Son las seis de la tarde de un día especialmente invernal, el cielo está encapotado y nos encontramos dentro de un espacio cerrado, techado y con luz artificial. Nada de eso impide a Carles Torras (Barcelona, 1974), con un porte de regusto almodovariano, recibir a REVISTA INSERTOS tras los cristales de unas desconcertantes gafas de sol que no se quitará en ningún momento de la entrevista. Su confiada voz, propulsada desde el diafragma, dota de seguridad y también de cierta solemnidad a sus palabras; aunque su actitud fría y su silla arrastrada hasta una distancia prudencial (o a una zona de confort, si se prefiere) hacen pensar si, como en su película Callback, no estaremos siendo testigos de una impostura. Las dudas se disipan a poco de empezar: aunque no podemos constatar si le brillan los ojos, Torras habla apasionadamente sobre su película y sobre su oficio, piensa y conecta ideas muy rápido, y a veces ni siquiera da tiempo a terminar de hacerle la pregunta para que él la empiece a responder (cuando no, directamente, la rehace en su cabeza y responde otra cosa).

Callback es el tercer largometraje que firma en solitario –su película de semiculto Jóvenes (2004) la codirigió junto a Ramón Termens– y podría marcar un punto de inflexión en su carrera: ganadora por sorpresa de la Biznaga de Oro en el último Festival de Málaga, donde arrasó con otro dos galardones (guion y actor protagonista), es también su primer trabajo en lengua inglesa, lo que facilita su proyección internacional. Siguiendo por las calles de Nueva York los pasos de un trastornado aspirante a actor, al que muchos han comparado con el Travis Bickle de Taxi Driver o el Lou Bloom de Nightcrawler, Callback introduce al espectador en un microcosmos siniestro y amoral, donde es inevitable reconocer la sensación de desolador aislamiento que ya recorría el anterior trabajo del director, Open 24h. Un mundo oscuro sobre el que Torras, durante unos minutos, nos arrojó un poco de luz.

Venías de dirigir un trabajo tan low cost como Open 24h [2011], y ahora tu nueva película está rodada en Nueva York y es la ganadora del Festival de Málaga. ¿Qué tal se digiere ese cambio?

Bueno, Callback también es una película muy indie. Precisamos de más logística, más medios, más tiempo de rodaje y estábamos en Nueva York, pero no dejábamos de ser un equipo muy reducido: nueve o diez personas moviéndonos por la ciudad en una furgoneta grande. La película está protagonizada por un solo actor, Martín Bacigalupo, que es quien lleva el peso aunque aparezcan personajes secundarios, y eso nos facilitó la coordinación. Nunca, salvo en la secuencia de la iglesia, hay más de dos actores en escena. Así que no hubo tanta diferencia respecto a Open 24h. Es un escalón más, pero realmente no fue tan distinto.

¿Cómo os conocéis Martín Bacigalupo y tú? ¿Es él quien te trae la idea, o al revés?

El protagonista de Open 24h, Amadís de Murga, era muy amigo de Martín y fue quien nos puso en contacto. Yo estaba en Nueva York y Martín también, así que fuimos quedando, le dimos vueltas a la posibilidad de hacer una película juntos y, poco a poco, cuajó la idea de un personaje perturbado (Larry) que vive en Nueva York y quiere ser actor. A partir de lo cual empezamos a trabajar.

Todo este universo del personaje de Larry, sus intentos por ser actor y penetrar en la industria, ¿tiene algún poso autobiográfico? Salvando las distancias, espero.

Martín lleva ocho años en Nueva York intentando salir adelante como actor, yendo a castings, y esa experiencia sin duda se plasma en la película. Hay detalles muy reales de situaciones anecdóticas, porque Martín conoce muy bien esos ambientes, lo que se siente desde dentro, y ahí sí que puede haber muchos elementos autobiográficos. Luego está lo de intentar realizar tu sueño y toda la cantinela. Estados Unidos, a pesar de que mostremos esa cara tan amarga, es un país fascinante: ¿qué director o qué actor de cine no querría trabajar allí? Para mí rodar en Nueva York era como una fantasía sexual, y mira, al final lo he conseguido. Pero más allá de eso, lo que me importaba en la historia eran los personajes desarraigados, que se resisten a establecerse en las normas que impone la sociedad, marginados. Eso me interesa.

