La segunda jornada en San Sebastián deja tras de sí detalles y momentos para enmarcar: la grandiosa actuación de Eduard Fernández en lo nuevo de Alberto Rodríguez, los gritos alocados de un profesor de interpretación y su alumno en Little Men, el orgasmo de una persona con diversidad funcional al ser masturbado, la sangre derramada por un chico al ser disparado por una pistola de clavos y por último, pero desde luego no menos importante, la sonrisa de Bárbara Lennie ante la presión social de la vida. 

San Sebastián sigue ahogado bajo intermitentes episodios de lluvia, pero aquí nada se detiene. Ethan Hawke recibió ayer entre aplausos el premio Donostia, que recordemos que este año será doble (en unos días será el turno de Sigourney Weaver), y ha dejado por el camino la première de Los siete magníficos. Aunque estamos aquí por las películas, nunca hay que olvidar la alfombra roja que viste la entrada del centro Kursaal, donde se dan cita algunos de los nombres más importantes de la industria. 

Hoy hablamos de tres películas españolas, una islandesa y otra norteamericana, que comparten un momento de inflexión en sus diferentes historias. Con ellas nos adentramos en las entrañas del festival y en su búsqueda de la candidata idónea para la tan ansiada Concha de Oro.

El thriller con más estilo: El hombre de las mil caras

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Los que tenían uso de razón a finales del siglo pasado saben perfectamente quién es Luis Roldán, igual que hoy todos sabemos quién es El pequeño Nicolás. No tan conocido en aquel entonces, pero igualmente importante en todo lo que sucedió, fue Francisco Paesa, a quien Alberto Rodríguez dedica un relato de espías entre lo hollywoodiense y las marcas propias de estilo. Un thriller de espías como hacía tiempo que no se hacía en España, que pone sobre la pantalla la habilidad de Paesa para codearse con las altas esferas de la política tras una cortina de humo que lo separe de lo oficial. 

El cineasta vuelve tras conquistar los Goya con La isla mínima para hacernos viajar en el tiempo casi veinte años atrás, a unos hechos que no fueron ajenos para la ciudadanía como bien demuestran las imágenes de archivo de telediarios que aparecen en diversas ocasiones en el film. El hombre de las mil caras cuenta con la gracia de quien ya ha trabajado con tramas policiales (Grupo 7) y agudiza su sentido del ritmo narrativo, algo que, en realidad, nunca se le ha podido reprochar a Rodríguez. Con un inmenso Eduard Fernández en el papel del misterioso Paesa, la película nos explica la verdadera historia detrás de la fuga del ex jefe de la policía española, Roldán, y aquellos que le ayudaron a esconder el dinero que se llevó de las arcas públicas. Ojalá más cineastas como este devuelvan episodios del pasado histórico con tanto entretenimiento y sin perder un ápice de estilo, serenidad y rigor.

Este film levantará ampollas que ya parecían cerradas. A nadie de le escapa que en esos últimos años de la década de los noventa, el PSOE vivió en el poder una serie de polémicas entorno a ETA y los GAL, unos temas en los que, si bien Rodríguez no entra de lleno, sí que atraviesa en busca de sus cabecillas. ¿Y la polémica? El retrato de un gobierno corrupto, que barría el polvo debajo de la alfombra y contrataba mercenarios para atar los cabos sueltos. La trama se permite una reflexión externa a sí misma: no son tan lejanos esos años noventa.   

El apunte sensible: Little men

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En El amor es extraño (2014), el cineasta estadounidense Ira Sachs retrató las penurias de una pareja homosexual que, tras más de 20 años juntos, tienen que vivir separados en casas de familiares mientras buscan un apartamento en el que comenzar de nuevo. Sachs retrata este espacio como una oportunidad de profundizar en las vidas de los que les rodean, en esas familias que tienen sus propios problemas de identidad, con una mirada extremadamente cercana a todas las sensibilidades y, a la vez, con un discurso crudo y punzante. Esta historia ya trataba, en varios aspectos, el proceso de adaptación, tema central de su nueva película: Little Men

Hay que adaptarse. Eso es la vida, a fin de cuentas. Así se lo dice Kathy (Jennifer Ehle) a su hijo Jake (Theo Taplitz) cuando se mudan al piso de su recientemente fallecido abuelo en Brooklyn. Allí conocerá a uno de sus vecinos, el incombustible Tony (Michael Barbieri), con el que construirá una amistad muy especial. Los problemas, como siempre, llegan cuando entra en juego el dinero. La madre de Tony pagaba un pequeño alquiler al abuelo de Jake por utilizar su local como tienda de ropa, pero las necesidades económicas de la familia obligan a pedirle una cantidad más alta por seguir mantiendo ese alquiler. El conflicto está servido entre los padres, y a los niños no les queda otra que resignarse. 

