En busca del tiempo perdido


«Al final de la vida» -viene a decir más o menos uno de los personajes al comienzo de Regreso a Montauk (escrita por Volker SchlöndorffColm Tóibín, y dirigida por Schlöndorff)- «sólo dos cosas importan: aquello que uno lamenta haber hecho y ya no tiene solución, y aquello que no llegó a hacer y debería haber hecho, y su recordatorio resulta aún más doloroso». ¿Sería posible, antes de morir y por tanto de que sea demasiado tarde, retomar nuestra vida en el preciso momento en que ésta cambió para siempre? ¿Sería posible obtener ahora una segunda oportunidad y optar por la decisión contraria a aquella que en su día tomamos?

El escritor Max Zorn viaja desde Europa a Nueva York a promocionar su última novela, y allí es recibido como el autor de prestigio internacional que es; al día siguiente habrá de presentar en loor de multitudes (la multitud más exquisitamente intelectual del país) su libro nada menos que en la New York Public Library. Todo es perfecto: la vida del intelectual que ha llegado a lo más alto es la que él está viviendo en todo su esplendor; el público le adora, la crítica también, su editorial se deshace en atenciones hacia él. Sin embargo, ni las mieles del éxito literario ni la magnífica novia que le aguarda en la gran ciudad logran endulzar el amargo recuerdo de un antiguo amor, aquel que pasados los años la memoria destaca entre todos los demás y lo singulariza con su dedo implacable como el Gran Amor; aquel que no pudo ser y debió (sí, ahora lo sabe seguro) haber sido. Todo en la gran ciudad (sus rincones, sus taxis amarillos, sus sonidos) le recuerda a Rebecca, y Max decide buscarla pues sabe que aún vive allí. Y la encuentra.

Basada en la novela Montauk, de Max Frisch (trads. Nicanor Ancohea y Fernando Aramburu), tanto el argumento como su tema recuerdan a El mar, el mar, la novela de Iris Murdoch (trad. Marta Guastavino) con la que guarda sorprendentes similitudes: aquí el protagonista también es un autor de éxito; también vive obsesionado con un antiguo amor al que, pasados los años y ya en el crepúsculo de su vida, resuelve buscar con el propósito de retomar una relación que en su momento se truncó y lograr que esta vez sea distinto; también aquí encuentra a aquella persona. Y también la novela de Murdoch encierra la misma tesis fatal que la película de Schlöndorff: vano es intentar regresar al pasado; vano es pretender deshacer aquello que una vez se hizo y cambiar con ello el curso de una vida cuyo sendero es imposible desandar, y sólo cabe seguir adelante.

Más que los propios personajes de la película (cuyos diálogos caen en lo previsible y en lugares comunes más a menudo de lo que sería deseable), resulta interesante observar de nuevo (al igual que en la espléndida novela de Murdoch), cómo el pathos del protagonista consiste en el fondo en ese aferrarse a la imagen propia que su solipsismo y narcisismo no reconocidos han ido forjando. Mientras los personajes femeninos han sabido seguir hacia adelante la flecha del tiempo y han logrado mal que bien pasar página, el protagonista es incapaz de aceptar esa dimensión temporal que, unida a la espacial (Montauk, al extremo este de la isla de Long Island, es el lugar donde Max Zorn ha hipertrofiado la memoria de su felicidad) nos enseña que el tiempo avanza inexorablemente y nunca retrocede; que tratar de quebrantar esa ley sólo puede irrogar consecuencias devastadoras y que la salvación, en última instancia, sólo se halla en el presente; salvación siempre presta a arruinarse si nos obstinamos más de la cuenta en mirar atrás y, como el personaje bíblico de Lot, acabar así convertidos en lamentables estatuas de sal.

«Al lugar donde has sido feliz/ no debieras tratar de volver», dice una canción de Joaquín Sabina. Pues eso.



 

REGRESO A MONTAUK

Dirección: Volker Schlöndorff.

Intérpretes: Stellan Skarsgard, Nina Hoss, Niels Arestrup, Susanne Wolff.

Género: drama. Alemania, 2017.

Duración: 106 minutos

 


 

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