De rejas para dentro


En comparación con las dictaduras de Chile (1973-1990) y Argentina (1976-1983), la uruguaya (1973-1982) ha sido objeto de una menor atención cinematográfica. Y todavía menos presencia ha tenido en las pantallas la experiencia concreta de las mujeres que fueron detenidas, torturadas y violadas durante ese periodo.

Migas de pan, última película de Manane Rodríguez, directora uruguaya afincada en España, pretende reivindicar precisamente la resistencia de esas mujeres, un tanto olvidadas, recalcando su particular y doloroso tránsito por los centros de tortura y penales de Uruguay. Partiendo del libro autobiográfico La tienta, escrito por Ivonne Trías, aunque sin plasmar una única experiencia individual, sino, más bien, las vivencias de muchas de las reclusas que pasaron por esa situación, Rodríguez sigue la peripecia de Liliana Pereira (interpretada de joven por Justina Bustos y de mayor por Cecilia Roth), que no sólo es detenida, torturada y violada, sino que, a causa de todo ello, acaba perdiendo la patria potestad y, durante mucho tiempo, el contacto con su hijo.

En una entrevista concedida al periódico uruguayo El Observador, Rodríguez, que ya en Los pasos perdidos se había ocupado de la dictadura en su país, ha explicado que optó por hacer una película de ficción para captar unas realidades históricas concretas porque «[la ficción] Tiene una capacidad de empatía muy importante» y permite «contactar con el público de una manera más íntima que un documental». Sin embargo, mucho hay de documental en esta inquietante película, que, prescindiendo de movimientos de cámara amplios y de escenarios flexibles, encerró a todo el equipo en un reducido espacio de rodaje para obligarlo a sentir, y así transmitir mejor al espectador, la claustrofobia y la cotidianidad del terror que debieron de sufrir reclusas como las retratadas en la película. Después de ver la película, Gianella Peroni, una de las mujeres que en 1997, a través del libro de testimonios colectivo Memoria para armar, comenzó a denunciar unos abusos sexuales que poco eco habían tenido en la opinión pública, declaró que Migas de Pan es «demasiado larga [en] la parte de la tortura y de la prisión… porque [yo] lo estaba reviviendo».

Al centrarse primordialmente en la violencia sexual ejercida contra las reclusas, pero también en sus hijos y nietos, y en su forma de afrontar el pasado dictatorial, Migas de pan se muestra atenta a la evolución del discurso internacional sobre los derechos humanos y a la transmisión intergeneracional del trauma. Consciente de la «estetización cinematográfica» de la muerte, de la que se acusó a Gillo Pontecorvo en Kapò (1959), Manane Rodríguez no ha querido «dejar volar la imaginación», ni ser explícita al mostrar las torturas y abusos para evitar que las mujeres fueran violadas «de nuevo ante la pantalla». Sin embargo, la plasmación fílmica de este enfoque empático no deja de suscitar dudas sobre cuál es la forma más idónea, o la más respetuosa, si es que hay alguna que sea una u otra cosa, de plasmar el horror y la degradación a la que pueden llegar víctimas y verdugos.


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MIGAS DE PAN

Dirección: Manane Rodríguez

Intérpretes: Cecilia Rort, Justina Bustos

Género: drama. España, Uruguay, 2016

Duración: 109 minutos

 


 

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