Esto empieza a acabarse. Ayer viernes se puso fin a las proyecciones de la sección Oficial Fantástico –no así a las paralelas, Madness y Dark Visions–, dejando las mismas impresiones contrapuestas que se han sucedido a lo largo de la semana; pero también dando paso, para consuelo de los insatisfechos, a los homenajes de Maestros del Fantástico, gran reclamo del festival y, obviamente, una apuesta sobre seguro.

La jornada en Oficial Fantástico comenzó con Camino (Josh C. Waller, 2015), el esperado thriller ambientado en la selva colombiana con la gran Zoë Bell –chica Tarantino en Death Proof (2007)– como rostro principal y todo un Nacho Vigalondo en el papel de misionero corrupto. Con semejantes alicientes, se puede decir que es una de esas películas que forzosamente molan: aparte de que siempre es bueno tener de vuelta a Vigalondo en estos eventos –y que el cántabro, que hasta llega a cantar a Joe Crepúsculo, compone un gran villano en la línea de esos antagonistas tarados del cine de acción de los ochenta y noventa–, Camino es una aventura de supervivencia divertida y hecha con ganas, que utiliza el motivo de la naturaleza como contexto para un atractivamente representado relato de autodescubrimiento y renacimiento. La película no inventa la rueda, y algunos tópicos automáticos (el epílogo) hacen contrapeso a sus aspectos más diferentes (los fundidos a rojo, y algunos planos que parecen casi evocaciones espirituales), pero en general es un buen viaje que te soluciona con facilidad la tarde, y que un ahorcamiento con la correa de una cámara era una muerte que le faltaba a Nocturna.

Aunque todavía quedaba otra película Oficial, uno no puede saber que Vincent Price está saliendo en un pantallón en la sala de arriba y quedarse tan ancho, así que elegimos acudir el homenaje que se celebraba a esa misma hora. Por prescripción médica, y tras haber recorrido (de acuerdo con lo relatado por el director del festival) veinte estados de Estados Unidos en el último mes, Victoria Price finalmente no pudo viajar a Madrid para la entrega del Premio Maestros del Fantástico a su padre, de quien justamente ayer se conmemoraba el 105º aniversario. Pese a todo, envió un bonito vídeo dando las gracias por el homenaje al festival y al público, en el que reivindicaba el lado luminoso de una figura, paradójicamente, tan icónica de la oscuridad y las tinieblas como es la del legendario actor. A continuación, los asistentes tuvimos el enorme placer de disfrutar de El péndulo de la muerte (1961), uno de los grandes clásicos de Roger Corman, adaptación libre del cuento de Edgar Allan Poe El pozo y el péndulo (1842) a cargo de otro nombre propio del género: el maestro Richard Matheson. Además de contar con un Price en su salsa, enseñando sus globos oculares como solo él sabe, la película tiene dentro la juventud eterna de Corman, cuyas ocurrencias visuales y genio en la puesta en escena siguen a la vanguardia más de cincuenta años después. 

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John Landis, con su Premio Maestros del Fantástico, y el director del festival Luis Rosales / Foto: María Sofía Mur

Y en horario de máxima audiencia, llegó el gran evento mediático de esta cuarta edición de Nocturna: la visita del director John Landis a las instalaciones de los cines Palafox para recoger su Premio Maestros del Fantástico y presentar al público madrileño la proyección de su celebérrima Un hombre lobo americano en Londres (1981), que cumple 35 años este 2016. Landis, con el humor socarrón que le caracteriza, bromeó ante el efusivo recibimiento y la marabunta de cámaras de fotos («¡Me siento como King Kong!», exclamó), y pidió la colaboración del público para enviar un vídeo saludando a Joe Dante y Mick Garris, primeros cineastas que homenajeó el festival. Aunque quizá algo mitificada por la nostalgia ochentera, Un hombre lobo americano en Londres es todavía un cóctel difícilmente resistible entre el viejo terror de monstruos de la Universal y el cine juvenil de su época, con una atmósfera rural deliciosa y una escena de transformación, cortesía de Rick Baker, que todavía impresiona como la primera vez. El talento cómico de Landis –no lo olvidemos, autor también de tres cumbres como Desmadre a la americana (1978), Granujas a todo ritmo (1980) y ¡Tres amigos! (1986)– da cohesión a una película tan meridianamente rara, si se piensa fríamente, que el hecho de que funcione tan bien solo acredita la energía y las dos manos izquierdas de su responsable. Inevitable buen sabor de boca, pues, al cerrar este día de festival.

 

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