Un cuento de hadas erótico


 BSO a cargo de Cat’s Eyes. Dar al play antes de leer para una experiencia completa.  

En una de las escenas más inquietantes de The Duke of Burgundy, la cámara avanza lentamente hacia la oscuridad de la entrepierna de Cynthia (Sidse Babett Knudsen). Nos adentramos en ella, y el mundo entra en una suerte de sueño (o de pesadilla) que recoge todos los elementos del film: seducción, misterio y mariposas. Sí, mariposas. Allí permanece la mirada del espectador, dentro de los sueños y aspiraciones que despierta la vagina de la protagonista, curiosos intrusos como en la mítica escena de Hable con ella (Pedro Almodóvar, 2002) en que un hombre menguante explora el interior del sexo de la protagonista.

El director Peter Strickland establece juegos en todos los niveles del film. Desde el mismo principio sus máximas son la originalidad y la sorpresa, pues toda realidad puede ser modificada en esta curiosa mezcla entre cuento de hadas, comedia romántica y sesión de entomología en la que las mujeres son el único sexo existente. Debido a esta historia de equívocos, aquellos que no hayan visto la película deberían dejar de leer aquí o destrozar para siempre el factor sorpresa que nos reserva The Duke of Burgundy.

El primero de los juegos que establece Strickland es la época. ¿Se sitúa en un tiempo pasado al que intencionadamente se le han dejado anacronismos o transcurre en un tiempo cercano al presente pero con una estética claramente retro? Es difícil saberlo. Y más complicado aún es saber si, en realidad, estamos en presencia de un mundo paralelo en el que las mujeres y sus prácticas sexuales, además del estudio de las mariposas, es lo único realmente importante en la vida. Así, Cynthia es una científica instalada en una casita en medio del campo, que comparte con Evelyn (Chiara d’Anna) su compañera sexual (y a ratos sentimental).

El problema, y aquí se introduce el segundo de los juegos de Strickland, es que Evelyn está terriblemente obsesionada con ejercer el papel de sumisa en una relación muy cercana al BDSM. Nos adentramos así en un relato puramente erótico que abusa de los detalles (la falda que se levanta por encima del muslo, las braguitas enjuagadas en jabón esperando ser lavadas) para crear un ambiente propio del sexploitation más divertido. Aun así, Strickland mantiene distancias y se instala más en lo que insinúa que no en lo que enseña, dejando al espectador fuera de algunas escenas especialmente polémicas y dotando al relato de una sensibilidad y elegancia totalmente armónicos con su mensaje de fondo que más tarde analizaremos.



El tercero, y de momento último, de los jueguecitos del cineasta británico es la estética de las historias clásicas de los hermanos Grimm. De cuento, vaya. Desde el primer plano, en el que Evelyn está agachada junto a un riachuelo, con el único sonido de los cánticos de los pájaros, una capa colgando en su espalda y una cara de inocencia propia de Caperucita Roja, la película nos marca la tónica estética fairytail de todo su desarrollo. A esto se une la obsesión por las mariposas que mencionábamos al principio. No hay que menospreciar esta referencia, ya que es uno de los elementos constantes en cada uno de los planos, y es además el insecto protagonista en una de las escenas más perturbadoras, en la que de nuevo Evelyn, con los ojos vendados por una cinta negra, avanza por el pasillo envuelta por un enjambre de mariposas que terminan por hacerla desaparecer. Sin ánimo de ser interpretativa en exceso, estos bellos insectos parecen simbolizar el deseo sexual constante en las vidas de estas dos mujeres, aunque el equilibrio que las mantiene a flote sea más frágil de lo que piensan. 

Si bien las mariposas pueden simbolizar esa atracción fatal hacia lo sexual, lo cierto es que la mayoría de las que aparecen están disecadas. Es imposible no establecer una comparación entre la relación de ambas mujeres con los cadáveres que cuelgan de las paredes y entorno a los que se realizan conferencias a propósito de la profesión universitaria de Cynthia. En este marco de simbolismos hay que hablar del fondo. Strickland, bajo toda esta parafernalia estética y humorística, está hablando de las relaciones de pareja, de lo difícil que resulta compenetrar personalidades diferentes y cómo equilibrar lo que uno quiere con lo que el otro necesita. The Duke of Burgundy trata de lo que una da, pero no recibe. De lo que se necesita para ser feliz en una convivencia y las concesiones que hay que aceptar para que todo funcione. He ahí la calidad de la narrativa del director para, a través de una historia de cuento de hadas erótico-festivo en una época indeterminada, hablar de los problemas habituales de cualquier relación. 

Superposiciones de imágenes, toques surrealistas y, ante todo, una brillante capacidad de reírse de sí mismo y a la vez crear un espacio de reflexión. Todos esos detalles (y más) se condensan y complementan en uno de lo films que por el momento nos ha regalado Strickland. Una película que puede vivir en su propio contexto, diferente a todo lo que hayamos visto antes, pero a la vez contener en su médula espinal un debate universal. Y si alguien se ha perdido… ¡Pinastri!


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Fuente: hacerselacritica.com

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THE DUKE OF BURGUNDY

Dirección y guion: Peter Strickland.

Intérpretes: Sidse Babett Knudsen, Chiara D’Anna.

Género: comedia erótica. Reino Unido, 2014.

Duración: 104 min.

 

 


(Fotografía: YouTube / Hollywoodstreems Chanel)


 

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