Cárcel para entrar a vivir


En su poco memorable pero correcto debut como director, Antwone Fisher (2002), Denzel Washington se reservó el papel de psiquiatra del protagonista, el marine negro que daba nombre a la película –y que era a su vez, por cierto, el propio guionista–. Este infante de marina, Fisher, era víctima de un trastorno cuyas raíces se encontraban en el maltrato y los abusos a los que había sido sometido de niño por parte de su madre adoptiva y otra de las mujeres de su casa. El personaje de Denzel Washington, tras conocer el trauma, le ponía como tarea la lectura del libro The slave community (1972; inédito en España), donde el historiador John W. Blassingame analizaba el caso de esclavos que, tras obtener la libertad, habían heredado y reproducido con los vástagos los mismos comportamientos de sus antiguos amos.

Interpretada 114 veces por Denzel Washington, Viola Davis y el resto de su reparto en Broadway desde 2010, la obra Fences, del dramaturgo August Wilson, presenta una situación que recuerda al síndrome descrito en The slave community. Ambientada en los años cincuenta, Fences sigue el ascenso y caída de un gran padre de familia que, en su afán por abrirse paso y progresar sin límites, acaba haciendo de su hogar un espacio monstruoso, cuyos habitantes tienen que mantener una convivencia claustrofóbica con su abrumadora personalidad, obsesiones y complejos; a su vez, los límites que rigen su espacio vital. En lo que parece más un ánimo de no complicarse la vida que una auténtica estrategia de comunicación, Washington ha articulado su adaptación de la obra de Wilson al cine siguiendo la misma lógica del espacio cerrado que, por razones obvias, es intrínseca al formato teatral, confiando todo el protagonismo al texto y reforzando con otra capa de expresión la imagen de esas vallas (‘fences’) a las que se hace referencia continuadamente en el diálogo.

Hace tres años, el podcast semanal Denzel Washington is the greatest actor of all time, period, presentado por dos cómicos afroamericanos, nacía con el objetivo de celebrar la vida y obra del actor de Training Day (2001), al que describían como “el Santa Claus negro” (porque “entra en escena y todo el mundo se emociona”), haciendo un exhaustivo repaso a su filmografía película por película. Lo que empezó prácticamente como una broma acabó convirtiéndose en una tesis doctoral colectiva, con figuras como Spike Lee, Ava DuVernay o Ryan Coogler dedicando minutos a hablar de su relevancia histórica y lo mucho que han significado Denzel Washington y sus películas para la comunidad negra, un papel del que él, aseguraba uno de los presentadores del podcast, “es plenamente consciente”. Ese Denzel en el rol de psiquiatra-amigo en Antwone Fisher podía parecerse bastante, en definitiva, al Denzel que figura en la memoria sentimental de una gran cantidad de espectadores con los que el intérprete nunca ha dejado de estar comprometido, alternando piezas de cine puramente popular (su vertiente de gran estrella de acción, todavía vigente) con el apoyo a proyectos de enorme significado para el público negro como Malcolm X (Spike Lee, 1992), Huracán Carter (Norman Jewison, 1999) o Titanes, hicieron historia (Boaz Yakin, 2000).

Desde esta perspectiva, Fences, que por contenido estaría más próxima a ese segundo grupo, representa una interesante anomalía por los términos en que se dirige a su público, rara vez vistos en la carrera del actor y director. Es fácil que el espectador se encuentre desprevenido ante el aluvión de intensidad propuesto aquí por Denzel Washington en la forma de una película que apela, de manera kamikaze, a una concepción del drama realista más cercana a Henrik Ibsen que al modelo de Hollywood. La película tiene hechuras de volcado directo del teatro al cine (si bien cuenta con un guion escrito para la gran pantalla por el propio August Wilson, poco antes de morir) más que de visión personal de Washington pasada por su óptica autoral, pero el hecho de que las respectivas creaciones interpretativas del actor y de Viola Davis sean, indudablemente, dos de los trabajos de sus vidas justifica de sobra su existencia para la posteridad. También lo justifica la posibilidad de disfrutar de un texto magnífico al que, sin mediación de la película, muchos difícilmente hubiéramos logrado acceder.

La preparación de una nueva valla para proteger el hogar familiar es el sencillo motivo sobre el que Fences vuelve argumentalmente una y otra vez, sirviendo para hablar del pulso entre libertad y seguridad, la línea que separa el blindaje contra el exterior frente a la pura y dura reclusión, o el difícil binomio sobre el que se apoya esa felicidad necesitada, a la vez, de cubrir un confort estable y responder al impulso de crecer. El hombre que protagoniza esta historia, alcohólico, ambicioso, belicoso, incapaz de hablar mediante otra cosa que no sean metáforas de béisbol, hecho a sí mismo (aunque no del todo, como se revelará en otro momento, relativo al pago de su vivienda), forjado sobre una experiencia vital que contempla su camino como el único posible, pasa por ser el personaje más problemático al que haya dado vida Denzel Washington nunca, en lo que solo puede considerarse como un ejercicio interpretativo de primerísimo nivel. También, delante y detrás de la cámara, es un trabajo profundamente maduro, que demuestra la confianza de su principal valedor hacia sus espectadores y en el que, puede que presumida pero también merecidamente, Washington se permite mirar hacia su legado y subir su propia apuesta. La obra de August Wilson fascina, engancha y arrolla dramáticamente. La película puede que no aporte nada a sus palabras, pero proporciona un privilegiado vistazo a una versión de ensueño, en la carne de dos actores mayúsculos sin ningún miedo a nada.


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FENCES

Dirección: Denzel Washington.

Guion: August Wilson.

Intérpretes: Denzel Washington, Viola Davis, Mykelti Williamson, Russell Hornsby, Saniyya Sidney, Stephen Henderson, Jovan Adepo.

Género: drama. Estados Unidos, 2016.

Duración: 139 minutos.

 


 

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