El destierro del cine


Se suele decir que el cine es un arte, pero hay quienes intentan convertirlo en una ecuación matemática a toda costa. El primer paso es depositar todo el peso de la narración en el guion. No sólo son más fáciles de manejar las estructuras de libreto que las del lenguaje visual, sino que también resulta más sencillo dar gato por liebre. “Las leyes del guion”, esas que se dan por supuestas y en tantos casos se reclaman como imprescindibles, no son otra cosa que cotos que limitan la creatividad en favor de crear un producto más manejable, más rentable. Al cine se le cortan sus alas de arte, por lo que este se ve reducido a una máquina de producción en cadena.

Estas reglas son dañinas ya en su concepción, pero lo peor del asunto es su capacidad para penetrar en el subconsciente del público, ese que acepta lo que se le está vendiendo sin percatarse de que, en efecto, se lleva a casa un gato cuando iba a por una liebre. En esto tiene mucho que decir el cine de Hollywood, que se ha fundamentado, desde siempre, en unas normas creadas en su propio seno. Siendo este el cine más mediático, se llega a un punto en el que es habitual que algo no guste por el mero hecho de no ser lo que se espera. Estas normas, en efecto, se han convertido en auténticas leyes inquebrantables para un espectro de la audiencia, que rechaza todo lo que no se adecúe a las mismas. Y, ya sea por necesidad de aceptación o por aprovechar parte del pastel, muchos cineastas pasan por el aro y las cumplen.

El destierro es un claro ejemplo de esta conducta. La película española se ciñe a los estándares de la narración de historias y convierte todo su metraje un lugar común que se ahoga en su propia inoperancia. No es ya cuestión del desarrollo de la historia, que también, sino el propio perfilado de los personajes. Lo más habitual es dejar las cosas bien claras desde el principio: personajes buenos muy buenos y malos muy malos -el (mal) cine social tiene mucho que decir a este respecto-. La siguiente fase de este reto es la de jugar al despiste, al “nada es lo que parece”. Es cierto que esta cinta presenta un mínimo interés por no ir a lo evidente, pero lo hace de la manera más burda posible. Los personajes, que en otras manos darían lugar a sugerentes situaciones cargadas de tensión, aquí se presentan como un cúmulo de brochazos en direcciones opuestas, como si a un camión cisterna le diera por dar volantazos a izquierda y derecha. Es cierto que nada es lo que parece, pero la manera de llevarlo a cabo es mediante la explicitud de situaciones opuestas. Al final, dichos personajes ganan cierta profundidad, pero el grado de maniqueísmo es tal que el resultado sólo puede ser pobre -y más cuando se trata de un caso en el que el creador se ha esforzado en que parezca una construcción de personajes compleja-.

¿De qué habla El destierro? Sobre el papel, de asuntos muy interesantes: de la oposición entre ser natural, a pesar de todo, y esforzarse por ser alguien que uno no es, a pesar de todo; también de la Guerra Civil Española, y de cómo pertenecer a uno u otro bando era más cuestión de (mala) suerte que de ideología; de lo absurdo de toda la situación y de cómo se veía a la población española desde fuera -en este caso, desde Polonia, a través de un personaje de dicha nacionalidad-. Todo ello, sobre el papel. Sobre la pantalla, una sucesión de lugares comunes que son manejados con total impersonalidad por parte de su director, el debutante en el largometraje Arturo Ruiz Serrano. Poco que rascar en el fondo y nada en la forma en El destierro, una película que quiere aparentar profunda, independiente, distinta, auténtica, pero que se muestra tan reaccionaria como una superproducción de estudio y que no se atreve a dar un paso en falso, lo que la condena al destierro creativo.


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el destierro critica peliculaEL DESTIERRO 

Dirección: Arturo Ruiz Serrano

Guion: Arturo Ruiz Serrano

Intérpretes: Joan Carles Suau, Eric Francés, Monika Kowalska, Chani Martín

Género: Drama. España, 2016

Duración: 87 minutos

 

 


 

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