La mujer y el monstruo

Daniel Pérez Pamies


Las formas del cine clásico laten bajo las imágenes de La forma del agua. En el último y multipremiado largometraje de Guillermo del Toro, ambientado en los Estados Unidos de los años sesenta, el drama y el género fantástico se funden en un abrazo catártico para hablar de una realidad no tan lejana. Elisa (una espectacular Sally Hawkins), es una mujer muda que trabaja como asistenta de limpieza en un búnker gubernamental. La ausencia de voz de la protagonista queda compensada en el trabajo por la de su dicharachera compañera, Zelda (Octavia Spencer), y pronto la vida rutinaria de ambas sufrirá un cambio radical, con el ingreso en las instalaciones de una monstruosa criatura.

Fascinada por los musicales, los movimientos de Elisa a menudo encuentran su réplica en las imágenes en blanco y negro de su televisor. Convertida en una figura sostenida en una expresividad puramente visual, dada su condición de muda, ella bien podría simbolizar un grado cero de la imagen, esa imagen silente con la que empezó toda la historia del cine. Y, como la protagonista, la película se mira en las formas del pasado con todos los gestos aprendidos. No casualmente, el humilde domicilio donde vive el personaje femenino se encuentra situado sobre una majestuosa -y decadente- sala de cine: el Orpheum, un nombre de ecos mitológicos que parece anunciar la aventura de Elisa al rescate de su ser amado, custodiado por el impasible agente de seguridad Richard Strickland (Michael Shannon).

El terror, la comedia, el musical, incluso el cine de espías… todos los géneros coexisten hábilmente imbricados en La forma del agua, que recupera con vida a la criatura del lago de La mujer y el monstruo (1954) para encerrarla en una suerte de Área 51. El peculiar hombre anfibio, preso como un pez fuera del agua, es objeto de análisis y torturas para una investigación gubernamental secreta: todo vale en la carrera entre los Estados Unidos y la Unión Soviética por llegar a la luna. Un monstruo marino que, por otra parte, podría ser un pariente siniestro del Abe Sapien de del Toro (Hellboy, 2004, y Hellboy II, 2008), bajo cuyo disfraz escamado también se escondía el actor Doug Jones.

La condición de monstruo/objeto del prisionero resulta interesante, entre otras cosas, porque supone una inversión de los roles que se jugaban hasta ahora en el universo hacia el que mira del Toro. Ya no es la mujer quien tiene que ser rescatada de las fauces del animal, sino que esta pasa de ser sujeto pasivo a sujeto activo. Del Toro, experto en abordar la realidad a través de su cruce con el relato gótico o el cuento de hadas más oscuro (El espinazo del diablo, El laberinto del fauno, La cumbre escarlata…), construye con La forma del agua una preciosa fábula en defensa de lo diferente, llena de referentes mitológicos y bíblicos, que no difícilmente encubre la preocupación ante la actual era Trump. Una relectura de La bella y la bestia en tiempos de la guerra fría.  

Precisamente en el preludio de la versión de La bella y la bestia de Jean Cocteau (1946), una carta firmada por el director invitaba a los espectadores a disfrutar con la misma ingenuidad (naïveté) con la que un niño escucha un cuento. Este gesto encuentra una curiosa réplica en La forma del agua: con el prólogo de Elisa sumergida en una habitación inundada. Una suspensión de la credibilidad, reforzada por las palabras de una voz en off que no hace otra cosa que repetir la fórmula mágica de Cocteau, “el auténtico ábrete sésamo de la infancia”, ese lugar desde el que ver la última obra del realizador mexicano, dejándose llevar por las corrientes de lo fantástico, empezando por el “érase una vez…”.


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LA FORMA DEL AGUA 

Dirección: Guillermo del Toro.

Guion: Guillermo del Toro, Vanessa Taylor.

Intérpretes: Sally Hawkins, Doug Jones, Michael Shannon, Octavia Spencer, Richard Jenkins,Michael Stuhlbarg.

Género: Fantástico, drama. Estados Unidos, 2017.

Duración: 119 minutos.

 

 


 

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