No hay ningún héroe que se precie que no haya de luchar contra las adversidades de su historia. Para los espectadores y acreditados de prensa en San Sebastián, el reto ha sido llegar puntuales a las proyecciones con la ropa mojada, el paraguas en la mano y conservando la dignidad. Toda una hazaña. Para los personajes de las películas que se han podido ver en este primer día de festival, la odisea ha sido algo más complicada.  

La 64 edición del Festival de San Sebastián ha comenzado con agua. No me refiero a la que caía del cielo, que ha sido abundante durante el mediodía, sino a litros y litros de agua que animada por el viento y la marea alta rompe una y otra vez contra la orilla y contra la cara de la heroína del día. El mar es el protagonista de la primera escena de La doctora de Brest, film inaugural del certamen. En estos primeros minutos, la doctora Irène Franche (Sidse Babett Knudsen) nada con ahínco entre las olas que intentan aplacarla. Este trance antes del comienzo de la verdadera historia representa, en realidad, toda la lucha que está por comenzar, una metáfora que bien puede servir para argumentos en su contra o en su favor. ¿Ingenio u obviedad?

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La guerra comienza en el sector farmacéutico francés cuando una doctora de Brest, en la Bretaña francesa, denuncia la toxicidad de un medicamento que se recetaba a pacientes diabéticos desde hacía 30 años. El trato con algunos pacientes la convencieron de que existía una relación entre las enfermedades cardiovasculares de estos y la ingesta del medicamento en cuestión. A partir de ahí, la historia es un constante David contra Goliat que nos muestra algo que ya sabíamos: los poderosos tienen los recursos necesarios para aplastar cualquier problema que se les presente, y su codicia económica es más fuerte que la búsqueda del bien común, aunque hablemos de la salud de las personas. Pero La doctora de Brest también nos enseña otra cosa igual de manida: que hasta los más pequeños y poco prometedores actos de valentía pueden, con esfuerzo, tumbar los intereses de los que nos gobiernan. Estas enseñanzas, utópicas pero necesarias, no son ajenas al cine. De hecho, este film bien podría catalogarse en un subgénero propio, en el que compartiría espacio con Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000) o incluso la reciente ganadora del Oscar Spotlight (Thomas McCarthy, 2015). El enfrentamiento (victorioso) contra las presiones de los lobbys, basadas en inspiradoras historias reales, es la principal línea narrativa de este subgénero, que resulta especialmente cómodo para la distribución al gran público.

La cineasta francesa Emmanuelle Bercot (La cabeza alta) estrena así el festival y la jornada, coronándose no sólo como la única mujer que ha inaugurado el veterano certamen, sino también como el único nombre femenino que veremos en la lista de directores de la Sección Oficial de este año. 

La obra maestra: Toni Erdmann 

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Decidí hace mucho tiempo no volver a caminar en las sombras de otros. Si fracaso, si tengo éxito, al menos viviré como creí que tenía que hacerlo. 

Whitney Houston

“¿Eres feliz?”, le pregunta Winfried (Peter Simonischek) a su hija Ines (Sandra Hüller). Él la está visitando en Bucarest, donde trabaja y reparte sus horas entre cerrar tratos moralmente cuestionables relacionados con despidos y élites empresariales, conseguir atravesar las barreras de género en un mundo dominado por hombres y dejar atrás todo rastro de empatía humana. “¿Qué significa ser feliz?”, responde ella, evitando la pregunta. Ser feliz es como tener un orgasmo: o lo sabes de inmediato o la respuesta es no. 

Toni Erdmann pone sobre la pantalla algunas de las muchas contradicciones capitalistas, como el éxito laboral y la felicidad o aquellos que tienen mucho y, al mirar por la ventana de su rascacielos, alcanzan a ver en la calle a los que no tienen nada. Pero que no cunda el pánico: esta no es una película de feroces lobos empresariales esnifando coca (bueno, eso un poco) y dándose cuenta de lo vacías que están sus vidas cuando contemplan con tristeza un trozo podrido de queso en su nevera. No, el tercer film de la alemana Maren Ade es un viaje emocional tan sensible, íntimo y divertido que hace que sus casi tres horas de metraje tengan el peso de una pluma. Es la historia de un padre que, adoptando un papel de Pepito Grillo, acompaña a su hija en el descubrimiento de la verdadera felicidad. O, al menos, la intenta alejar de donde hasta ahora no la ha conseguido.

La música vuelve a ser un punto de inflexión en el cine de Ade. Si en Entre nosotros (2009) veíamos a un pareja escuchando una canción en total silencio, en una clara evidencia de lo mucho que les distanciaba como pareja, en esta nueva película la música representa un despertar. El padre de Ines la obliga a cantar una canción ante un grupo de desconocidos. Él comienza a tocar al piano los primeros acordes de Greatest love of all, de Whitney Houston, y de pronto ella se deja llevar por completo. Este momento marca un antes y un después para un personaje en constante cambio. La escena más divertida, en cambio, está reservada para una surrealista e improvisada fiesta nudista en la que un peludo ser búlgaro de la suerte aparece para arrancar las carcajadas de todo el Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián. Desde ya, uno de los grandes títulos de esta edición. 

