La Edad de Plastilina

Daniel Pérez Pamies


La estética genuinamente artesanal y primitiva de la plastimación de los estudios Aardman es irresistible para la vista. Ya lo decía el filósofo Giorgio Agamben, que todo lo contemporáneo arrastra consigo lo arcaico. Herederas de la obra de Ray Harryhausen, el legendario técnico de efectos especiales, las figuras de Cavernícola mantienen esa aura que parecía desvanecerse cuando la productora cedió al canto de sirena de la animación por ordenador con Ratónpolis (2006). En vista del poco éxito, solo un año después, en 2007, se anunció un proyecto bajo el mando en solitario de Nick Park, codirector de la exitosa Chicken Run (2000) y Wallace y Gromit: La maldición de las verduras (2005).

En una doble vuelta de Aardman a los orígenes (una por el regreso de Park y la otra por su ambientación en una época primitiva), Cavernícola desplaza su acción hasta la prehistoria, más concretamente a la brecha entre la Edad de Piedra y la Edad de Bronce. Una zona destinada a la colisión entre tradición y modernidad que encubre, a fin de cuentas, el conflicto que late bajo dos de las grandes formas de animación contemporánea: el stop motion y la generada por ordenador. Este conflicto, que también tiene que ver con el clásico enfrentamiento entre David y Goliat, se desarrolla en las cercanías de un hipotético Manchester todavía por fundar, donde el cavernícola Dug y su acompañante, Hognob (¿antepasados, tal vez, de Wallace y Gromit?), se propondrán defender a su pequeña tribu de la invasión del malvado Lord Nooth, un villano avaricioso con acento paneuropeo y espíritu colonizador.

Ideada en plena crisis de la Federación Internacional de fútbol, la FIFA, con todos los casos de corrupción saliendo al descubierto, la aventura animada en el país de los hooligans dirigida por Nick Park utiliza el deporte como telón de fondo y apunta a una rivalidad prácticamente atávica, poniendo sobre la mesa cuestiones como el fair play, el trabajo en equipo y toda una serie de valores que, en la actualidad, podrían quedar eclipsados por las interpretaciones en clave post-brexit. Evidentemente, hay todo un correlato -accidental o no- que fluye bajo las imágenes de la factoría Aardman, pero donde la película se hace fuerte no es en su desarrollo narrativo convencional, sino en los momentos en los que las figuras de plastilina se dejan llevar por su espíritu fantástico, dando rienda suelta a situaciones imprevisibles y dedicándose a explorar y explotar el imaginario de su asombrosa fauna prehistórica, que se despliega en la pantalla con una inventiva fascinante y un ritmo vertiginoso. Los movimientos de cámara y la magnitud de los escenarios ganan un notable peso en la puesta en escena de Park, en relación a su filmografía anterior, sin renunciar a su carácter más juguetón. En Cavernícola pueden encontrarse infinidad de gadgets dignos de Los Picapiedra (como un escarabajo/máquina de afeitar o una paloma mensajera capaz de reproducir los mensajes con precisión robótica), combinados con gags del humor británico más absurdo, que podrían haber sido escritos por los mismos Monty Python: en concreto una alucinante secuencia relacionada con un pato. Después de todo, la comedia es el eje principal de este monolito de la Edad de Plastilina.


Early-Man-Valley


CARTEL-FINAL-CAVERNÍCOLA

 

CAVERNÍCOLA

Dirección: Nick Park.

Guion: Mark Burton, James Higginson, John O’Farrell. 

Género: animación, comedia. Reino Unido, 2018.

Duración: 89 minutos.

 


 

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