Si bien probablemente es un producto de su tiempo, la conducta de Larry podría encajar en los patrones de la psicopatía. ¿Os documentasteis sobre el tema?  

Prefiero hablar más bien de sociopatía: la dificultad para vivir en sociedad, para relacionarse, unida a la falta de empatía y de emociones… Todas esas características se las dimos al personaje, pero tampoco es que leyéramos ensayos clínicos. Pensamos durante un tiempo en cómo definir al personaje, en qué patología clasificarlo, pero al final nos dimos cuenta de que no podíamos meterlo en ningún sitio. Además, no es que se pueda clasificar todo en la vida, el cerebro humano está lleno de facetas desconocidas. Nos gustaba que fuera socialmente incómodo, como esas escenas en las que le dicen «¡Venga, adiós!», ¡y el tío no se va! [Risas.] O cuando la chica sube la maleta y, en vez de bajar a ayudarla, se queda mirando. Hay muchos momentos de humor negro. Callback es un thriller tenso en el plano psicológico (sin ser un thriller en sentido estricto), pero con esos toques repentinos de humor por el comportamiento delirante del personaje que sacuden el tono. Y la manera en que lo hace Martín es perfecta, con esa cotidianidad, como si ni siquiera se inmutase.

La creación de Martín Bacigalupo es uno de los aspectos más sorprendentes de la película, por la declamación del texto, su expresión corporal… ¿Cómo se llega a una transformación así en el set?

Lo teníamos muy claro. Larry tiene una esfera pública y una esfera privada. En su esfera pública se comporta intentando proyectar una imagen que no es real, intentando ser alguien que no es, con toda esa obsesión por la cultura y el estilo de vida americanos, haciendo, repitiendo e imitando todo lo que hacen los americanos como si él fuera también uno de ellos. Reproduciendo esos estereotipos que salen en las series y en las películas. Todo ello da al personaje una dimensión de absurdo, porque en realidad es un loser patético, nadie le hace caso. Por eso pone una habitación en CouchSurfing, para ver si le viene alguien con quien hablar, ¡una chica guapa a ser posible! Cuando esa chica viene a su piso, él camina erguido, abre las puertas señorialmente como un mayordomo; y luego por la calle lo vemos cabizbajo, con la mirada perdida, andando como si le pesaran los pies. Las dos esferas se identifican con expresiones corporales muy distintas. Cuando está solo se comporta como el auténtico Larry. Para Martín era un reto, porque se trata de una actuación dentro de otra actuación. Interpreta a alguien que se pasa el día interpretando, impostando la voz. La gracia es que tú al principio de Callback no lo sabes y te choca, te preguntas de qué va ese tío, no lo ubicas. Poco a poco van cayendo las capas y se va descubriendo quién es en realidad.

Es algo que llama mucho la atención cuando empieza la película, parece una sobreactuación, con esa forma de pronunciar a lo Matthew McConaughey.

Claro, claro, es muy deliberado y autoconsciente. Pero puede que Larry ya se haya acostumbrado a hacerlo así y lo tenga muy interiorizado, que ya simplemente haya adquirido el hábito de comportarse de esa forma cuando tiene a gente delante.

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Tus dos primeras películas, Jóvenes y Trash [2011], funcionaban como cine de crónica social. Sin embargo, tanto Open 24h como Callback podrían ser calificadas más bien de crónicas asociales. ¿A qué se debe ese cambio?

