El jardín de los cerezos (1904), de Anton Chéjov, narraba cómo una familia de aristócratas en decadencia se enfrentaba a la pérdida de su hacienda, y, con ella, de un jardín de cerezos al que se sienten ligados. El director de teatro Ángel Gutiérrez, otrora reputadísimo artista en la Unión Soviética, se enfrenta a circunstancias muy parecidas: la inminente pérdida de su local, después de que los recortes dejaran a su compañía bajo mínimos. Una representación de la obra de Chéjov marca precisamente la que, si nadie hace nada por remediarlo, podría ser su despedida de los escenarios.

Tras enterarse fortuitamente de las circunstancias vitales de Gutiérrez, la periodista Anaís Berdié decidió en tiempo récord lanzarse a seguir la injusta salida por la puerta de atrás de un mito del teatro, y el resultado es El último maestro ruso, documental que busca poner su figura en el lugar que le corresponde. Al estreno el pasado viernes 21 de octubre en el Artistic Metropol de Madrid acudió, como no podía ser de otro modo, una comitiva de INSERTOS: con las manos aún enrojecidas de aplaudir, conseguimos arrancar a Berdié de su particular baño de masas –la sala colgó el “Sold Out”– para que nos contestase a unas cuantas preguntas sobre este trabajo, que supone además su debut en el cine.

¿Cómo llega a ti la historia de Ángel Gutiérrez?

Le conocí de oídas, por ir a un par de obras suyas en su antiguo teatro. Empecé entonces a oír que dentro del mundillo era una figura bastante relevante. Por aquella época, yo estaba colaborando con una revista para la que hacía unos microdocumentales sobre personajes curiosos, y le llamé para pedirle una entrevista. Fui a conocerle a su local, y ya en ese primer encuentro, en el que estuvo media hora contándome su vida de principio a fin, me di cuenta de que tenía una gran historia. Aparte, me enteré de que, en ese momento, tenían el problema de que a él y a su compañía les iban a echar de su local. Así que decidí liarme la manta a la cabeza y hacer un largometraje.

Se trata del primer largometraje que diriges, ¿no?

Sí. Ni siquiera había dirigido un cortometraje antes, es lo primero que hago. Trabajo en televisión, pero esta es la primera vez que dirijo yo misma y de manera independiente.

¿En qué año comienza el proceso?

2014. En ese año fue cuando tuvo lugar todo el proceso de rodaje. Montarlo me llevó aproximadamente un año, y en 2015 hicimos la post-producción.

¿Cómo recibe Ángel Gutiérrez, de entrada, la propuesta de hacer un documental sobre su vida?

Bien. Creo que al principio le costó un poco entender que yo iba en serio y que quería pasar mucho tiempo en sus ensayos, porque a mí no me interesaba hacer un documental de gente hablando sobre él. Yo quería ver cómo trabajaba y grabarle. Pero, una vez le convencí, fue muy generoso abriéndonos las puertas de su teatro. Él y los actores estaban muy nerviosos porque eran los últimos meses antes del estreno de su obra, pero nos dejó estar en muchos ensayos y muchos momentos importantes. Y al final quedó muy contento con el resultado.

En muchos de los testimonios, se habla de la tensión de los ensayos y el temperamento del profesor. ¿Qué tal se compatibiliza eso con presencia externa? ¿No os puso ninguna limitación?

Me parece que él se sintió bastante libre. Presenciamos broncas, como habéis visto en el documental, y esa manera que tiene de llevar a los actores al límite. Desde luego, tengo la sensación de que él no puso reparo porque se comportó de forma bastante natural.

Los discípulos que salen en la película cuentan cosas muy positivas del maestro, pero, a juzgar por sus comentarios, uno puede pensar que alguien tan intenso tuvo que dejar algún renegado por el camino. ¿Te encontraste con algo así?

Sí. Efectivamente, aunque no se diga, creo que se percibe que es una figura bastante polémica, con el que amas u odias trabajar. Es parte de su figura, y algunos actores con los que contactamos no quisieron participar. ¡Pero no debo entrar en detalles!

