Acotar la temática de un festival de cine a una cuestión concreta suele desembocar en un exceso de obras prescindibles. Quizás esta sea la única manera de reivindicar cierto tipo de cine o de poner sobre la mesa un tema del que no se habla, o no con tal grado de profundidad. Sin embargo, es sangrante que un festival como el Atlántida Film Fest, que en la pasada edición dejó tan buen sabor de boca con una selección de obras brillante, este año se haya centrado en un único asunto. Los resultados ponen de manifiesto el fracaso de dicha propuesta; la mitad de lo que se ha seleccionado difícilmente entraría en un festival otras características, y entre este mar de medias tintas resulta complicado encontrar obras que sublimen las esencias de este arte y eleven al público a la catarsis del gran cine.

Esta edición del Atlántida Film Fest ha sido dividida en cuatro secciones: Generación, Memoria, Política y Fronteras. El destino ha querido que a un servidor le haya tocado analizar la sección Política, que es la que mejor ejemplifica la teoría antes expuesta. Este apartado aglutina el mayor número de películas prescindibles, y a la vez el menor número de imprescindibles, a pesar de que en ella tienen cabida todas las vertientes de la política: desde la económica hasta la bélica, pasando por las manos que mecen la cuna en la sombra y sin olvidarse de las maneras atípicas, antisistema incluso, de aplicar ideologías. Es una sección con una palabra común, pero que puede entenderse como un comodín que permita incluir todo tipo de propuestas. Sin embargo, en la variedad no ha estado el gusto. Seis documentales y cinco ficciones que hablan de los diferentes aspectos que afectan a la Europa actual, sin un hilo conductor o nexos de unión que permitan establecer categorías en este texto. En esta primera entrega del análisis se hablará de cinco de estas once piezas:

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‘Democracy’ / Fuente: Filmin

Democracy (David Bernet, 2015) es un documental que aborda el proyecto de aprobación de una ley en el Parlamento Europeo. El protagonista es Jean Philipp Albercht, cabeza visible del partido alemán Alianza 90/Los Verdes, quien se propone conseguir que la nueva ley de protección de datos europea sea aprobada. En la era de la digitalización extrema, en la que los datos, y especialmente los metadatos, son clave para gobiernos y corporaciones empresariales, sacar adelante una ley que ponga límites a esta explotación del petróleo del siglo XXI parece complicado, y así es. Esta obra pone de manifiesto las dificultades del ejercicio político, el tira y afloja constante entre diferentes partidos y la influencia que sobre estos ejercen los intereses económicos –esto se recoge en las numerosas reuniones que el protagonista y otros políticos mantienen con representantes de empresas–. Rodado en un blanco y negro impoluto, la puesta en escena hipermoderna se acerca más a los estándares de la artesanía documental que al desarrollo de un discurso claro. Toda la información llega a través de los debates y reflexiones de las personas que pasan por delante de la cámara, por lo que este ejercicio de inmersión en la trastienda del Parlamento Europeo tiene más sentido como pieza didáctica que como arma política o discurso cinematográfico.

Otra obra que trata la trastienda de la política, pero esta vez desde la ficción y con un tono tenebroso, es El gran juego (2015). Este thriller lo protagoniza un escritor venido a menos, un bohemio cínico que malvive en París hasta que conoce a un señor trajeado que le ofrece una oferta suculenta. A raíz de esta colaboración, el protagonista se ve involucrado en una trama conspirativa que pretende derrocar al gobierno. Una red confusa y opaca, de la que el protagonista sabe tan poco como el público, un recurso que recuerda a El último testigo (1974). Pero, si la película de Alan J. Pakula destacaba por el maravilloso manejo de la forma, que permitía generar tensión desde el goteo de información, la confusión y el tono anticlimático, El gran juego destaca por su factura técnica cercana al telefilm de sobremesa, es decir, por la ausencia de todo discurso formal. A ello se le suma su apuesta por la trama romántica, en detrimento de la conspirativa, lo que arranca de raíz las pocas posibilidades que para entonces esta floja cinta pudiera tener.

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‘WINWIN’ / Fuente: Filmin

Ese poder en la sombra, que está aglutinado en unas pocas personas que mueven los hilos de la economía mundial, es la base de WINWIN (2016). Daniel Hoesl se apoya en una puesta en escena quirúrgica, de planos generales con la cámara alejada de la acción, que contrastan con unos primeros planos de personajes mirando a cámara, hablándole al público con candor. La planificación y su contraste no son casuales. Por un lado, la película muestra la frialdad con la que estas personas llevan a cabo actos que determinan el futuro de un país o un continente, especialmente cuando se trata de decisiones que los enriquecen a costa de destruir a los que están por debajo. Esta actitud contrasta con la careta que se ponen cuando hablan con una serie de personajes concretos, situación que es rodada con los citados primeros planos mirando a cámara. De esta manera, se remarca la idea de falsedad, de promesas que la audiencia sabe que no van a ser cumplidas. En su totalidad, WINWIN es una denuncia sobre cómo la economía determina el destino de las sociedades, al controlar la política y tender al monopolio más opresor. A su vez, existe otro contraste en la película, y esta vez es involuntario. Esa estudiadísima puesta en escena se le queda muy grande a un discurso de fondo que es demasiado evidente. La cinta se queda en el primer paso y no profundiza sobre causas, consecuencias, motivaciones, por lo que todo ese armazón formal no presenta un interior que lo rellene, lo que impide que WINWIN sea una obra redonda.

