Si el lunes fue la jornada de las mujeres guerreras e imperfectas, ayer fue la del llanto. Ahora bien, hay muchas maneras de provocar la emoción en una película. Por un lado está J.A. Bayona, que todavía no ha aprendido a gestionar (o no ha querido) las emociones de su puesta en escena de una manera más orgánica, más natural, con lo que acabamos con un sollozo general en la sala de cine por el hincapié que el cineasta hace del dolor y el sufrimiento en Un monstruo viene a verme

Por otro lado están aquellas películas que cuentan historias tan dramáticas como la anterior, pero que sin embargo abandonan el clasicismo formal y las convencionalidades para centrarse en crear una auténtica obra artística. Hablamos de Frantz, lo nuevo del ganador de la Concha de Oro en 2012 François Ozon, que tiene el poder de emocionar pero no de saturar. Por último, estarían aquellas películas que se quedan cortas en emoción. No porque no lo intenten, sino porque no dan más de sí. As you are fue la única película de Sección Oficial a concurso vista ayer, pero no es probable que destaque más allá de estar protagonizada por uno de los miembros del elenco de la exitosa serie Stranger Things

En total, tres películas en las que sus protagonistas han de enfrentarse a la verdad, a la realidad de una situación que no les agrada y que les hiere. Es como si las tres instaran a sus personajes a ser valientes, honestos y consecuentes, tengas la edad que tengas. Un buen mensaje para traspasar el ecuador del festival.

La coming of age de turno: As you are

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Han habido tantas y tan diferentes películas sobre la adolescencia que una ya no piensa que le van a ofrecer algo original. Y no me equivoco. As you are es un típico relato coming of age que quiere jugar con el formato de una forma más o menos original, pero que acaba sucumbiendo a sus propias incongruencias e inseguridades.

El director Miles Joris-Peyrafitte fue aplaudido en Sundance con este film de amor, amistad y familia, aunque ese reconocimiento fue gracias, en parte, a las subtemáticas que esconde: maltrato doméstico, descubrimiento de la identidad sexual y el siempre útil componente de “los marginados de la clase resultan ser los más divertidos”. En As you are, dos adolescentes (Owen Campbell y Charlie Heaton) se conocen porque sus respectivos padres divorciados empiezan a salir juntos. La conexión será instantánea, y crecerá una fuerte amistad entre ellos, a la que luego se unirá la tercera en discordia (Amandla Stenberg). El director combina el desarrollo de la historia y sus acontecimientos con un interrogatorio policial a todos sus personajes, que entendemos es en realidad el tiempo presente, y lo demás son recuerdos. La primera consigna es que se ha cometido un crimen, algo que en la primera escena el director ya nos avanza. A lo Moulin Rouge. Lo que pasa es que, al final, la poca empatía que se genera en la película y el conocimiento de lo que sucederá no ayuda a que pase con mayor interés, sino que lo disminuye. 

Lo que sí podría ser un encanto de la película es su momento en el tiempo. El director nos lleva a la década de los noventa, concretamente a esa fatídica primavera de 1994 cuando todos los medios de comunicación del mundo se hicieron eco de la muerte de Kurt Cobain, un idolo para los protagonistas del film. Es algo anecdótico (uno de los protagonistas casi se muere de la depresión), pero de alguna manera nos sitúa en un contexto reconocible y con intenciones (juventud, incomprensión, rebeldía, descontento), algo que agrada y hace pensar que el film quería ser algo más de lo que aparenta a simple vista. 

Para llorar a moco tendido: Un monstruo viene a verme

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“Pornografía emocional” es el concepto al que han aludido muchos compañeros tras el primer visionado en San Sebastián de lo nuevo de J.A. Bayona. Cabe señalar que esta tendencia a la lágrima fácil no es nueva en el director catalán, que ya deshizo a sus espectadores con la intensidad de las emociones de Lo imposible e incluso El orfanato, su ópera prima. Con Un monstruo viene a verme, Bayona culmina su trilogía sin nombre que se centra en las relaciones entre madres e hijos. Lo que empezó con una película española protagonizada por Belén Rueda en 2007 ha acabado, casi diez años después, pasando a proporciones descomunales de la mano de estrellas hollywodienses (Sigourney Weaver, Liam Neeson, Felicity Jones) y la pasión por los efectos especiales.

