Tequila!


En 1986, David Lynch escribía por sí solo varias páginas completas del llamado neonoir –muy a grandes rasgos, el subgénero que integra elementos del viejo cine negro desde planteamientos puramente modernos– a través de su obra maestra Terciopelo azul, que enmarcaba en la América de Reagan (esa que soñaba con mirarse en los años cincuenta, las familias de postal y las tartas de manzana) una turbia trama criminal subterránea. En la década de los noventa, Tarantino y los hermanos Coen harían sus decisivas contribuciones cruzando esos elementos con la cultura pop o, en el caso de los segundos, sumando una figura tan emblemática de la Generación X como la del slacker (literalmente “vago”, pero con una connotación más de ácrata) en El gran Lebowski (1998). Tendrá que pasar un tiempo para poner en valor adecuadamente Baby Driver, pero lo que ha hecho aquí Edgar Wright, si bien con intenciones y resultados muy distintos, no está tan lejos de la configuración de esos otros modelos: aplicación de una sensibilidad millennial sobre las coordenadas del thriller de gánsteres, el héroe trágico de Baby Driver no lleva gabardina, pero sí un iPod distinto para cada estado de ánimo.

Planeada como la gran rareza que Wright confiaba en poder permitirse si Ant-Man triunfaba comercialmente, su despido en pleno rodaje de la película de Marvel pareció truncar el proyecto y arrojó incertidumbre sobre el futuro inmediato del director. El talento demostrado en sus anteriores títulos, felizmente, ha debido de resultarle suficiente a toda una major como Sony para financiar un trabajo no poco arriesgado, que representa un enorme oasis en ese desierto de originalidad que suele ser la temporada veraniega: no es tanto el hecho de que sea una película nueva y ajena a cualquier franquicia (que también) como la constatación de que aquí hay un estilo, una mirada y también mucha cinefilia. Como ese Nicolas Cage de 60 segundos (Dominic Sena, 2000) que tenía que escuchar una canción para concentrarse antes de robar, el joven protagonista de Baby Driver –un conductor que trabaja transportando a ladrones en grandes atracos– reproduce en sus auriculares las canciones más adecuadas para cada fase del trabajo, marcando a su vez el tempo de cada una de las secuencias en un desafío narrativo tan estimulante como, de igual manera, peligroso: Wright demuestra desde el principio un gran virtuosismo a la hora de componer persecuciones y tiroteos partiendo del ritmo de cada tema, pero el truco podría no haber tenido mucho recorrido conforme se diluyera el factor sorpresa. Viendo la película, uno descubre que semejante temor tiene tan poco fundamento como creer que un musical se desinflará después del primer número.

Mirando por el retrovisor a los grandes clásicos de robos y carreras de los años sesenta y setenta –rápidamente vienen a la cabeza Un trabajo en Italia (Peter Collinson, 1969), Punto límite: cero (Richard C. Sarafian, 1971) o incluso esa Faster, pussycat! Kill! Kill! (Russ Meyer, 1965) que tan de moda puso otro referente indispensable, el Quentin Tarantino de Death Proof (2007)–, a los cuales también remite mediante una irresistible paleta cromática, Baby Driver es la cumbre del Himalaya que su director ha ido escalando desde Zombies Party (2004). Aquella comedia y la que vino después, la impresionante Arma fatal (2007), se servían de un falso formato paródico para, en realidad, rendir homenaje a sus referentes: desde el amor, no la chanza, Wright vampirizaba los códigos de títulos tan poco valoradas académicamente como Dos policías rebeldes II (Michael Bay, 2003) para reivindicar como su identidad cinematográfica la suma de los lenguajes de esas películas. En Baby Driver está todo lo anterior y más. Está el noir, está el musical, está el duelo automovilístico, está el cine de grandes robos.

El gran gazpacho de referencias encuentra su correspondencia en la lista de reproducción del protagonista, que aglutina hitos de todas las épocas y estilos, y que no deja de ser otra forma de insistir en la cuestión del lenguaje mutante (y un comentario generacional: los apodados millenials son, con seguridad, la generación que más audiovisual ha consumido y a más audiovisual se ha visto expuesta, de manera determinante). Recordando de nuevo al Lynch de los ochenta, Wright representa los lugares felices –la infancia, el amor correspondido– con un aura de ensoñación abiertamente naíf, confrontándolo con un universo ajeno a toda inocencia donde, bajo una capa de carisma y temazos de The Damned, late el horror y la desgracia. Pese a su tono luminoso, el director no tendrá inconveniente en tocar notas más sombrías en su asombroso clímax final, donde una coreografía de disparos y volantazos al son de la prodigiosa (y larguísima) Hocus Pocus de Focus da paso a los minutos más intensos de la función. Uno se pregunta si en las palabras del personaje de Jamie Foxx, cuando acusa al conductor de embellecer innecesariamente un simple trabajo, habrá volcado Wright algo de su experiencia con Kevin Feige, en un blockbuster concebido como si el placer fuese título preliminar de la Declaración de los Derechos Humanos.


Baby Driver


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BABY DRIVER

Dirección y guion: Edgar Wright.

Intérpretes: Ansel Elgort, Lily James, Jamie Foxx, Jon Hamm, Kevin Spacey, Eiza González, Jon Bernthal, Ben VanderMey, Thurman Sewell.

Género: acción. Reino Unido, 2017.

Duración: 115 minutos.

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