La economía determina el devenir de la Europa actual, hasta el punto de haberse convertido en la guerra del presente. Ahora, las batallas se libran en el terreno económico, mediante presiones o medidas. En el pasado, cuando la economía no estaba (tan) globalizada, la guerra se libraba en el campo de batalla. Una de las más cruentas del final del siglo XX y principios del XXI fue la de Chechenia, que se desarrolló en dos tramos, entre 1994 y 1996, y entre 1999 y 2009. El documental Guerra sin huella (2015) pone el foco sobre la situación actual de esta región de Rusia que en vano ha tratado de independizarse tras la caída de la Unión Soviética. La directora, Manon Loizeau, desmonta con contundencia la fachada de normalidad y prosperidad que impera en Chechenia, y lo hace para descubrir cómo sus habitantes están más oprimidos que nunca. Aterrados y sin poder permitirse el lujo de recordar a sus muertos o de buscar a sus desaparecidos, la vida de los chechenos es una farsa, por lo que esta obra lleva a cabo el sano ejercicio de poner en duda si se vivía mejor antes, en periodo de guerra, cuando la gente era libre de pensar y manifestarse abiertamente, o en periodo de falsa paz, cuando la tortura y la persecución política están a la orden del día.

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‘Drone’ / Fuente: Filmin

La manera de confrontar problemas políticos evoluciona. Esto ha permitido que, mediante las citadas acciones económicas, en Europa esté prácticamente descartado un conflicto bélico entre países de este continente. Algo bien diferente ocurre fuera de este marco, en el que todavía queda mucho por hacer, y más cuando son los propios países considerados civilizados, o del Primer Mundo, los que intervienen de esta manera para aparentemente calmar los ánimos. Un ejemplo interesante de esta situación se da en Drone (2015). Los drones, naves pilotadas a distancia, son la nueva arma definitiva, y esto es así por varios motivos. El salto tecnológico permite atacar de manera selectiva sobre blancos e instalaciones sospechosos. A su vez, no se arriesga la vida de los militares, al no enviarlos al campo de batalla. Por último, se deshumaniza el acto de matar a otra persona y se convierte en un gesto mecánico. Todo ello genera una serie de dilemas morales, que la directora Tonje Hessen Schei pone de manifiesto en este documental centrado en la guerra encubierta entre EE.UU. y Pakistán. La cinta presenta un estilo hipermoderno, la nueva seña de identidad del documental comercial, en la que se combinan historias guionizadas como auténticos thrillers con un acabado técnico excelente. La producción es atractiva, pero desconcierta la inclusión de esta obra en un festival dedicado a Europa. Si bien en un mundo globalizado es responsabilidad de todos los países presionar sobre aquellos que no cumplen con las leyes internacionales, y el propio documental da el dato de que 81 países presentan drones entre su armamento –muchos de los cuales son europeos–, a fin de cuentas se trata de una cinta que denuncia la actitud de EE.UU. y su compromiso con un modelo de guerra que se acerca peligrosamente al adiestramiento de psicópatas que transitan, impunes, los terrenos del crimen de lesa humanidad.

Si se echa leña a una hoguera que amenaza con incendiar el bosque, y se vende tal acto como una maniobra de contención del fuego, algo va mal. Europa participa activamente en la explotación de países del Tercer Mundo y combate los conflictos con misiles, lo que provoca una mayor radicalización, si cabe, de las facciones enfrentadas. A ello se suma el victimismo generalizado que se extiende entre estos países occidentales, que están lejos de hacer bien las cosas y hablan de injusticia cuando se les devuelve el golpe. La paz no interesa; el negocio de la guerra es suculento, y lo es a diferentes escalas. En Thank you for bombing (2015), la austriaca Barbara Eder habla de la jodida función de los periodistas de guerra, ese que se desplazan al país afectado para cubrir las noticias mientras observan lo mal que funciona dicha zona y lo poco que realmente ayudan los gobiernos de los países de los que proceden. Dividida en tres historias prácticamente autónomas, en ellas se observan ciertos momentos de lucidez en la descripción de sus respectivos protagonistas y en las penurias que en determinado momento se ven obligados a pasar. Sin embargo, la obra no se sobrepone a la difícil tarea de levantar una película episódica, algo que casi nunca se consigue. Además, en los diferentes relatos hay cierta tendencia al trazo grueso, y una puesta en escena evidente no ayuda a la hora de sacarle partido a los pocos momentos valiosos de una cinta que durante la mayor parte de su metraje se mueve por lugares comunes.

 

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