Mundo interior


El silencio es un elemento difícil de manejar. Alarga los segundos y minutos como si caminasen con zapatos de plomo, como si se arrastrasen por un suelo enfangado. Pesa, como una losa, tanto en el que observa como en el que lo vive. 

El silencio, como dice la protagonista de El Piano, acaba afectando a todo el mundo. Ella lo sabe bien, pues es muda desde los seis años. Así lo cuenta en primera persona mientras observa a su hija pequeña gritando y correteando por el jardín de su casa, una imagen que no volverá a repetirse, ya que un nuevo matrimonio con un desconocido las llevará a ambas a un paraje pintoresco donde les esperan escenas de barro y sudor, de melodías perdidas entre las inmensidades de la selva. 

La directora neozelandesa Jane Campion (Holy Smoke, En carne viva) abre con El piano dos dimensiones al espectador. La primera, la explícita y superficial, aunque secundaria, que confronta dos culturas (la de las supuestas gentes civilizadas y los nativos salvajes de la zona) que se retroalimentan y muestran una situación común de mediados del siglo XIX en Nueva Zelanda: los intercambios y, en consecuencia, la introducción de inventos de los hombres modernos a las tradiciones de los vecinos del lugar. El nuevo marido de Ada (Sophie Hunter) es un granjero que participa en esta dinámica comercial, y que presenta pocos dotes para los sentimientos y un profundo trauma vital causado por la soledad. Este es el paisaje que pinta Campion en el fondo del film, el escenario sobre el que se desarrollan los hechos.

Pero es, por supuesto, la segunda dimensión la que cobra todo el protagonismo. Es la que tiene que ver con lo que Ada no puede expresar con palabras, lo que permanece oculto, incluso para el espectador, en su mente, sus ojos y su semblante impertérrito. Sólo hay algo que la libera de esa pesada carga de la inexpresión: su piano, que lleva tocando desde la infancia y que es abandonado en una playa a su llegada al nuevo hogar por ser demasiado pesado. Sin embargo, uno de los vecinos lo rescata y comienza, al poco, a recibir clases de su propietaria. O al menos esa es la coartada para escucharla tocar cada día, pues los sentimientos que difícilmente Ada puede expresar con palabras o gestos, los hace llegar con la música que se desprende de las teclas del piano, convirtiendo un conjunto de notas armónicas en una experiencia compartida en la que abre su corazón al que tiene suficiente sensibilidad para escucharlo.  



Lo cierto es que Campion construyó en Ada un personaje casi indescifrable. Su pasado es un misterio. Su hija pequeña, presa del aburrimiento de toda una vida en silencio y condenada a ser la traductora ocasional de su madre, va inventándose alguna historia desde su ferviente imaginación, pero nada sabemos realmente de la historia de ella y su fallecido marido, de la que sólo se muestran un par de iniciales grabadas en una tecla del piano. Ese vacío, ese pasado, no se nos revelará jamás.

En este mundo interior en el pocas veces podemos entrar (y del que sólo podemos conjeturar) lo que simboliza el piano es la liberación. Es incluso una terapia. La cámara enfoca en primer plano a Ada, con los ojos cerrados, esbozando una sonrisa (una de las pocas que regala al espectador), mientras sus dedos siguen corriendo ágiles bajo las inolvidables partituras de Michael Nyman. Y tras ella, una sombra, el que salvó su piano del abandono. Un hombre desterrado, casi un espectro, que la escucha y la mira y la desea. Si hay algo que habría que destacar de El piano no sería tanto la sensibilidad, el gusto o la elegancia (que también) sino la sensualidad, que penetra en cada escena que Hunter y Keitel protagonizan. Una historia poco corriente, pero intensa como pocas, en la que el personaje masculino también comparte ese mundo interno que se nos escapa, cuya historia de matrimonios y amores también existe y se comenta, pero no se desarrolla. Porque no importa, porque lo que ahora hay es este escenario, estos personajes, este relato.

Reivindicar este film casi veinticinco años después de su estreno no responde sólo a razones personales o gustos particulares. Una película que se alzó como ganadora absoluta del Festival de Cannes de 1993, convirtiendo a su directora en la primera mujer en ganar una Palma de Oro, que consiguió ocho nominaciones a los Oscar y otras tantas a los Globos de Oro y los Bafta, ha terminado por caer en un relativo olvido, en parte, cierto es, por la poca resonancia de las obras que Campion ha hecho en los últimos años. Así que qué mejor que aprovechar estas líneas para reavivar el diálogo con esta historia inmortal, cuya imagen icónica es y será siempre la del piano de Ada azotado por el viento y las olas en mitad de la playa. 


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EL PIANO (THE PIANO)

Directora y guionista: Jane Campion.

Interpretación: Sophie Hunter, Harvey Keitel, Anna Paquin, Sam Neil. 

Género: drama. Nueva Zelanda, 1993.

Duración: 120 minutos. 

 

 


 

 

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