El final de esta etapa del cineasta se fundamenta en la novela del mismo nombre, escrita por Patrick Ness, que además se encarga del guion del film, y que cuenta la historia de un niño de 13 años con una madre enferma de cáncer. Asumiendo que las enseñanzas y desarrollo de la historia forman parte de las páginas del fantástico libro de Ness, la película se queda con poco margen de maniobra. Una puesta en escena clásica (los efectos especiales ya pueden considerarse clásicos), con algunos preciosos fragmentos animados con acuarelas, y actuaciones muy acertadas (en especial la del niño, Lewis MacDougall) son las dos bazas a las que ha querido jugar Bayona, aunque, como le suele pasar, el componente dramático se le va de las manos. Es algo a lo que Hollywood nos tiene acostumbrados, y no es necesariamente malo, pero el control que quiere llevar del espetador y de su experiencia fílmica raya el régimen dictatorial. Es una película correcta, pero totalmente mimetizada en su influencia del cine norteamericano, es decir, sin personalidad a la vista del cineasta español. 

Lo que tanto prometió tras el recibimiento en Toronto se ha quedado en otro de los pequeños blufs de este festival. Un monstruo viene a verme es emocionante, es sensible y sin duda te hará sacar el clínex del bolsillo, pero cabría preguntarse qué la diferencia (sobre todo, a nivel formal) de cualquier otra película sobre la pérdida. Al menos, eso sí, las palabras de Ness y su sinceridad a la hora de enfrentarse a los sentimientos de un niño que va a perder a su madre son exquisitos y nunca maniqueos, en una escala de grises que se agredece. 

La perla del día: Frantz

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Frantz son dos peliculas en una. Por una parte es una pelicula postbélica, concretamente post-Primera Guerra Mundial, que ahonda en las fricciones que han quedado entre alemanes y franceses tras uno de los mayores conflictos del siglo, y por otro lado es un drama romántico nada conformista que, a su vez, tiene mucho de superación de la pérdida. Todo esto subyace bajo la nueva pelicula de François Ozon, un director que ya conquistó la Concha en 2012 con En la casa y que sigue siendo un asiduo del festival, aunque en esta ocasión de forma no competitiva. 

Durante la primera parte del film, Ozon se acerca peligrosamente al argumento de The Guest (Adam Wingard, 2014), en el que unos padres devastados por la pérdida de su hijo en la Gran Guerra reciben la visita de un supuesto amigo suyo, al que acogen e intentan convertir de alguna manera en un sustituto, aunque en realidad el soldado guarda un secreto inconfesable. Pero nada tiene que ver el tono juguetón y cachondo de Wingard con la sensibilidad y maestría de Ozon, aunque cada una en su campo son excelentes. No, Frantz continúa en una línea dramática, y posteriormente romántica, pero sin conceder al espectador las convenciones que espera, sin darle las soluciones fáciles ni hacerle pensar que su historia está regida por la banalidad e ingenuidad de un romance cualquiera. El film trata con honestidad pasmosa sentimientos como la necesidad de enfrentarse a la verdad para poder vivir en paz, el renacimiento de los sentimientos en un corazón que parecía que iba a estar de luto para siempre o la satisfacción de unos padres al saber que su fallecido hijo tuvo, en sus últimos días, un amigo que lo quiso. 

Al final, lo que sorprende de lo nuevo de Ozon es su imagen, que combina el blanco y negro y el color de una forma metafórica, relacionando su arbitrariedad con los sentimientos de alegría (color) y de luto (monocromático). Este segundo domina gran parte de la película, por lo que nos hace disfrutar de una fotografía preciosa y unas decisiones formales (como, por ejemplo, varios zoom in hacia la protagonista o la poca profundidad de campo) que la acercan al estilo sugerente del cine clásico. No falta ni siquiera la escena de despedida en la estación de tren, que nos hace rememorar grandes momentos de películas como Breve encuentro (David Lean, 1945) o Los paraguas de Cherburgo (Jacques Demy, 1964).

 

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