Ha despertado. Su letargo ha sido mayor que el ciclo terrestre al que acostumbra, pero las estrellas vuelven a estar en posición y la semilla ha revivido al sumo sacerdote. Cthulhu, emblema del Festival Internacional de Cine Fantástico Nocturna, vuelve a rugir en Madrid, y lo hace tras una pequeña variación en los ministerios del gobierno de R’lyeh: Luis M. Rosales, director del certamen desde sus inicios, cede este año la batuta a Sergio Molina, hijo del mítico Paul Naschy y hasta ahora coordinador. Continúa como productor José Luis Alemán, fiel a la determinación de dedicar su vida al Gran Antiguo, tras haber firmado aquel díptico cinematográfico donde un monstruo con tentáculos era llamado “Chultu” por Óscar Jaenada.

La iglesia donde los siervos solíamos reunirnos a recitar eso de «Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn» también ha cambiado: después de la triste pérdida de los cines Palafox, esta quinta edición de Nocturna ha movido su sede central a los Cinesa Proyecciones, extendiendo también algunos pases a la Cineteca de Matadero. Las esencias, en todo caso, se mantienen, como pudimos comprobar tan pronto como se apagaron las luces de la sala principal. Un buen primer día de cine donde, batiendo todos los cronómetros, ya tuvimos la primera imagen inolvidable: Don Coscarelli, padre de la saga Phantasma, y Caroline Munro, mito del cine de terror y chica Bond, sumándose en pie a la ovación a Chicho Ibáñez Serrador, uno de los premios Maestro del Fantástico 2017.

Encontré el amor en medio de un suicidio colectivo: The Heretics [Sección Oficial]

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Un festival se consolida en el momento en el que tiene una marca y un estilo 100% reconocibles. Cuando uno va a Nocturna, espera determinadas cosas: con Sitges (esta vez, además, cercanísimo en el tiempo) fagocitando lo más relevante del cine de género internacional, Nocturna se las ha tenido que arreglar durante años con producciones de otro perfil que, al final, han acabado por ser su marca distintiva. No exactamente buenas películas –aunque haya honrosas excepciones–, pero tampoco exactamente malas. Son trabajos que no se podrían ver en ningún otro lugar, que su propia existencia y procedencia constituyen todo un misterio, que no son parodias autoconscientes ni deliberadamente cutres, sino que son totalmente serios, y que solo pueden agruparse bajo el denominador común de Género Nocturna.

Si el año pasado el título a la película más Nocturna del Nocturna quedó en empate irresoluble entre Harvest Lake (Scott Schirmer, 2016) –variación de las historias de excursionistas promiscuos, que aquí acababan teniendo una gráfica orgía con una especie de calamar gigante– y The Hexecutioners (Jesse T. Cook, 2015) –donde un millonario contrata a una agencia de suicidios asistidos para ir a su casa encantada y sacrificarle en un ritual–, la tremebunda The Heretics puso el listón bastante alto desde el mismísimo minuto uno de esta edición. La premisa es deliciosa: una joven atormentada por los traumas del secuestro que sufrió a cargo de una secta, tres años más tarde, es secuestrada de nuevo. Después de este demencial punto de partida, que nos coloca como si estuviéramos ante una película y su secuela al mismo tiempo, el botón del asombro sigue pulsado hasta el final. Según se ofrece más información sobre el secuestro anterior de la protagonista, descubrimos que la secta no la secuestró para matarla, sino para que los miembros invocasen mediante su suicidio colectivo a un demonio llamado Abaddon, a fin de traerlo a la Tierra a través de su cuerpo dentro de tres años. Pero las sorpresas no terminan ahí: uno de los integrantes del culto, con el puñal en su garganta listo para degollarse a sí mismo, se enamoró de ella a primera vista, optando por no matarse y regresar para salvarla cuando llegase la fecha. Otra persona, sin embargo, tiene planes distintos para cuando aparezca ese demonio, y esa persona no es otra que la novia de la joven, también parte de esa secta en secreto.

De tal modo, The Heretics logra encadenar un prodigioso ritmo de giros de guion casi en cada escena, que no solo hace imposible aburrirse, sino que consigue contagiar el ánimo festivo con que claramente se ha concebido al espectador dispuesto a entrar en el juego. Rodada y montada de cualquier manera, su director, el canadiense Chad Archibald, se demuestra no obstante como un orfebre de la imagen grotesca y logra algunos momentos perturbadores, especialmente los relativos a las pesadillas de la protagonista, a las que el Rob Zombie de The Lords of Salem (2012) daría su visto bueno incondicional. El maquillaje, las prótesis locas y la estética de videoclip death metal cumplen también con su parte para convertir esta película en un dignísimo y muy divertido arranque de festival.

