A favor, por Santiago Alonso

En cierto momento de La gran enfermedad del amor le cuentan al personaje de Emily (Zoe Kazan) que su novio cómico, el pakistaní naturalizado estadounidense Kumail (Kumail Nanjiani interpretándose a sí mismo), compagina su actuación regular en un club, lugar donde la pareja se ha conocido, con un monólogo teatral. Ella pregunta si eso no implica, en definitiva, realizar el mismo trabajo. A continuación, los espectadores la acompañamos a ver dicho monólogo al teatro y descubrimos que la diferencia estriba en la dilatación de los contenidos y en algún recurso de puesta en escena para el sostenimiento de una pieza larga, pero que, realmente, la comicidad de partida no cambia, que se repite el discurso fecundo e incesante de un artista que no puede tener la boca cerrada. Pues bien, en ese momento también entenderemos que la película muestra un paso más de esa compleja dinámica: es decir, la adecuación al cine de los mecanismos de un monólogo trufado de chistes y confesiones personales ante un público.

Igual que en un número corto delante de un micrófono o que en esa obra teatral, Kumail Nanjani – el Kumail Nanjani desdoblado: el protagonista de la cinta y el cómico que ha escrito un guión autobiográfico – relata su condición de estadounidense nuevo, los conflictos con una familia muy tradicional, la lucha por cumplir un sueño profesional y, lo que acaba catalizando el conjunto, la relación que tiene con Emily, chica blanca que ha recibido una educación muy diferente a la suya. Todo esto articulándolo a menudo, además, mediante un «humor seco», el deadpan que llaman los anglosajones: un ingenio monótono y serio, en apariencia bajo de energía emotiva.

La consecuencia más inmediata de la transformación de monólogo en película es que Kumail cuenta chistes o recurre al humor en cualquier situación. Pero no sólo él: la mayoría de los personajes en La gran enfermedad del amor funcionan de igual manera. Y lo hacen conscientemente o no. Los que son humoristas y los que no. Incluso en los momentos más sentimentales y, sobre todo, los más dramáticos. Porque el reto siguiente que se han marcado los creadores de la película es combinar a partes iguales la historia romántica («chico conoce chica», etcétera), la congoja (la gravísima enfermedad de un ser querido), el choque de culturas (con el islam de por medio) y el mundillo de los monologuistas (los amigos y colegas del protagonista, a quienes interpretan otros cómicos como Bo Burnham o Aidy Briant). Que funcione tan bien esta conjunción de temáticas, nada novedosas excepto la última, se debe a la magnífica afinación del tono. Como señalábamos, un tono que tiende hacia la sequedad y el poco énfasis. Y la clave de su inflexión, también el objetivo último de la película, es una decidida defensa del humor como recurso vital primario.

Puede traslucirse a lo largo del metraje el últimamente tan traído debate de los límites del humor y, sin embargo, de lo que en realidad habla La gran enfermedad del amor es del humor como poderosa herramienta comunicativa. Sólo si es compartido resultará un poderoso medio para explicar el mundo y sus problemas, para afrontar los retos y los palos que pone la vida en las ruedas. Podrá funcionar, incluso, como espejo que nos devuelva la imagen veraz de nuestra madurez. Si no se limita al espectáculo o al mero oficio, dará alivio y ayudará a sanar, protegerá y fomentará la fraternidad. Sus virtudes se revelarán, entonces, sorprendentes.


Zoe Kazan as "Emily" in THE BIG SICK. Photo by Nicole Rivelli.


En contra, por Jaime Lorite

Más allá de lo poco o mucho que guste Judd Apatow, cualquier seguidor de la llamada nueva comedia americana debería reconocer el papel esencial que el productor y director ha jugado en el género. Fanático voraz del humor desde adolescente –se hacía pasar por periodista para entrevistar a sus ídolos–, el suyo ha sido un mecenazgo caprichoso orientado muchas veces a posibilitar locuras con grandes talentos (Will Ferrell, John C. Rielly, Steve Carell…) por el simple deseo de que existieran, como las memorables El reportero: La leyenda de Ron Burgundy (Adam McKay, 2004) o Dewey Cox, una vida larga y dura (Jake Kasdan, 2007). No obstante, las connotaciones negativas que ha ido adquiriendo ese sello no pueden ignorarse: en su faceta como director, Apatow ha demostrado ser un conservador y un moralista de primer orden, capaz de vampirizar incluso a cómicos como Adam Sandler –Hazme reír (2009)– o Amy Schumer –Y de repente tú (2015)–, que en ambos casos hablan de la inmadurez como defensa ante las convenciones, para convertir sus discursos en todo lo contrario.

