***El artículo revela elementos del argumento para el futuro espectador***

 

Hubo una semana de enero en la que fui dos veces al cine. La primera vez entré a ver Paterson, la última película de Jim Jarmusch. La acción transcurre en Paterson, que es una pequeña ciudad de Nueva Jersey donde vive un poeta, también llamado Paterson, y donde nació y vivió William Carlos Williams, quien escribió un poema histórico titulado Paterson donde se entrelazan de forma luminosa destellos de la vida cotidiana de la ciudad natal y sus habitantes. Yo no he leído a William Carlos Williams y, cuando salí del cine, no había entendido la película tanto como un homenaje a ese poeta, sino como un relato muy sensible de la rutina del otro poeta, el ficcional, el interpretado por Adam Driver. Una oda a la rutina. A la vida tranquila y constante. Al poder de los hábitos. Una suerte de homenaje al espacio de libertad que las costumbres cotidianas le regalan al alma para que en ellas pueda expandirse. Un hacer todos los días lo mismo. O casi. Un ir a los mismos lugares cada día. Un trabajar y escribir al ritmo de lo mismo cada día. Como una cadencia. Me parece que a esa sensación contribuye algo que el director crea deliberadamente y que consiste, durante toda la película, en la tensión dramática contenida.

Hay tan solo dos momentos que irrumpen para resquebrajar la plácida rutina del poeta. Uno de ellos en el bar al que acude todas las noches, cuando uno de los parroquianos entra con una pistola, amenazando a la novia. La pistola resulta ser de balines, y el peligro, falso. Pero el otro momento es aún más llamativo. En lo referente al guión, es decir, al argumento, es el pico de la tensión dramática, pues se trata de un hecho sumamente trágico. Paterson es un poeta joven que no ha publicado y que no tiene copias de sus poemas. Todo lo que ha escrito está contenido en un cuaderno manuscrito. Un buen día, su perro se come el cuaderno, despedaza cada una de las hojas. Paterson ha perdido sus poemas. La obra de un gran poeta, tal vez, se ha perdido irremediablemente. Nadie lo leerá ya. Pero, ¿y para él? ¿Qué significa para un poeta haber perdido su obra? Lo interesante y a lo que me refiero con la tensión contenida es que ese momento no está tratado con dramatismo. El personaje no reacciona expresivamente sino que mantiene una misma actitud de calma. Su reacción no es violenta y no trasluce la desesperación y la tristeza que seguro sintió. La obra de un gran poeta, tal vez, se ha perdido irremediablemente. Luego pasará algo hermoso, y es que volverá a escribir. ¿Hay acaso un escribir sin meta, sin ánimo de publicar, de hacer historia; sin ánimo de nada en particular más que de que los días vayan pasando sintiéndose bendecido porque, independientemente de cómo sea la vida de uno, ésta es suficiente, tranquila: es todos los días igual, y por ello cierta, y con eso basta? Esta película me ha dado mucho que pensar acerca de la poesía y lo cotidiano, además de unas ganas tremendas de leer a William Carlos Williams.

La otra película que fui a ver esa semana fue la gran nominada a los Premios Óscar de este año: La La Land. Poco tengo que añadir a todo lo que se ha dicho ya del filme en tantos medios y de tantas maneras salvo una opinión muy personal motivada por una impresión, valga la redundancia, completamente subjetiva: se trata de una película hecha por y para el sistema. Decir esto es como no decir nada, pero yo lo digo haciendo énfasis en el sentido peyorativo. Supongo que lo que en realidad quiero decir es que la película me gustó pero no comparto su contenido ideológico. Sentí mucha pena por las miles de almas que habitan Los Ángeles a día de hoy y que trabajan en cafeterías y que se dejan la piel acudiendo a castings y que jamás serán Emma Stone ni Ryan Gosling. No porque no lo merezcan, o porque no sean igual de guapos o buenos actores. Por supuesto que a esto se puede responder que de nada sirve el azar si no hay trabajo y esfuerzo detrás, claro. Que es bueno y necesario para el ser humano tener sueños y esperanzas y seguir luchando, claro. Que nunca se sabe en esta vida. Todo eso me parece bien y hasta cierto. También me parece muy legítimo que una institución como la industria cinematográfica de Hollywood se haga un homenaje, reivindique su historia, su esencia; se mire con nostalgia. Más aún sabiendo que la jugada es maestra: recuperar en taquilla todo lo invertido, ganar un montón de Óscar, sentar un seudohito.

Se ha dicho que esta película es un bálsamo para la piel política tan árida de Estados Unidos a día de hoy. Pero una cosa es optimismo y disfrute, y otra muy distinta el triunfalismo celebratorio de un sistema apisonador con aquel que no logra destacar. No tengo nada en contra de los mitos consolatorios, pero sí deseo expresar que habría que dar también otra visión, decir algo en nombre de todos aquellos que no cumplimos nuestros sueños, que no llegamos lejos, que no somos elegidos primeros ni segundos ni terceros. En nombre de aquellos de los que la suerte se ha olvidado. O en nombre de los que simplemente no tienen ganas. Y que no, que no tiene nada de malo soñar, pero también estaría bien soñar con ser normales y corrientes, que tampoco pasa nada.


original


Fotografías: Mary Cybulski – Vértigo Films (Paterson) / Universal Pictures (La La Land)


 

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