Los actores que aparecen, Eduardo Noriega, Carlos Iglesias… ¿accedieron rápido al oír el nombre del homenajeado?  

Preguntamos a través de sus representantes, cuyos contactos tenía porque yo trabajaba en un programa de cine. Todos los que aparecen accedieron muy fácilmente. Y el caso de Luisa Martín fue muy bonito, porque al ir a su casa me encontré, de pronto, con esos álbumes que ella guardaba de la primera promoción con él. Y no me había dicho nada, no me había dado detalles, solo habíamos quedado. Fue emocionante, porque para ella Ángel fue una persona absolutamente fundamental en su vida y su carrera, pero había perdido el contacto. Y cuando hicimos el preestreno se reencontraron, puede que llevaran cuarenta años sin verse. Creo que también para ella fue importante contar sus recuerdos, su entrevista fue especial. 

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¿Cómo fue el proceso de documentación, al respecto de su infancia, su vida en la Unión Soviética, etc.?

No tuvimos mucho tiempo antes de empezar a grabar, porque cuando le conocí ya tenía la situación encima. Solo tuve apenas dos o tres semanas para decidir rodar o no la película, así que tocó hacerlo a las bravas. Durante el proceso de montaje, ya pude ponerme tranquilamente con la labor de búsqueda de imágenes y documentación histórica, pero no puedo contabilizar cuanto tiempo llevó, porque esto sí fue más largo. Quizá lo que más nos costó fue contactar con las distribuidoras de las películas antiguas rusas que aparecen, ¡Salud, María! [Iósif Jeifiz, 1972] y las de Tarkovski, porque nos daban respuestas en ruso, traducíamos sus respuestas, ¡y no teníamos muy claro si decían que sí o que no! [Ríe] Fue divertido. Con las fotografías de España fue más fácil, porque la historiadora a la que entrevistamos había coordinado una exposición sobre niños de la guerra, y eso nos abrió las puertas a varias fundaciones que tenían documentación.

Entonces, ¿el rodaje fue exprés?

A las dos semanas de conocer a Ángel Gutiérrez, ya estábamos grabando. Le conocí en marzo, y en mayo tenían su estreno. Como yo quería ver los ensayos, si quería reflejar algo de evolución, debía empezar cuanto antes. Tuve que decidir sin siquiera tener equipo formado. Aparte, yo nunca había hecho un documental. Así que me puse a buscar compañeros que se sumaran a esta locura, y por suerte los encontré muy rápido.

Sin embargo, la película no da para nada la impresión de ser algo precipitado. ¿No tenías un plan previo mínimo?

Bueno, yo tenía un pequeño guion en la cabeza, porque veía muchas similitudes entre la obra que estaban ensayando [El jardín de los cerezos, de Anton Chéjov] y lo que les estaba ocurriendo. Así que, una vez registrado el material, se trataba de darle vueltas para encajar esos paralelismos, compaginándolo con la historia de su vida. Estudiando la obra de Chéjov, yo fui diseñando la manera de contarlo, escribiendo durante el proceso de rodaje las ideas que iba teniendo.

¿A él le cuentas tu idea de hacer el documental a partir de ese paralelismo?

No, pero seguro que se dio cuenta viéndolo. Aparte de que los mismos actores reconocen, hablando a cámara, estar viviendo algo parecido a lo que se cuenta en la obra.

El documental menciona de pasada la censura soviética como uno de sus motivos para volver a España, pero tampoco se profundiza. ¿Tenía reticencias, quizá?

Aunque sí que me resultaba interesante, no quería entrar muy a fondo en ese tema, y él además tiene una cierta ambivalencia interna: ama Rusia, y tiene un concepto muy elevado de su vida en la Unión Soviética, a pesar de los problemas de censura con los que se encontraba para trabajar. Creo que está dividido por esa confrontación, es crítico pero le tiene cariño. La cuestión de la censura no le hace guardar ningún odio ni resquemor, él adora la Unión Soviética. Casi todo lo que cuenta de sus vivencias es positivo.

