La gloria del fracasado


Logo de United Artists. Fundido a negro. Apertura lenta a una imagen de Jesucristo, que preside, desde un mural enorme, una pelea de boxeo en un ring local. Así es como da comienzo una de las series cinematográficas más famosas del cine estadounidense, y también lo que podríamos considerar la filmografía canónica de Sylvester Stallone; películas donde ya pudo tener un papel principal, años después de su ahora mítica aparición de un minuto atracando a Woody Allen en Bananas (1971), o de trabajar a jornal para Roger Corman en La carrera de la muerte del año 2000 (Paul Bartel, 1975). Una filmografía que, desde hoy y durante varias decenas de semanas más, nos hemos propuesto desgranar en esta nueva sección de INSERTOS, “Con lupa”, donde analizaremos periódicamente las glorias y miserias de nuestro objeto de estudio, Sly, película a película, golpe a golpe, verso a vers… No, la poesía vamos a intentar dejarla fuera de esto.

Fue a mediados de los años setenta cuando Stallone, un mozo que ya rondaba la treintena y malvivía con el dinero que le reportaban sus papeles extra en películas de poco prestigio, tuvo la idea de su vida. Con una trayectoria estudiantil conflictiva, donde apenas había sobresalido como jugador de fútbol, nuestro hombre estaba empeñado en hacer carrera como actor de cine, que era, probablemente, el sueño más disparatado que alguien como él podía tener: además de no ser precisamente un Adonis, hablamos de un aspirante a actor con parálisis parcial en su cara debido a complicaciones en el parto, con sus consiguientes problemas añadidos para vocalizar con claridad. Las pocas perspectivas de éxito le llevarían incluso a tener que aceptar rodar una película pornográfica, The party at Kitty and Stud’s (Morton M. Lewis, 1970) –más tarde popularizada como Italian Stallion (en español, El potro italiano), en referencia muy maliciosa al sobrenombre de su Rocky Balboa–. En esto que, una noche de marzo de 1975, el joven Stallone de futuro incierto acudió a una sala de cine donde retransmitían un combate del legendario Muhammad Ali (no esperen que alguien que difícilmente pagaba el alquiler pudiera permitirse una entrada al estadio). Aunque entonces ninguno de los espectadores lo sabía, no era un combate cualquiera. El otro contrincante se trataba de Chuck Wepner, un boxeador de clubs de trayectoria bastante mediocre y al borde del retiro, al que llamaban El Sangrador por la rapidez con que empezaba a sangrar en las peleas, con catorce derrotas por K.O. en su haber, y que había caído de rebote en ese ring por un raro arreglo de su mánager. En definitiva, un bolo de perfil bajo, donde se auguraba un paseo militar de Ali, de los de cobrar rápido y acostarse pronto. Nada más lejos de la realidad: Ali no pudo con ese don nadie de Wepner hasta nada menos que el decimoquinto asalto, y a diecinueve segundos de la campana final. El Sangrador había aguantado en pie hasta entonces, necesitado de puntos de sutura hasta en el alma, e incluso en una ocasión llegaría a tumbar al campeón mundial, algo que llevaba años sin suceder. Una lucha épica e histórica que nadie esperaba, y de la que un repentinamente inspirado semiactor saldría corriendo a escribir, cuanto antes, algo que se le había ocurrido.

Tiempo después, Stallone apareció en las oficinas de United Artists con el guion de Rocky bajo el brazo. Tozudo como solo alguien enfermo de autoconfianza podría llegar a ser, el actor rechazó ingentes cantidades de dinero porque el estudio quería que la protagonizase alguna de sus estrellas en nómina, como Robert Redford o Burt Reynolds. Pese a que las necesidades económicas le llevarían por aquella época incluso a tener que vender a su perro (que luego, no sufran, recompraría a un precio mil veces superior y hasta saldría en la peli), Sly aguantó el pulso y finalmente lo ganó: asumiendo una rebaja significativa del sueldo antes ofrecido, United Artists dejó a Stallone jugársela y protagonizar su película. El resultado es conocido por todos: el estudio se encontró de repente con una película con todos los ingredientes para reventar la taquilla, de aroma a clásico instantáneo, y por la que decidió apostar hasta el último dólar en la campaña por los Oscar, en detrimento de su otra película del año, un drama con Richard Dreyfuss llamado… ¡¡Insertos (John Byrum, 1975)!!

Tres estatuillas (Mejor Película, Mejor Director y Mejor Montaje) y un total de diez nominaciones (entre ellas dos a Stallone por guion e interpretación, y una a la inmortal música de Bill Conti) consagrarían en el Olimpo a Rocky frente a la reconociblemente muy superior Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976): la recompensa de Hollywood a la sempiterna visión optimista de América como tierra de oportunidades, frente a esa otra visión desencantada y cínica de los Estados Unidos de Richard Nixon.