La delicia estética: La tortuga roja

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Hay detalles que sólo pueden provenir de una maestría del estilo como la que define al Studio Ghibli. Pequeños y simpáticos seres que acompañan al protagonista sin más función que la de crear ternura y diversión, la sensible creación del ciclo vital y la familia, la poética de las imágenes provenientes de los sueños y, ante todo, la conexión del ser humano con la naturaleza (en femenino) son algunas de las señas de identidad ganadas a fuego por los grandes nombres de la animación japonesa: Isao Takahata y Hayao Miyazaki. 

Es precisamente Takahata, como director artístico del proyecto, el que ha ejercido la influencia más directa en La tortuga roja, la primera colaboración del estudio nipón con el mundo occidental. En ella, un hombre naufraga en una isla desierta, totalmente solo y desorientado. Gracias a un campo de cañas de bambú, puede construirse una balsa improvisada para escapar de allí, pero cada vez que lo intenta aparece una tortuga inmensa y de color rojo que destroza su embarcación y se marcha. Lo que en un principio parecía que iba a ser una lucha a lo Moby Dick o El viejo y el mar se convierte, a raíz de un acto cruel de violencia y rabia, en una historia sobre la vida en comunión con la naturaleza que nos rodea. Esos detalles que enumeraba arriba aparecen en el film para recordarnos que hablamos de una película Ghibli, aunque bajo la dirección del holandés Michael Dudok de Wit, que debuta en el largometraje tras ganar un Oscar por el cortometraje Father and Daughter

La tortuga roja es un relato sin diálogos donde reina la sensiblidad y la estética, pues si algo está especialmente cuidado en el film es la calidad del dibujo y su perfecta relación con la poética de su desarrollo narrativo. Está al nivel de lo que se espera de ella, pero Dudok aún tiene que curtirse más para alcanzar a los grandes nombres del anime. 

La rareza: Sipo Phantasma

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“Inmóvil como un barco pintado en un océano pintado”, así reza el primer capítulo de Sipo Phantasma y, curiosamente, así se puede estar describiendo a sí misma. Esta película, a competición en la sección Zabaltegui, ha agotado las entradas de las sesiones programadas para hoy y mañana, y no es sólo por ser una película vasca en un festival vasco. 

Hay dos temas que aparecen y se cruzan en el film. Por un lado, hay una crítica evidente a los cruceros por ser uno de los medios de ocio más populares de nuestros días. La creación de esta tendencia – un hecho al que la película se refiere como “la broma” – fue en sus inicios el objetivo vacacional preferido de la alta sociedad, y ha sobrevivido hasta nuestros días como un lugar entre lo extraño y lo grotesco, una suerte de festival non-stop en el que se cruzan actividades como tomar el sol, asistir a espectáculos y bailar country con un coach

Esta “broma” del cineasta Koldo Almandoz, en una línea más observacional, conecta con su documentado relato sobre F.W. Murnau. Sí, ese Murnau, el que es ahora una eminencia del cine clásico en general y del expresionimo alemán en particular. En este film conceptual se explican algunos curiosos detalles del director, así como del autor Bram Stoker, cuya obra le sirvió para crear su Nosferatu. Sobre esta película, precisamente, se construyen los cimientos de un ensayo audiovisual con quizás demasiados datos escritos blanco sobre negro en la pantalla y poco recurso visual más allá de lo obvio. Almandoz demuestra habilidades y buenas ideas, relaciona conceptos interesantes, pero no acaba de conseguir ensamblarlos con acierto en Sipo Phantasma

El bluf: Neruda

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Para los que esperaban un biopic convencional sobre la figura de Pablo Neruda, sin duda olvidaron que hablamos de un cineasta desconcertante (en el buen sentido) como Pablo Larraín. Aquel que consiguió incomodar a los festivales internacionales de todo el mundo el año pasado con la impecable El club, ahora nos trae un retrato con tintes de cine noir clásico que ensalza y, a veces también cuestiona, la imagen del poeta chileno que da nombre al film. 

Larraín destaca la versión política de Neruda y se centra en un episodio concreto de su vida: la persecución que sufrió por su condición de líder comunista. En esta visión se plantean las contradicciones ancestrales del comunismo y de su clasismo involuntario, aunque pasa a ser un mero contexto al lado de la personalidad del poeta, que se adueña del relato no sólo en su condición de protagonista, sino también a nivel narrativo: llega un punto que esa voz en off constante, que no es otra que la de Gael García Bernal, en el papel del inspector que le persigue, es una mezcla indisoluble de las memorias del agente de policía y las propias palabras de Neruda, que en su exilio político escribe su propia historia de persecución. 

Neruda es, a causa de estas capas narrativas, confusiones y florituras formales, una película densa. Larraín acierta en sus conquistas individuales (como el homenaje al noir clásico con las escenas de los coches o la representación de las imprecisiones espaciotemporales históricas situando una misma conversación en varios lugares y posiciones distintas), pero no logra unificarlas del todo.

 

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