Aunque, por estos motivos, sus producciones siempre han sido mucho más disfrutables que sus trabajos detrás de la cámara, La gran enfermedad del amor es la película de la marca Apatow más parecida a las firmadas por él. El interesante Michael Showalter, responsable de la serie Wet Hot American Summer (2015–), asume el mando en una película que funciona como gran puesta de largo cinematográfica del cómico Kumail Nanjiani, conocido hasta ahora solo por pequeños papeles, aunque con un personaje de peso en Silicon Valley (Mike Judge, John Altschuler y Dave Krinsky, 2014–). Nanjiani también coescribe junto a su mujer, Emily V. Gordon, el guion autobiográfico de la película, donde la pareja narra su historia de amor real y los problemas que ambos tuvieron que atravesar antes de casarse: por un lado, la presión de la familia de Nanjiani, de origen paquistaní, porque estuviera con alguien de su misma etnia y, por otro, la enfermedad de Gordon, que la sumió en un coma repentino que casi le cuesta la vida.

Al comienzo de la película, Nanjiani narra su llegada a Estados Unidos a los 18 años y cómo se empapó de una cultura que le había fascinado desde niño. El actor y guionista, en efecto, se empapó hasta tal punto que es capaz de replicar con precisión un modelo de comedia romántica al más puro estilo Apatow, tóxico, problemático, aderezado con los tópicos más añejos del cine sobre humoristas entre bambalinas (otra vez, el tema del payaso triste) y, de paso, volcar unos cuantos litros de autoindulgencia hasta extremos temerarios. En este sentido, el protagonista regalando a su interés romántico un cartel con todas las pegatinas de “Visitante” que ha llevado puestas mientras estaba en coma –al parecer, cuando a uno le preocupa una persona, lo fundamental es asegurarse de que la otra persona se entera– cotiza bastante alto en bochorno. Apatow, que encargó personalmente el guion a Nanjiani tras conocer su historia y, de hecho, ha tutelado el proyecto durante años, no ha promovido en La gran enfermedad del amor otra cosa que la reformulación progre, multicultural, de aquella parte de su producción que se ha quedado vieja a velocidad relámpago: si en Lío embarazoso (2007), un embarazo no deseado (¡!) servía de plazo a un perdedor para mejorar su conducta y quedarse con una chica claramente mejor que él, aquí, en la peor tradición del coma de Adrian en Rocky II (Sylvester Stallone, 1979), el motor de transformación del personaje central es la estancia hospitalaria de su exnovia, ocasión para quedar como un yerno magnífico ante sus padres y demostrarse como alguien que estará en la salud y en la enfermedad. Unas briznas a lo Quiero ser como Beckham (Gurinder Chadha, 2002) de occidentalismo (Estados Unidos) frente a atraso (la tradición paquistaní, aunque los familiares estén interpretados por indios) completa esta comedia cuya sola premisa “romance monógamo donde una de las partes se pasa más de media película en coma”, al margen de que la historia sí ocurriera, decididamente no parece el más afortunado de los enfoques.


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granenfermedadLA GRAN ENFERMEDAD DEL AMOR (The big sick)

Dirección: Michael Showalter.

Guion: Emily V. Gordon y Kumail Nanjiani.

Intérpretes: Numail Nanjiani, Zoe Kazan, Holly Hunter, Ray Romano, Linda Emond, Vella Lovell, Bo Burnham, Aidy Bryant.

Género: comedia. Estados Unidos, 2017.

Duración: 119 minutos.

 


 

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