Psicosis en el reformatorio femenino: La residencia [Classics]

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Programadas también a lo largo de la semana la imprescindible ¿Quién puede matar a un niño? (1976) y la felizmente recuperada El hombre que vendió su risa (1962), que había estado cinco décadas perdida en un almacén, Nocturna abrió ayer miércoles los homenajes a Chicho Ibáñez Serrador con La residencia. Rodada en 1969, la película supuso el debut cinematográfico del legendario director, guionista y creador, tras haber realizado Historias para no dormir o Mañana puede ser verdad para Televisión Española. Bajo el influjo evidente de Hitchcock, a quien su desenlace remite de manera obvia, La residencia parte de un relato del escritor Juan Tébar y se integra en la vieja tradición de cintas de terror con un fuerte componente freudiano y psicológico, no solo en la estela del autor de Psicosis (1960), sino también anticipándose valiosamente a muchos de los rasgos que definirían el giallo. Una prueba, como poco, de la enorme cultura, el conocimiento y la intuición vanguardista de su responsable, pese a vivir en un país definido en aquel momento por todo lo contrario.

Vista en una mejorable copia –comprendemos que la mejor a la que el festival pudo acceder– que mezclaba el montaje español con cortes en inglés, correspondientes a los fragmentos eliminados por la censura franquista, La residencia sorprende todavía en 2017 por su arrebatador diseño de producción, sus colores vivos, un montaje audaz y algún que otro atrevimiento muy inesperado para su contexto histórico, no solo por alguna clara connotación lésbica. La película es ante todo un extraordinario ejercicio formal: Ibáñez Serrador, curtidísimo en el medio, hace que prácticamente cada cambio de plano se perciba como un tajo y dé corporeidad a la expresión “la tensión se podía cortar con un cuchillo”, enseñando en cada nueva imagen siempre un nuevo detalle intrigante, una sugerencia o algo directamente macabro. El baño auditivo de ruidos y sonidos desagradables termina de crear una atmósfera irrespirable y claustrofóbica. Queda a la imaginación pensar si esa atmósfera de una residencia francesa del siglo XIX era, tal vez, el espejo que el director ponía delante de un régimen donde la represión sexual, el autoritarismo y las ventanas bien cerradas estaban a la orden del día. Generando, a su vez, otros pequeños monstruos.

El día de la marmota asesinada: Feliz día de tu muerte [Inauguración, fuera de concurso]

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Con producción del sello Blumhouse, que ha dado y continúa dando muchas alegrías a los fans del terror estadounidense –este año, sin ir más lejos, la magistral Déjame salir–, Feliz día de tu muerte es una comedia fantástica que toma prestada la idea de Atrapado en el tiempo (Harold Ramis, 1993) para llevarla al terreno del misterio criminal. Mientras en el clásico de Bill Murray, que aquí es un citado en un diálogo para explicitar la deuda, el personaje principal se ve condenado a revivir una y otra vez el mismo día sin razón ni misión aparente, en esta película la protagonista tiene que evitar su asesinato para poder pasar de página el calendario. El I got you babe de Sonny y Cher que atormentaba a su víctima al inicio de cada día de la marmota deja paso, en esta revisión, a un espantoso tono de llamada que informa a nuestra heroína de que es su cumpleaños; un día donde se las verá, repetidamente, con todo tipo de potenciales sospechosos, desde un exnovio pesado hasta un profesor con el que mantiene un romance, pasando por un peligroso convicto que ha escapado de la cárcel.

Asumiendo que, más allá del cambio argumental, no hay nada original ni especialmente ingenioso en la película, Feliz día de tu muerte funciona a las mil maravillas gracias a un tempo cómico pulido con precisión de relojero y, por encima de ello, al desempeño estelar de la desconocida Jessica Rothe. Sin ningún papel importante hasta la fecha, la actriz firma una inmejorable carta de presentación, derrochando un humor y un carisma que empapan toda la película. Aunque buena parte de la culpa la tiene, desde luego, su propio papel: para alivio de una mitad del público hasta ahora no muy bien tratada en el cine de terror, la protagonista es una mujer liberada y fuerte, su promiscuidad nunca es cuestionada ni es motivo de sanción, sino material para gags, y desafía el arquetipo de la scream queen para, literalmente, tomarse la revancha.

Que esto ocurra en una película con vocación comercial y perfectamente apta para todos los públicos es un soplo de aire fresco, al igual que lo es la introducción de un paternaire masculino cuyo gran momento heroico, significativamente, es el descubrimiento de que no ha tenido una actitud violenta que el espectador (en una de las jugadas más inteligentes del guion) daba por sentado. La convencional realización de Christopher Landon, cercana a los códigos visuales de las comedias televisivas, podría decirse que incluso ayuda a marcar el tono ligero de esta aventura orgullosamente pequeña, donde, por una vez, las referencias nostálgicas –aparecen carteles de Están vivos (John Carpenter, 1988) o Los cazafantasmas (Ivan Reitman, 1984), se homenajea a Dieciséis velas (John Hughes, 1984)– parecen haberse entendido: hablando de su propio tiempo, la película encuentra su camino para ser igual de lúdica.

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