Giacometti desdibujado

Jaime Lorite


Creyendo que el trámite se resolvería en dos horas o, a lo sumo, una tarde, en 1964 el escritor James Lord viajó a París invitado por Alberto Giacometti para posar y obtener un retrato de manos del célebre artista. El trabajo, sencillo, pensado como un simple boceto sobre lienzo, se complicó de manera sorprendente y obligó a Lord a prolongar su estancia hasta un total de tres semanas. Semejante esfuerzo no cristalizó en una de las obras más memorables del pintor y escultor suizo, pero sí en uno de los libros contemporáneos más fascinantes sobre el misterio del arte: Retrato de Giacometti (1965; editado en España por Machado Libros), donde Lord realizaba la tarea inversa de dibujar a su retratista y describía con detalle cada una de las dieciocho sesiones en las que tomó parte. A partir de anotaciones espontáneas en su libreta y fotografías diarias de la singular evolución del cuadro, el escritor dejó constancia de las inquietudes, dudas y preocupaciones de Giacometti durante el proceso, bloqueado por consideraciones abstractas que al modelo –y, en general, a cualquiera que no estuviese en la mente del artista– le resultaban ininteligibles y apasionantes. En la película Final portrait (El arte de la amistad), sin embargo, Stanley Tucci ofrece una rápida solución al enigma: el autor de obras como El hombre que camina (1961), simplemente, no se concentraba porque era adicto al alcohol y a las prostitutas.

Aunque la base sea el libro de James Lord, el actor nominado al Óscar por The lovely bones (Peter Jackson, 2009), en su quinta película como director, no ha llevado a cabo nada parecido al claustrofóbico ejercicio de inmersión en el estudio de Giacometti que se planteaba en las páginas de aquel libro. En su lugar, las sesiones para el retrato sirven aquí de excusa para construir un biopic al uso, convencional y completamente intrascendente, que desplaza el interés por el funcionamiento de uno de los grandes cerebros del siglo XX hacia poco más que el simple cotilleo. No hay nada malo en señalar el lado oscuro de un genio y visibilizar que, mientras era reconocido internacionalmente, tenía en casa una esposa desatendida fregándole los platos; al contrario, un acercamiento crítico y desmitificador ayuda a arrojar luz, nunca enturbia. El problema surge cuando en la aproximación de Tucci no hay punto de vista alguno ni voluntad de contar algo.

El realizador no parece tener especial interés en el acontecimiento artístico, como confirman decisiones del calibre de unificar distintas sesiones de posado de Lord mediante una transición musical. Tampoco propone ningún tema alternativo a lo largo de toda la película. El aburrimiento de la mujer, los escarceos de Giacometti, los negocios con su hermano y reflexiones sueltas que pasan del libro al guion para que los actores las repitan funcionan como meras pinceladas biográficas que, dispuestas sin orden ni objetivo particular, forman una película gris, antagónica incluso con el cuadro en torno al que gira. Durante las tres semanas de boceto, el pintor pasó un calvario para dibujar la cabeza de James Lord tal y como él la veía. Stanley Tucci, por su parte, no tiene ninguna incertidumbre sobre el modo de proceder para retratar a Giacometti: dejar a Geoffrey Rush desatado.



EL ARTE DE LA AMISTAD (Final portrait)

Dirección y guion: Stanley Tucci.

Intérpretes: Geoffrey Rush, Armie Hammer, Clémence Poésy, Tony Shalhoub, James Faulkner, Sylvie Testud, Martyn Mayger.

Género: biográfico. Estados Unidos, 2017.

Duración: 90 minutos.

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