El otro día vi la nueva versión de Macbeth (Justin Kurzel), con un correcto Fassbender, una asombrosa Cotillard y unos secundarios de interpretación sobrecogedora; y como ya se ha publicado aquí una reseña de la película poco añadiré sobre la misma, salvo la constatación de que ni siquiera la cada vez más insoportable estética al estilo Juego de Tronos logra arruinar una obra sostenida sobre unas excelentes interpretaciones y una magnífica realización, y sobre el andamiaje del poderoso lenguaje de Shakespeare. Maravilla comprobar cómo la inagotable cantera del universo shakespeareano continúa dando material abundante con el que se siguen construyendo narraciones hoy: lo mismo alimentan una vertiente de subcultura más bien masiva, con pastiches como la mencionada serie de la HBO (culebrón pretencioso y ridículo, con excelentes paisajes y generosos desnudos femeninos, sin embargo) que productos de mayor excelencia como esta nueva versión de la tragedia del usurpador.

No es mal comienzo para el año en que se cumple el cuatrocientos aniversario de la muerte de Shakespeare. Y de Cervantes. El primer ministro inglés David Cameron ha estrenado el año adelantándose a todos con un artículo sobre la vigencia del poeta inglés, publicado el pasado 5 de enero en la prensa inglesa y en el diario El País. Parece que nadie se ha preguntado si nuestro todavía jefe de Gobierno va a hacer lo propio con Cervantes, o ello quedará para Francisco Rico en exclusiva; casi mejor así. Pero sí son ya varias las voces que se lamentan del desinterés institucional español en fecha tan señalada hacia la figura y la obra de su autor más universal, en comparación con el dispensado por los ingleses hacia el suyo.

¿Pero es ésa la principal diferencia entre uno y otro, como parecen sugerir quienes se lamentan de la falta de actos programados para conmemorar al autor de El Quijote? Tengo para mí que en el mundo hispanohablante la obra de Cervantes ha sido en general mucho menos fructífera que la de Shakespeare en el suyo, y no creo que siempre hayan tenido la culpa de ello los gobiernos y las instituciones. Qué diferentes destinos han tenido uno y otro en sus respectivos ámbitos: sin salir del cine, no hay para qué mencionar la multitud de películas (excelentes casi todas ellas) que las obras del inglés (y también su vida: Shakespeare in love, Anonymous) han inspirado en el mundo anglosajón: desde Orson Welles (Campanadas a medianoche) hasta Woody Allen (Comedia sexual de una noche de verano) han reelaborado con maestría obras o motivos shakespeareanos. En cambio Cervantes ha dado más bien poca cosa, me parece a mí. Hay por ahí alguna película sobre El Quijote… de Orson Welles. ¿A qué se debe tan desigual procreación, si Cervantes no es menor escritor que Shakespeare? Casi me atrevería a afirmar que el mayor fruto de la obra cervantina ha sido -vaya por dónde- la gran novela moderna inglesa, sobre todo la que arranca de Sterne con Tristram Shandy (y que habría de continuar con Dickens), más que aquella otra que parte de Daniel Defoe.

Porque lo cierto es que la vigencia de la figura de un autor, o la fecundidad real en el tiempo de su obra, no se pueden medir por los homenajes oficiales o las conmemoraciones institucionales que reciba sino por la cantidad y la calidad de los frutos a que dé lugar su simiente, es decir, las obras nuevas que inspire. Y dejando a un lado el desprecio o desinterés de las instituciones españolas hacia Cervantes, más graves son el desconocimiento o la desatención de la obra cervantina por parte de los propios creadores, que en el fondo del asunto son los encargados de sancionar -con sus propias obras- o bien la fertilidad o bien la impotencia de los autores que los precedieron. Si la fecundidad shakespeareana en forma de creaciones de todo tipo a lo largo de estos últimos cuatro siglos contrasta con la aparentemente raquítica prole cervantina (prolífica en estudios eruditos de todo tipo, eso sí, más para engorde de currículos académicos particulares que para vigorizar realmente la misma), quizá se deba a otros motivos. Fácil es culpar al lector medio español, o a su sistema educativo, de la débil presencia de Cervantes aquí y de la fuerte de Shakespeare allá; pero quien haya vivido en Inglaterra o en Estados Unidos sabe que ello no es cierto: las estanterías de las librerías anglosajonas no están mejor abastecidas de Shakespeare que las hispanas de Cervantes; y en las High Schools americanas no se estudia la obra shakespeareana en mayor medida que en los institutos españoles la cervantina.

Tengo para mí que una de las razones para lo anterior (quizá no la única: nunca hay una sola razón para casi nada) sea la gran diferencia de estilo entre los dos autores; y no me refiero al propiamente literario sino al formato que uno y otro eligieron para volcar sus creaciones. En el caso de Cervantes (y con la salvedad de las Novelas ejemplares) un formato vasto, de largo aliento, con la mole inmensa de El Quijote; con una prosodia llana y popular, sí, pero que exige un considerable esfuerzo lector si se ha de culminar con éxito una obra de varios miles de páginas, sólo posible con una buena dosis de constancia y una nada despreciable cantidad de tiempo. La obra de Shakespeare, aunque de mayor densidad conceptual, de mayores tensión y hondura por página, es en cambio más fragmentada, sus piezas más breves; ha sido como una medicina aplicada en dosis más reducidas y por ello quizá más asequible para el común de los mortales. Y más apta para la ulterior metamorfosis de la misma en otras obras de otros creadores en el devenir de los tiempos.

De lo cual se deduce -deduzco yo, más bien-, que en contra de lo que comúnmente se piensa la obra de Cervantes es en el fondo más elitista y exigente que la de Shakespeare: asumirla exige más tiempo y más paciencia; se tornan más difíciles y ambiciosas su germinación y fructificación en otras creaciones, y por tanto su fecundidad se hace más ardua y laboriosa. En una época como la actual en que la velocidad del tiempo parece dispararse y la realidad fragmentarse, las vertiginosas tragedias de Shakespeare encuentran mejor acomodo que la morosa y lenta extensión de El Quijote. Aparte el hecho de que los temas shakespeareanos, con toda su complejidad (la traición, la ambición, la inconstancia en los afectos y la desquiciante mudanza de los tiempos), son más fácilmente reconocibles que los cervantinos.

Una vez más, el estilo. Cervantes optó en El Quijote por la lentitud y por esa forma suya de digresión narrativa que avanza y retrocede, y fundó así la novela moderna. Shakespeare, al optar por la brevedad, la tensión y el vértigo, acató las limitaciones ineludibles que le imponía el mundo en el que hubieron de nacer sus obras, el teatral; y haciendo así -como quien dice- de la necesidad virtud fundó en el fondo… la realidad. Porque aquí vale recordar aquellas palabras con las que concluía Juan Benet uno de sus libros, precisamente aquel que hablaba sobre el estilo, ese instrumento con el que los autores se enfrentan a la realidad y la transforman en una historia: “De forma que el enemigo -aquella realidad indefinible e infinita- se torna ahora su aliado. ¿Qué barreras pueden prevalecer contra un hombre que en lo sucesivo será capaz de inventar la realidad?”.



(Fotografía: ‘Shakespeare and Company, Paris, France’ / Christine Zenino / C.C.A. 2.0)


 

1 Comentario »

  1. Estupenda entrada e interesantes reflexiones sobre estos genios de las letras, tan distintos y tan parecidos, (no me refiero a la obra) que incluso murieron el mismo año y casi, casi, el mismo día, si no fuera por los distintos calendarios. Un saludo

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