a Wild Wild Country, las producciones siempre tendrán aspectos positivos que rescatar.


the jinx wild wild country
Fotograma de The Jinx

Imágenes: IMDb


 

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