Algodón de azúcar psicodélico


Las productoras de cine de animación actual funcionan como lo hacían los grandes estudios de Hollywood de la época clásica. Aunque cada obra esté dirigida por una persona diferente, existe un sello de producción claro, que define el resultado final. Al igual que pasaba en la época dorada de Hollywood, los estudios dejan cierta libertad a los creadores, de ahí que se note la mano del responsable a pesar de la existencia de una serie de líneas rojas inquebrantables. En el caso de Dreamworks, sus films se caracterizan por un ritmo frenético, una mayor importancia del guion frente a la puesta en escena, y un cierto descuido del acabado formal, de los matices de la imagen y las ideas que podrían transmitirse desde lo visual y que sin embargo lo hacen a partir de un giro de guion o una línea de diálogo.

Como se ha dicho, existe cierto margen de maniobra, de ahí que no sea lo mismo Cómo entrenar a tu dragón (2010) que Madagascar (2005), y es por ello que, aunque sorprenda el resultado final, ha sido posible la creación de una película como Trolls (2016). La nueva película de Mike Mitchell -que en este mismo estudio ya había dirigido Shrek, felices para siempre (2010), cuarta entrega del buque insignia de Dreamworks- sufre parte de los males de este estudio de animación, pero sorprende con una serie de hallazgos que merecen ser reivindicados. La historia se sitúa en el mundo de los adorables trolls, seres pequeñitos y llenos de vitalidad, el paradigma de la felicidad, que son perseguidos y cazados por los amargados Bergens, monstruos infelices que creen que la única manera de alcanzar la felicidad es comérsela, literalmente.

La obra, por tanto, establece la narración en dos mundos. Por un lado, el colorista, por momentos psicodélico, mundo de los trolls, frente al marrón y oscuro mundo de los Bergens, de estructuras irregulares que aluden al expresionismo y que recuerdan en gran medida a la estética de Los Boxtrolls (2014). Es, precisamente, esta atención a la creación de sendos mundos, lo que destaca por encima de lo habitual en las producciones de Dreamworks, aunque el que merece una mención especial es el universo de los trolls protagonistas. Llama la atención el cuidado estético de los escenarios y el diseño de sus personajes. En este diminuto mundo, todo es de tela –especialmente, de fieltro-, y sus habitantes están definidos por una textura aterciopelada, como si de bolitas de algodón se tratara. Además, cabe destacar la animación propia de los personajes. Los principales presentan una variedad de matices expresivos superior al habitual Dreamworks, y hay una interesante tendencia a la sutileza, cuando en este estudio siempre se ha premiado la explosión descontrolada, y muchas veces perezosa, de muecas. Los secundarios, por su parte, están definidos por diseños tan originales como el de una siniestra nube de mirada lasciva, que cuesta entender que haya pasado el filtro de censura de Dreamworks.

Aunque la atención al diseño sea notoria, el guion sigue siendo el rey en Dreamworks, y esta es la parte menos interesante de la obra. Esto no es así per se, sino por la manera de entender la narración de historias que esta compañía demuestra tener. Su ideología pasa por el colapso de situaciones, todas ellas contadas de manera acelerada, superficial, situación que alcanza máximos de frenesí en Los pingüinos de Madagascar (2014). Esto no es una excepción en Trolls, que ve cómo toda la delicadeza de su puesta en escena se ve mermada por una saturación de giros de guion y un empacho de canciones que, si bien animadas con mucho estilo –psicodelia disco de los años ochenta-, pecan del mismo mal que ya se palpaba en la anterior producción del estudio, Kung Fu Panda 3 (2016), en la que la saturación de ideas de guion provocaban un colapso que impedía contar de manera adecuada la historia. Algo similar sucede en Trolls, en la que se echa en falta una mayor ligereza en la trama. No es ni siquiera cuestión de restarle importancia a la misma, sino de reducir el número de ideas y así poder desarrollarlas, y no sólo presentarlas. A fin de cuentas, trabajarse lo que se ha creado, para que valga la pena ser contado.

Si el guion es el rey en Dreamworks, la comedia es la reina. Aparte del ya mencionado protagonismo de la trama, esta está claramente enfocada hacia el gag. Toda producción animada de corte comercial contiene altas dosis de comedia, pero no es lo mismo la que aparece en toda la filmografía del estudio Laika, o en Buscando a Dory (2016), de Pixar –todas ellas, películas mucho más sutiles, en las que la comedia está muy presente pero no copa la atención–, que el uso de la misma que se hace en este estudio o en otros como Sony Pictures Animation (Hotel Transilvania, 2012) o Illumination Entertainment (Los Minions, 2015). A medida que se aumenta la comedia, se aligera el poso subtextual, por lo que el guion queda reducido a lo que sucede en la trama. Esto es así en Trolls, y, aunque funciona, es una lástima que todos los hallazgos visuales antes mencionados se conviertan en el escudero de la narración y no en el jinete batallador del relato.


trolls pelicula critica


trolls posterTROLLS 

Dirección: Mike Mitchell.

Guion: Erica Rivinoja.

Intérpretes: Anna Kendrick, Justin Timberlake, Zooey Deschanel, Christine Baranski, Jeffrey Tambor, Gwen Stefani.

Género: Comedia, fantasía. Estados Unidos, 2016.

Duración: 93 minutos.

 


 

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