Las tres películas de la sección oficial proyectadas hoy en el teatro del CCCB desembocaban en un escenario común: el mar. Ya fuera de manera conceptual o figurativa, el mar se repetía como un motivo recurrente en las tres propuestas (El mar la mar, Donkeyote y El mar nos mira de lejos), convertido en un espacio para la proyección de los sentimientos.

El mar de la película de Joshua Bonnetta y J.P. Sniadecki, titulado precisamente El mar la mar, es sin embargo un objeto de tipo simbólico. Bien podría ser un guiño al poema homónimo Rafael Alberti, que en forma de lamento se preguntaba: “El mar. ¡Sólo la mar! / ¿Por qué me trajiste, padre, / a la ciudad? / ¿Por qué me desenterraste / del mar?”. El documental de Bonnetta y Sniadecki, de hecho, explora el paisaje opuesto: el desierto de Sonora que separa México de Estados Unidos, ese infierno al que se enfrentan todos los inmigrantes que intentan atravesarlo. El mar, por lo tanto, se presenta más como una promesa, o un horizonte lejano, que como una realidad tangible.

Dividida en tres actos o movimientos (el río, la costa y la tormenta), El mar la mar despliega una geografía del paisaje que experimenta con la imagen y viaja de lo figurativo a lo abstracto, culminando en un paisaje en blanco y negro, como si estuviéramos viendo un cuadro de Rothko, en el que casi pueden entreverse los espectros de todos aquellos cuerpos que nunca consiguieron cruzar ese purgatorio. Casi pueden verse porque el espectador es el único capaz de imaginarlos ahí, porque para ellos no hay imágenes.  Sí que hay imágenes, en cambio, de la naturaleza hostil: de los murciélagos, de las plantas, de la oscuridad tímidamente rota por la pequeña luz de una linterna… todo filmado con un material analógico que persigue la máxima expresividad. Pero de los cadáveres, ni rastro: solamente los objetos personales (mochilas, gafas, gorras…) diseminados por el desierto, son los fósiles que dan cuenta de la travesía truncada de estas víctimas. Eso, y algunos testimonios que nunca encuentran su correspondencia en imágenes. Unas veces sobre una pantalla en negro, otras sobre un gran plano general del desierto, el horror de cruzar la frontera queda muy cuidadosamente relegado al evocador poder de la palabra. Alguien escribe sobre una garrafa de agua la famosa frase de Neruda: “Podrán cortar las flores pero no podrán detener la primavera”, y, casi de la misma manera, Bonnetta y Sniadecki demuestran que podrá negarse la visión pero no podrán detenerse las imágenes, no podrá detenerse el cine. La palabra genera visión, y en su propuesta estética El mar la mar no la evita, sino que la desborda. 

El mar como meta, pero convertido también en espacio transitable, es el destino al que llega el protagonista de Donkeyote. Chico Pereira filma a su tío, Manolo, un señor de más de setenta años que quiere viajar a Norteamérica para seguir una ruta de antiguos indios, acompañado de su burro, Gorrión. El juego de palabras del título, que fusiona la traducción al inglés de la palabra asno (donkey) con el famoso personaje cervantino, da buena cuenta de la quijotesca aventura a la que se quiere enfrentar su protagonista. Los molinos han cambiado por un parque eólico, pero por lo demás, el personaje de Manolo parece un anacronismo extraído directamente de la novela de Cervantes, igual de desajustado que el extraño formato apaisado, como un 2.35:1, utilizado por Pereira en su documental, dotando al film de un sentido de la épica que no existe para nadie más que su protagonista.

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Reticente al reposo o a reconocer su artrosis, contradiciendo las recomendaciones de cualquier médico y decidido a cumplir su sueño, el carismático y dicharachero Manolo emprende un enternecedor viaje a través de la geografía andaluza, junto a su burro y su perra. Durante todo el trayecto, solo en un momento fugaz, pero muy revelador, Pereira hace visible su preocupación por el protagonista, sin importarle desmantelar el dispositivo cinematográfico. Es en un reencuadre muy rápido, tan veloz que ni el iris de la cámara puede ajustarse al movimiento, y en el que el director (desde fuera de campo) pregunta a su tío, aquejado por un preocupante dolor de rodillas, si se encuentra bien. Es solo un instante, muy breve pero de una honestidad arrebatadora, que demuestra no únicamente que Manolo no está solo en su aventura, sino que el lazo que une a actor y director es mucho más intenso de lo que parece. En esa conexión se hace visible que, tal vez y después de todo, la aventura de Chico Pereira no está tan lejos de la quijotada de su tío.

Todavía en el sur de España, pero con otra playa como escenario (ahora sí, de toda la narración), llega El mar nos mira de lejos. El documental de Manuel Muñoz Rivas, con fotografía de Mauro Herce, explora una playa andaluza sobre la que -se especula- existió la civilización de Tartessos. La cámara se detiene sobre las dunas, las casa en ruinas en la orilla, el vaivén de las olas. El silencioso y solitario protagonista del documental de Muñoz Rivas contrasta con la figura central de Donkeyote y, sin embargo, ambos comparten el mismo perfil antiheroico y la inmersión en una búsqueda igual de quimérica. Él podría ser el último de los pescadores de La terra trema de Visconti, pero su historia permanece completamente desconocida. O quizás se trate de uno de aquellos exploradores que llegaron en busca de la civilización antigua y quedaron atrapados en la playa andaluza, siguiendo con su infructuosa búsqueda. El trabajo sobre el tiempo, la memoria, la huella, la tradición, la vida, el archivo fotográfico… El mar nos mira de lejos está llena de ideas, pero parece que no se termina de decidir por ninguna. Todo el discurso queda difuminado, como si las propias olas del mar le hubieran pasado por encima, dejando un rastro borroso e indefinido. El tiempo pasa a través de las dunas, convertidas en un enorme reloj de arena. Y mientras tanto, El mar nos mira de lejos, testigo mudo de todos los éxitos y fracasos.


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