La perfección tiene nombre


El Studio Ghibli siempre se ha alimentado de las más características tradiciones de la cultura japonesa, colocando elementos en sus historias llenas de fantasía, aventuras y superación. Pero no se había dado el caso de adaptar una historia tan legendaria como la que guarda la princesa Kaguya. Si bien este cuento del siglo IX, titulado originalmente El cuento del cortador de bambú, nunca se había llevado a la gran pantalla de forma tan fidedigna, su personaje femenino principal ha ido apareciendo en múltiples animes, desde Sailor Moon S hasta la segunda película de la serie Inuyasha, El castillo más allá del espejo.

Su relato es fascinante. Mientras corta bambú cerca de su hogar, un hombre descubre dentro de una de las cañas una pequeña princesa, del tamaño de una judía. Pronto descubrirá junto a su mujer que la niña crece inusualmente rápido y que su espíritu es libre y desenfadado. Pero no hay más ciego que el que no quiere ver. Su “padre”, convencido de que su linaje es puro y que merece una vida de nobleza, la aleja de sus amigos y la naturaleza y la lleva a la ciudad para formarla como una mujer de bien: callada, obediente, artificial. El cuento de la princesa Kaguya es un portento visual y emocional que lleva la firma inconfundible de Isao Takahatauno de los fundadores del Studio Ghibli y autor de películas capitales para la compañía nipona como La tumba de las luciérnagas. 

El último film de Takahata rompe todos los moldes habidos y por haber. En primer lugar, el del dibujo, aunque no es nuevo en su filmografía, pues en Mis vecinos los Yamada (1999) ya exhibió este tipo de trazo. La manera en que se representan los personajes, paisajes y otros elementos de la historia es casi de boceto. No se busca la perfección formal sino que, al contrario, los dibujos parecen estar a medio terminar. Es exquisito ver el trazo del carboncillo en la pantalla, como si la mano del mismo animador estuviera dibujando al tiempo que se desarrollan los acontecimientos. Una técnica poco utilizada hoy en las grandes compañías de animación (sí en circuitos más alternativos) que, más que acabar siendo un capricho estético, beneficia a la historia y el mensaje de formación de la personalidad de la protagonista. 

Por otro lado está el arquetipo de la mujer en la época feudal. Aquí, el film juega con dos visiones de la figura femenina: la de la alta nobleza y la del campo. La primera es la que siempre hemos visto en las recreaciones de época, la gran dama japonesa, mientras la segunda posee lo que toda mujer debería tener: libertad. Una de las secuencias más impactantes del film es en la que Kaguya sufre el cambio de aspecto y se convierte en una princesa de verdad. Dientes negros, cejas fuera, cara blanca y seriedad absoluta. Todo ello se apodera de una niña que hasta unos momentos antes correteaba desnuda entre las cañas de bambú. El director exhibe, con la leyenda en la mano, una visión de la mujer que no se aleja del prototipo de mujer de Ghibli, y devuelve el protagonismo que le pertenece a la princesa en el título de la historia, que, como comentábamos antes, estaba presidido por su padre, el cortador de bambú. Y, por último, Takahata hace gala de la antítesis entre felicidad y desgracia, de una forma tan dramática como bella. Los detalles del dibujo juegan aquí una función fundamental: el pelo que se mueve con el viento o las flores del cerezo que envuelven a Kaguya mientras gira y ríe y sueña. 

Takahata es, junto a Miyazaki, uno de los grandes maestros del anime japonés. Y de la animación universal, ya puestos. Su secreto reside, principalmente, en saber llegar al corazón del espectador. En este sentido, El cuento de la princesa Kaguya es una película casi perfecta (añado ‘casi’ por el simple pudor de decir que algo es completamente perfecto). Y aunque odiaría caer en las frases de promoción, no lo puedo evitar: esta película es la nueva obra maestra inmortal de la animación japonesa. 


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EL CUENTO DE LA PRINCESA KAGUYA

Dirección: Isao Takahata.

Guion: Isao Takahata, Riko Sakaguchi.

Género: animación. Japón, 2013.

Duración: 137 minutos.

 

 

 

 

 


 

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