Los lectores entusiastas de Robert Mckee llevaban casi veinte años esperando nuevo libro del maestro de escritores en general y gurú de guionistas en particular, desde que en 1997 publicara Story (El guión; trad. Jessica Lockhart, ed. Alba). Convertida por méritos propios en una de las biblias del guionismo actual, Story ha colocado desde entonces a su autor entre los clásicos del género (sumamente prolífico en el mundo anglosajón), al lado de Lajos Egri, Blake Snyder o Linda Seger, entre otros.

El género de la “metaescritura” (llamémoslo así a falta de otro nombre mejor), o la escritura sobre cómo escribir, dista mucho de ser nuevo. Desde Aristóteles y su Poética los escritores han aprendido a menudo su oficio leyendo historias de otros autores, y estudiando también “manuales” sobre los entresijos de la narratología; quizá no los autores que hayan concebido la literatura como un arte casi divino para el que había de estar tocado por la gracia de los dioses, pero sí quienes han visto que el arte de contar historias es fundamentalmente eso: arte en el sentido de “artesanía”, de oficio con unas reglas y técnicas propias que pueden aprenderse con dedicación, estudio y ejercicio.

Robert Mckee se adscribe sin duda a la segunda de estas corrientes: la que ve la narración como una disciplina, corriente que arranca con Aristóteles y eclosiona en el siglo XX con el advenimiento y triunfo de la cinematografía, devenida ya en lenguaje casi hegemónico del arte de contar historias. Y he ahí ya expuestas dos de las varias premisas que maneja Mckee: 1) el arte de narrar es un oficio que se puede enseñar y se puede aprender; 2) el cine es un lenguaje más (junto al de los cuentos, novelas u obras teatrales) cuyos propósito y razón de ser fundamentales son contar historias; 3) esas historias no son reflejo sino metáforas de la vida; y 4) los buenos escritores escriben buenas historias que pueden ayudar a entendernos mejor a nosotros mismos y a dar sentido al enigma de la existencia, mientras que los malos escritores… sólo escriben malas historias.

Toda película comienza por un guión, dice Mckee; y sin negarle al director y a los actores su parte de creatividad y aporte artístico al producto final, el primer y auténtico creador siempre es el guionista: de un buen guión o una buena historia podrá salir una buena o mala película; de un mal guión sólo puede salir una mala película. Y en contra de la adoración que (sobre todo en Europa) se prodiga a los directores de cine Mckee propone, en la línea de otros autores del género como Syd Field o Richard Walter, darle al cineasta con ínfulas un guión en blanco y decirle: “dirige esto, machote”.

Amigo de dar títulos largos a sus libros (El guión llevaba realmente el de Story, Substance, Structure, Style and the Principles of Screenwriting), Robert Mackee publicó en otoño de 2016 Dialogue. The art of verbal action for page, stage and screen, donde desarrolla algunas ideas que ya habían aparecido de pasada en su libro anterior, sobre todo las referentes a la construcción de personajes.

Toda historia avanza gracias al conflicto; si no hay conflicto nos quedamos sin historia, viene a decir Mckee. Y en el meollo están los personajes: ellos son al mismo tiempo sujetos y objetos del conflicto que se da bien entre ellos, bien consigo mismos. A la postre el vehículo del que se valen los personajes para insertarse en una historia -además de la acción- es la palabra, el diálogo, y éste debe por tanto servir al doble propósito de profundizar en el conocimiento de esos personajes y de hacer avanzar esa historia.

Algunas de las partes del libro son un tanto discutibles (aunque perdonables si se acepta la justificación que aporta el autor), como su empeño en incluir entre las formas dialogadas los monólogos, los soliloquios y los flujos de conciencia, considerados en el fondo diálogos “con ese otro yo que somos nosotros”; y otras partes parecen directamente traídas al libro por los pelos y no consiguen convencer, como los capítulos dedicados a analizar las distintas voces narrativas en cuentos y novelas como otras variantes del diálogo. Sin embargo, el libro de Mckee contiene agudas reflexiones sobre los errores más comunes en la escritura de diálogos y en el tratamiento de personajes, y sugiere soluciones; las ideas perspicaces al respecto se encuentran a lo largo de todo el libro. Impagables son, por ejemplo, los análisis de los diálogos entre Walter White y Skyler, en Breaking Bad (“I am the one who knocks!”), o entre la doctora Melfi y Tony Soprano en la formidable escritura de David Chase.

Los diálogos en el cine, en la novela o en el teatro nunca pueden ser calcos de los que uno se encuentra en la vida, y ésa es para Mckee la marca que identifica a los malos escritores: en la vida hay repeticiones, decimos banalidades, producimos cháchara inadmisible en la ficción. Pero en algo sí coinciden vida y página: aquello que decimos (texto) sólo cobra su sentido pleno frente a lo que subyace a esas palabras (subtexto), esto es, las intenciones ocultas de quien las dice, la historia personal que lleva a sus espaldas quien las pronuncia, las posibles consecuencias que acarrearán. Decir es ya hacer; la locución es una forma de acción: continuamente estamos haciendo cosas con palabras y creando otras con silencios (interesante su digresión entre los conceptos de “lo dicho”, “lo no dicho” y “lo indecible”).

Quizá sea ésa la mayor enseñanza del libro: aunque resulte casi siempre imposible llegar a conocer de verdad a los demás son las palabras -las suyas, las nuestras- la mejor forma posible de transparencia a través de la cual asomarse a la inmensidad del abismo; de ahí la insistencia de Robert Mckee en esa “doble dimensión del diálogo: el significado exterior de lo que se dice frente a la verdad interior de aquello que se piensa y se siente”, que aborda una y otra vez en este trabajo.


 Robert Mckee. Dialogue. The art of verbal action for page, stage and screen. Methuen. York, 2016.


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