Jóvenes fue un proyecto colectivo, éramos varios directores haciendo distintas historias. Yo hice la de las chicas que salen de fiesta, toman drogas y al final una acaba siendo violada. No era una película de encargo, pero sí teníamos una temática efectivamente social, sobre problemáticas juveniles. Como Jóvenes tuvo una buena repercusión, sobre todo en Cataluña al tratarse de una película hablada en catalán (quizá era la primera película de este género que se rodaba así), intentamos mantener esa línea de crónica generacional en Trash, donde ya me encargaba yo de todo el largometraje. Pero ahí, por unas circunstancias u otras, terminó esa etapa. Me tomó mi tiempo saber y llegar a hacer lo que realmente quería, madurar cinematográficamente y encontrar mi propia voz. Uno siempre intenta encajar en la industria y hacer películas que tengan éxito, películas que lleven gente al cine, que interesen a sus productores. Sin embargo, yo ya quería hacer una película que me interesase a mí, sin preocuparme de los condicionantes de la industria. No hay ninguna varita mágica para que algo funcione comercialmente, la varita mágica son los millones que se inviertan en el marketing, o en actores conocidos y taquilleros. Hay películas que pueden ser malísimas y funcionar estupendamente, y otras pueden ser muy buenas y funcionar fatal. El marketing es la clave. Así que, tras esos intentos por hacer algo comercial, maduré. Ya había pasado de los treinta y decidí que no quería seguir así. No me arrepiento de esa decisión, prefiero trabajar con libertad e independencia, haciendo lo que me interese a mí. Si lo que haces está bien hecho, y de alguna manera trasciende lo que estás contando, la gente lo va a apreciar. Es el tipo de cine que a mí me gusta ver como espectador.

Callback, de hecho, se percibe muy claramente como una continuación de lo que hiciste en Open 24h. Tenía curiosidad por una imagen que repites en ambas películas: esos trenes que pasan…

[Interrumpe.] Soy un amante del cine mudo, del expresionismo alemán, y de todas las tendencias en esa línea. La expresividad, el poder de las imágenes, es fundamental. Por eso no me gusta utilizar música de banda sonora en la película. En Callback suenan una canción en dos momentos puntuales, pero porque el protagonista pone un disco o está escuchando la radio, no es un hilo musical añadido a posteriori para subrayar emociones. Añadir una música agradable en una escena sentimental, o música de miedo en una peli de terror, no deja de ser una herramienta burda para manipular al espectador. Yo intento depurar el lenguaje al máximo, dar valor al poder de la imagen, algo a lo que cada vez se da menos importancia, aunque quedan unos pocos que siguen creyendo en ello. Hoy en día se confunde el lenguaje televisivo, el lenguaje de videoclip… y ves películas que parecen no tener una puesta en escena clara. Películas cuyo guion a lo mejor está bien, pero son telefilms, no tienen un valor cinematográfico. Y eso no depende de que la fotografía o la iluminación sean buenas, es una cuestión de lenguaje, de composición, de utilización de los recursos cinematográficos, y de la música también. Entonces intenté desnudar la película de todos esos artificios y construir algo más preciso, donde cada imagen dure exactamente lo que tiene que durar, las escenas se corten donde hay que cortarlas y las pausas se pongan al servicio de la tensión. Todo eso sin música es más difícil, claro. Me gusta construir atmósferas, también en el plano sonoro, porque el sonido no va a ser solo música: la respiración, los ambientes, el tráfico en la calle, pueden contribuir a crear un espacio obsesivo, y ayudar al espectador a entrar en la mente del protagonista. El uso de los trenes va por ahí, es un elemento muy cinematográfico.

La canción que mencionas, Il mondo de Jimmy Fontana, ¿la utilizas entonces como elemento de contraste?

Exacto, funciona por contraste. Es un contraste de tono, en este caso, pero también manifiesta la dualidad de este personaje antisocial, falto de emociones, ajeno al resto de seres humanos, pero que tiene un sorprendente lado romántico. Él se imagina viviendo una existencia plena, dentro del American way of life, y es algo muy ridículo que me hacía mucha gracia explotar. Intentando imitar todo lo que ve, intentando aprender y absorber lo que pasa a su alrededor, descubre esa canción, y cuando la escucha es como si recordase su propio estado de ánimo. Potencia ese lado romántico y soñador del personaje, una ambivalencia frustrante en el momento en que sabes que es imposible que alcance esa meta. Eso incluso puede llevarte a empatizar con él. Ese es el gran reto de la película, que un espectador pueda conmoverse por alguien tan desagradable como Larry. Que lo comprenda.


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Fotografías: María Sofía Mur.

Agradecimientos a Carles Torras y al departamento de prensa de Syldavia Cinema.


 

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