La adaptación de la que hablaba tiene que ver con el personaje de Jake y su búsqueda vital para encontrar un lugar en el mundo. Este objetivo se ilustra por sí solo en las escenas en movimiento, en las que el adolescente camina y corre y patina perseguido por la cámara, que se sitúa justo a su lado. Son esos momentos justamente lo que simbolizan el proceso de aclimatación que toda persona, y más si adolescente, necesita cuando llega a un nuevo lugar. Sachs acierta de lleno, y firma una de las películas más sensibles que veremos en esta edición. 

La decepción del día: Vivir y otras ficciones

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Como tema a tratar, la necesidad de un sistema regulado de prostitución es al mismo tiempo controvertido y necesario. Y si encima le añadimos que sea especializado en personas con diversidad funcional, el tema se pone mucho más interesante. Es por eso que, en la pasada edición del festival barcelonés l’Alternativa, se presentó el documental Yes, we fuck!, donde a través de un grupo de historias reales se conforma un naturalista retrato de las asistentes sexuales y el tipo de necesidades que presentan las personas con dificultades de movilidad. 

Es por esto que, al ver Vivir y otras ficciones, el tema ya no viene de nuevo. No ha perdido vigencia, sin duda, pero la mayor profundización y mano de un proyecto anterior, de alguna manera, lo desvaloriza. Este film dirigido por Jo Sol y a competición en esta edición de San Sebastián no es un documental, aunque sí quiere tener ese punto de debate didáctico sobre los porqués del asunto. Para ello, se sirve también de un personaje, el más divertido y acertado, que representa los prejuicios sociales hacia este tipo de prácticas que el protagonista busca implantar en su propio apartamento. Este afán pseudoeducativo, sumado a la lentitud de la narrativa y el poco riesgo en cuanto a las escenas propiamente sexuales, la convierten en una película poco convincente. 

Premio al padre coraje: The oath

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Baltasar Komárkur lo da literalmente todo en su nueva película. Escribe, dirige y protagoniza The oath, en la que un padre hará todo lo que esté en su mano para alejar a su hija de las drogas y, sobre todo, de su novio. Tras trabajar en varios proyectos en Hollywood (Everest, Two guns), el cineasta vuelve a su Islandia para rodar este thriller que, aunque posee trama de telefilme, sabe resolver bien gracias a los tempos narrativos y el manejo de la tensión. 

Al principio de la película ya se avisa: no se puede jugar a ser Dios. Es un juego peligroso. Para el mejor médico cardiovascular de un hospital, quizás esta regla básica de la naturaleza pueda pasar desapercibida. No es de extrañar, habrá salvado muchas vidas. ¿Pero se cree también en posesión del derecho a quitarlas? Komárkur dirige con firmeza este thriller apasionante, la versión islandesa de las múltiples venganzas de Liam Nesson. Aunque si estas son puro entretenimiento, The oath se embarca en cuestiones mucho más comprometedoras, como descubrir qué seríamos capaces de hacer por nuestros hijos. En el film destacan (y mucho) sus planos aéreos en las carreteras nevadas de Islandia, como indicándonos lo mucho que va a tener que pedalear en su bici el protagonista para llegar (si llega) a buen puerto.

Un año más los islandeses se hacen notar en el festival donostiarra. El año pasado consiguieron la Concha de Oro con Sparrows (Rúnar Rúnarsson) y, aunque no parece muy probable que Kormákur repita la hazaña, The Oath no ha pasado desapercibida. 

La ópera prima inmejorable: María (y los demás)

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La crisis de los millenials no se encuentra en los cuarenta, como ha sido tradicionalmente, sino a los treinta. Es esa época en la que tu entorno se establece, se casa y se reproduce, tus amigos construyen sus vidas sin problemas ni dudas en el horizonte. Y luego están, paralelamente a estos, aquellos que aun habiendo pasado la frontera de la treintena, no han dado el paso de convertirse en lo que la sociedad espera de ellos, ni, en el peor de los casos, han encontrado una razón propia e inapelable para vivir. 

Estos seres son carne de comentarios como: “¿Tienes novio ya? ¿Cuándo piensas casarte? ¿Ya has pensado en los hijos? ¡Se te va a pasar el arroz!”. Así le sucede a María (Bárbara Lennie) en cada una de sus comidas familiares. Su situación (soltera, viviendo en la casa paterna, con un trabajo cualquiera y sin ningún objetivo tachado aún de su lista) es la que retrata con tremenda empatía y realismo la directora Nely Reguera, que debuta con María (y los demás) en el largometraje. Es una película pequeña, pero sorprendentemente acertada en muchas de sus decisiones formales y argumentales. 

Con una puesta en escena sin estridencias, pero resaltando esos momentos de reflexión existencial (por ejemplo, cuando se centra en la nuca de la protagonista o cuando la graba tapada por unas ramas mientras fuma apoyada en un árbol). A eso se añade un guion que acapara todo el protagonismo, por su punzante crítica a la terrible presión social que seguimos teniendo hoy día en cuanto a la vida personal se refiere y su gran sentido del humor. Un cóctel infalible que funciona a la perfección. Y qué decir de Bárbara Lennie… Pura pasión.

 

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