¿Dirías que siente más amargura hacia España que hacia la Unión Soviética?

Diría que sí. Él cree que allí tendría un teatro, que habría más facilidades para lo que tiene que ver con la cultura y que, desde luego, se vuelcan más con el arte. A él le impactó muy negativamente la concepción que se tenía del arte en España a su regreso, tenía en su cabeza una España de Lorca y Miguel Hernández totalmente idealizada. 

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Algo que llama mucho la atención en el documental es que a sus padres no los menciona.

Sí que me contó la historia con sus padres, pero preferí dejarla fuera porque era muy larga, y porque era un poco complicada. Lógicamente, para él fue traumático separarse de su madre con seis años, y solo se reencontró con ella siendo ya mayor, en París. A la hora de explicar su vocación artística, él no hace ninguna mención a sus padres, pero sí que cuenta que en su pueblo de Asturias, de pequeño, una vez le llevó un pastor a la iglesia y sintió el sonido de los violines como una llamada.

También choca mucho una revelación que se hace: ¡¿tenía relación con Tarkovski?!

¡Sí! Hace un cameo en El espejo [1975], hemos congelado el plano en el documental para que se vea que es él. Estuvo colaborando con Tarkovski. Lo que él cuenta es que había escrito un guion para cine que le censuraron, sobre la historia de los niños españoles que fueron a Rusia, y pasados unos años Tarkovski le preguntó si podía utilizar algo de esa idea en El espejo. Tarkovski, de hecho, utiliza archivo histórico de los niños llegando al puerto en la Unión Soviética. En esa época ellos eran amigos, y Ángel estuvo ayudándole para estructurar esa parte de la película. Los extras españoles que salen eran amigos del entorno de Ángel.

¿La música flamenca que suena en El espejo se la proporcionó él?

Eso ya se me escapa. Pero, por lo que cuenta, tenían una relación muy estrecha, de trabajar mano a mano. 

Respecto a la distribución del documental, ¿dónde se ha exhibido?

Lleva un año en el circuito de festivales, por eso hemos tardado tanto en estrenarlo. Lo seleccionaron en el Festival de Ariano, en Italia, hace unos meses, y ahora lo han seleccionado en otro de Sarajevo.

¿No os ha llegado nada de Rusia, por la relevancia de la figura de Ángel Gutiérrez allí?

Cuando hicimos el preestreno en España vino el embajador, para todos los actos les informamos. Hoy, por ejemplo, nos han llamado para informarse sobre si iba a venir Ángel al pase en Madrid, así que muestran interés. El Centro Ruso de Madrid, además, va a proyectar la película en el mes de noviembre. No hemos contactado con nadie de Rusia para exhibirlo directamente allí, pero las instituciones de aquí sí que están al tanto de todo.

Pregunta obligada, ¿qué le pareció a Ángel Gutiérrez el documental?

Fuimos a su casa a enseñárselo, porque queríamos que lo viera antes que nadie (y nos sentíamos en deuda con él, por habernos dejado entrar hasta el fondo de su intimidad). Sufrí un poco durante la proyección porque estaba muy callado [Ríe], pero en cuanto acabó se mostró encantado. Creo que para él es importante que se le reconozca, porque fue muy respetado en su juventud en la Unión Soviética, y tiene esa espina clavada de que en España no haya sido igual. Ha sido una manera de hacerle justicia.

¿Guardas el contacto con él?

De vez en cuando. Siempre que hacemos algo con el documental, le aviso. Al estreno en Madrid no ha podido venir, pero sí ha venido su hija. Hace un par de semanas presentó sus diarios, que llevaba escribiendo desde los quince años y que está en proceso de editar. Sé que él sigue en la misma situación que al final de la película, sin local donde mantener su compañía.


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Fotogramas de El último maestro ruso, extraídos de su página oficial

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