La hija bastarda


Si nos paramos a pensar cuáles fueron las claves del éxito de El proyecto de la bruja de Blair, habría diversas cosas a destacar. En primer lugar, el factor sorpresa. Pocas veces se había visto en el cine -con la célebre excepción de la precursora, la impactante Holocausto caníbal (Ruggero Deodato, 1980)- el formato found footage, pero es innegable que este film lo relanzó como fórmula de éxito, tanto por su efectividad realista como por su poca necesidad de recursos económicos. 

En segundo lugar, la pureza y coherencia del formato. Una cámara casera, de calidad visiblemente limitada, rodó todo lo sucedido en los bosques. La estructura de making of, que se separaba del verdadero -aunque ficticio- documental a través del blanco y negro, se componía de una sola óptica. Había montaje, obviamente, pero la sensación conseguida era de minutos y minutos de vasta grabación casi virgen. En su sencillez residía su verdadera fuerza. Y en tercer lugar, en relación a todo lo anterior, el triunfo de su pretendido realismo. Eso fue lo que aterrorizó al mundo entero y convirtió una película de 22.500 dólares de presupuesto en un éxito mundial, que recaudó más de 248 millones y ha pasado a la historia del cine de terror reciente.

Adam Wingard, que por derecho propio ya es uno de los nombres más interesantes del momento, se propuso algo prácticamente imposible: revivir la sorpresa, la coherencia y el efectivo realismo de El proyecto de la bruja de Blair. La tarea ya era, desde un principio, un camino cuesta arriba. Imposible recrear la sorpresa ni originalidad de un formato que en estos últimos diecisiete años ha tenido grandes ejemplos (desde Paranormal activity hasta Monstruoso), y eclipsada por el éxito de su predecesora, Blair Witch estaba sentenciada al fracaso. Y desde luego, Wingard no ha encontrado la fórmula para hacerle justicia. 

Para explicar el por qué, podemos recurrir a un caso muy cercano: el de la saga REC, la célebre representante del found footage español. Mientras que su primera parte, dirigida por Jaume Balagueró y Paco Plaza, siguió los factores de un buen éxito del subgénero, la tercera entrega, dirigida esta vez en solitario por Plaza, rompió con todos los moldes establecidos en el ecosistema natural de la saga. Su propuesta para [REC]3: Génesis fue recoger la tradición de las dos anteriores para, una vez dentro, salirse del esquema establecido. Abrazar el recurso de la cámara casera para transgredirlo y combinarlo con los elementos artificiales más puramente cinematográficos. Plaza arriesgó, y ganó. No se ajustó al género, sino que lo utilizó para modificarlo a su antojo desde dentro.

El problema de Wingard en este punto es el de querer domesticar al género. Traerlo al siglo XXI. De este modo, el cineasta juega con la multicámara, algo que desvirtúa totalmente la sensación de metraje encontrado, y lo convierte en un artificio que sólo busca dar constancia de los muchos recursos de que dispone el film. La radicalidad de la propuesta original se pierde en estos 17 años en favor de la multiplicidad de objetivos y su ávido montaje para que el espectador no se pierda nada, cuando la gracia estaba en todo lo que nos perdíamos. Mientras Plaza usó el found footage para llegar a su propia y personal visión de la película, para Wingard es un lastre que debe acarrear, pues no puede abandonar lo que hizo triunfar a su predecesora, pero no puede hacer lo mismo: ¿quién iría a ver una película con tan mala calidad y sólo una perspectiva de cámara en los tiempos de Michael Bay y Marvel? Sus ataduras comerciales, o al menos eso se desprende del resultado final, han sido demasiado fuertes. Se dejó el project del título por el camino y se convirtió en un simple producto de marketing.


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BLAIR WITCH  

Dirección: Adam Wingard.

Guion: Simon Barrett.

Intérpretes: James Allen McCune, Callie Hernandez, Corbin Reid, Brandon Scott.

Género: terror. Estados Unidos, 2016.

Duración: 89 minutos.

 

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