Aunque su aura de cine de prestigio se iría difuminando con el tiempo a causa, por un lado, de sus secuelas –de las que, no obstante, hay mucho que decir y lo diremos en las siguientes semanas– y, por otro, de la futura expulsión de Stallone del club de los intérpretes respetados –donde militaría unos años más, con trabajos en películas de Norman Jewison o John Huston–, vista hoy, Rocky aún conserva su encanto genuino y la capacidad de emocionar a distintas generaciones de espectadores, como evidencia que la serie continúe vigente cuarenta años después con un séptimo episodio, Creed. La leyenda de Rocky (Ryan Coogler, 2015). El corazón (y también, cómo negarlo, una megalomanía de otro planeta) que volcó aquel apurado actorzuelo italoamericano en su enésimo intento de dar el salto late de manera clara en cada escena: resulta muy difícil no pensar en un Stallone identificadísimo con el personaje que estaba construyendo (hasta el punto de que hoy uno y otro son inseparables en el imaginario colectivo), así como cuesta no pensar en que, probablemente, lo que hiciera clic en su cerebro aquella velada de boxeo fuese la creencia de que él, como El Sangrador, también merecía y podía tener una oportunidad. No marcó un antes y un después en la narrativa universal, desde luego, pero lo que narró lo hizo desde las tripas.

John G. Avildsen, un realizador sin muchas inquietudes artísticas que llevaba trabajando, incansablemente, desde finales de los sesenta –con Salvad al tigre (1973), drama con Oscar para Jack Lemmon, como principal logro–, fue el elegido por United Artists para dirigir la película. Avildsen, que después repetiría fórmula y éxito en Karate Kid, el momento de la verdad (1984), demuestra una competencia fuera de toda duda por su solvencia para retratar tanto el mundo íntimo de los personajes como la escena de la lucha final, dotada de nervio y sentido del espectáculo, si bien largamente superada en entregas posteriores de la saga. Casi a contracorriente de ese Nuevo Hollywood de los setenta contagiado por las tendencias europeas, Rocky se encuentra planteada a la manera clásica, con una exposición muy extensa, donde no hay un conflicto claramente establecido hasta transcurrida una hora de la función. Los detalles más sórdidos del libreto de Stallone, que los hay a patadas, son reconducidos por Avildsen muy sabiamente: su trama romántica, rara como un perro verde (Rocky solo suelta monólogos a su amada porque ella nunca habla, y su método para seducirla pasa por enseñarle sus tortugas domésticas), brilla precisamente por su excentricidad, y saca máximo partido a la inexpresividad de su actor a partir de momentos cómicos basados, precisamente, en su hieratismo.

Cierto es que muchos rasgos de la peculiar cosmovisión de Stallone, que entonces pasarían desapercibidos porque no se le conocía de nada, hoy chirrían: ahí está ese sentido de la lógica suyo que a veces trenza razonamientos de bombero (el campeón Apollo Creed eligiendo como contrincante a Rocky porque es de ascendencia italiana, ¡como el hombre que descubrió América!), la idea profundamente facha de contraponer su “héroe del pueblo” con borrachos que viven en la calle y a los que el personaje llama “vagos”, o esa misoginia amable que se manifiesta en escenas tan delirantes como la de Rocky explicando a una niña que decir palabrotas es “de putas”. Asimismo, la sofisticación física de la acción en sus secuelas ha hecho un flaco favor a esta primera entrega, donde el entrenamiento queda concentrado en un espacio de tiempo muy pequeño para creer la evolución drástica de Rocky al final. Es, en todo caso, una película fundamental para estudiosos de la Stallonogía como nosotros, pues no solo se trata de la obra icónica del mito, sino que también es la que más consenso arrastra y sigue arrastrando en torno a sus bondades (incluso entre gente poco amiga de Stallone, que alguno hay en INSERTOS). Y, desde luego, justo es reconocer que muy pocos de los que aparecen cada año entregando, en fechas cercanas a los Oscar, otro drama de plantilla sobre superación, han logrado acercarse a ese estadio único entre la simpleza y la autenticidad que alcanzó el joven guionista, ni mucho menos esa habilidad para conjugar espectáculo y emoción que, pese a la opinión de sus escépticos, Stallone volvería a demostrar en bastantes más ocasiones con el paso de los años.

Así las cosas, es bastante razonable que al buen y ambicioso Sylvester no le pareciera suficiente reconocimiento el conseguido por la Academia, que le entregó Mejor Película pero le obvió como actor y guionista. De esta forma, tras un merecido descanso de un año, su primera gran decisión como superestrella sería rechazar cantidades obscenas de dinero (otra vez) para centrarse en un pequeño drama de época. El guion le había interesado mucho, y estaba firmado por un debutante húngaro cuyo nombre no le sonaba a nadie, un tal Joe Esztherzas. Pero, de eso, mejor hablamos la semana que viene. 


rocky2


rocky-cartelROCKY 

Dirección: John G. Avildsen 

Guion: Sylvester Stallone 

Intérpretes: Sylvester Stallone, Talia Shire, Carl Weathers, Burt Young, Burgess Meredith, Thayer David 

Género: drama. Estados Unidos, 1976 

Duración: 119 minutos

 


 

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